Crítica de teatrocine

Balada (triste) de convento

El elenco elegido para la adaptación de 'La casa de Bernarda Alba' escrita por Jesús García Amezcua. El elenco elegido para la adaptación de 'La casa de Bernarda Alba' escrita por Jesús García Amezcua.

El elenco elegido para la adaptación de 'La casa de Bernarda Alba' escrita por Jesús García Amezcua. / Ramón Martín

Sobre las tablas del Centro Cultural Medina Elvira, en Atarfe, el texto titánico de Federico García Lorca fue recuperado con astucia e ingenio para presentar al público el drama provinciano que el poeta granadino nos legó; robusta y elástica, la adaptación de Jesús García Amezcua hizo participar a la música del convento mudo en que naufragan las hijas de Bernarda Alba. Ni entre el vanguardismo ni bajo la pirotecnia impresionista; fluctuamos con esta representación en un terreno leal al texto, sin componer por pretexto, tomador del cante jondo y del imaginario lorquiano.

Con la representación principiando, el elenco ya predispuso al auditorio para lo que estaba a punto de presenciar; una muy exigente propuesta técnica que pretendía orientar y guiar al espectador a través de los cuadros musicales. El reparto, enriquecido gracias a la presencia tanto de actrices de dilata trayectoria -el caso de Inma Cantón- como de especialistas del mundo de la música -el tenor Aurelio Puente Alarcón o la cantaora Mercedes Hidalgo-, resultó beneficioso para el público, dado que cumplió eficazmente con lo que se exigía de ellas; esto es, la construcción de los personajes lorquianos a través de las intensidades de declamación, del lenguaje verbal subrepticio, de las intenciones no explicitadas. En suma, las actrices lograron generar el clima de conspiración, vigilancia y recelo que se espera para una representación de La casa de Bernarda Alba, a través de unos personajes correctamente construidos y verosímiles. Pero la mayor virtud de este elenco tuvo que ser, forzadamente, la paciencia. Paciencia ante sectores del público que no respetaron el trabajo tan concienzudo que exige la puesta en escena de una representación dramatúrgica; murmullos, teléfonos móviles, bolsas de plástico... El que busque ruido, que se quede en casa.

Entre la dignidad artística y la comunicación con el público, la apuesta musical engendró la gran expectativa. La adaptación de los clásicos desde una reformulación actual supone, en todas las apuestas, una provocación; en este caso, esa provocación venía derivada del reajuste de una obra capital como La casa de Bernarda Alba con su encuadre convencional, y dicha convencionalidad fue desvestida a través de un eje fundamental: la música. Las composiciones planteadas por Fernando Agüi y Gonzalo Linares -junto a las coreografías de Almudena Romero- velaban interesadamente el cuadro textual tan intenso que creó Federico García Lorca; desde el cante jondo de Poncia -Mercedes Hidalgo- hasta los alardes vocales de Bernarda Alba -Aurelio Puente Alarcón-, las composiciones incrustadas por Jesús García Amezcua tallaron una celosía gallarda que, lejos de buscar una contraproducente relectura del clásico, la complementó. La intención musical, por ende, no fue presentada como un accesorio cuyo objetivo era atonar al público, sino que logró aderezar acertadamente los diálogos asfixiantes construidos por Lorca, sin que por ello se diluyera la tensión dramática; sin duda, este fue uno de los grandes aciertos de la apuesta, el de haber sabido percibir los límites a la hora de musicalizar la obra para que estos no descompusieran los cuadros textuales. Gracias a ese criterio, el de no traspasar ciertas marcas que hubieran podido derrumbar la representación, consiguieron validar las intrusiones musicales, a través de, igualmente, la elección de las letras, elegidas entre versos del poeta granadino para legitimar su presencia.

Bajo una escenografía esquelética, el aprovechamiento de los medios dotó a la representación de esa riqueza efectista que se espera de un texto titánico; en este aspecto, sombras, contornos huecos, siluetas espectrales, todo trabaja para generar una letanía visual propia del luto en que están sumergidas las hijas de Bernarda Alba. Vestuario acertado, donde el negro de encaje solo es atravesado por centellas lucientes que viste Adela -Emi Moreno- en favor de su voluntad vitalista; por tanto, el vestuario es estrictamente fidedigno al primigenio, al que Federico García Lorca imaginó para vestir a sus mujeres para documentar su convento familiar.

Por todo ello, Jesús García Amezcua logró entregar al público una representación nervuda y tenaz, cuyos presupuestos musicales no desvían la atención del cuadro textual; más allá, el elenco supo evitar el espectáculo pirotécnico para ajustar prietamente las digresiones musicales y hacerlas funcionar como un dispositivo ordenado que respetó cuidadosamente el microcosmos en que los personajes se mueven, dentro de esa trinchera muda donde las hijas de Bernarda Alba bregan por salir a la superficie.

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