Bellas Artes se asoma al universo femenino del XIX

  • El museo del Carlos V abre sus salas temporales con una exposición que muestra la evolución del vestido decimonónico y que podrá verse hasta finales de marzo

El vestido de corte imperio que ceñiría el contorno de Emma Woodhouse; el chal que cubriría los hombros de la Marguerite Gautier; la sombrilla que taparía a Emma Bovary o el abanico que refrescaría los ardores de Anna Ozores, esos vestidos y complementos pueden verse en el Museo de Bellas Artes de Granada. La exposición temporal La moda en el XIX, que se inaugura hoy, permite al público asomarse al universo que describieron Jane Austen, Alejandro Dumas, Flaubert o Clarín cuando narraron la vida de las mujeres de la burguesía decimonónica.

La muestra reúne una rica selección de indumentaria femenina procedente del Museo de Artes y Costumbres de Sevilla y del Museo del Traje de Madrid. Un total de 75 piezas que reflejan la historia de la moda desde principios del XIX hasta los primeros años del XX, especialmente la del traje femenino, aunque también hay algunas ropas infantiles y un conjunto masculino.

El director del Museo de Bellas Artes de Granada, Ricardo Tenorio, explicó ayer en la presentación de la exposición a los medios, que las prendas son sólo de la clase burguesa "porque los de las clases populares no se han conservado". Además, la colección se ha centrado en el vestido femenino "porque es mucho más espectacular".

Además del placer estético, contemplar la ropa que llevaron las mujeres a lo largo del XIX ofrece la posibilidad de conocer los usos y costumbres de esa centuria, porque en las entretelas de esos trajes hay datos estéticos, tecnológicos, sociales, políticos, económicos..., como destacó el delegado de Cultura, Pedro Benzal.

El recorrido arranca en las dos primeras décadas del XIX con la moda imperio: cuatro vestidos camisa de talle bajo al pecho dan testimonio de un paréntesis histórico en el que la mujer se liberó de prendas interiores opresivas para adquirir una silueta que evocaba a la de las estatuas griegas y romanas. Talles por debajo del pecho y tejidos de algodón muy ligeros, como la muselina o la batista permiten esa mirada a la antigüedad que se buscó durante el neoclasicismo.

Unos guantes largos, un abanico, un juego de azabache o un ridículo, un bolsito que recibía este nombre por lo reducido de su tamaño, ayudan a completar la imagen de delicadeza que debían tener las mujeres de clase alta que protagonizaban las novelas de Austen.

Poco a poco, esta moda se asoció con lo afrancesado y liberal, que no era visto con buenos ojos por el poder político, y la indumentaria comenzó a cambiar. Se entra así en la moda romántica, el periodo más amplio que repasa la exposición y que dominó la forma de vestir de la mujer desde 1820 hasta 1870.

Sin embargo, París fue el espejo en el que se miraban los artistas del XIX y también las mujeres, sobre todo en un siglo que se caracterizó por el carácter internacional de la moda.

De allí se importó la costumbre de los corsés que constreñían las cinturas de las mujeres mientras las faldas se ahuecaban hasta alcanzar su máximo volumen en la década de los 60. Vestidos de calle y de paseo como los que vistieron las heroínas de Dumas o Flaubert llegaron a provocar problemas de salud. Pendientes de coral, chales de encaje y sombrillas de seda y marfil eran los complementos que lucían unas mujeres que empezaron a participar en la vida pública y que imitaban lo que observaban en las primeras revistas de moda.

Y a partir de la década de los setenta lo que empezó a verse en las revistas de moda y en las calles fue el polisón. Sin decir adiós al corsé, la mujer vio coartada aún más su movilidad con una nueva prenda interior que desplazaba el volumen a la zona donde la espalda pierde su casto nombre. Las faldas, las grandes protagonistas, se cubrieron de sobrefaldas, encajes y pasamanerías, lo que unido al uso de terciopelos y damascos hizo que recibiese el nombre de moda tapicería.

La exposición también presenta en un apartado la ropa interior, medias, cubrecorsés, camisas o enaguas que ocultaban las formas femeninas y llenaban los vestidores de las damas burguesas como las que concibieron en su día Clarín o Juan Valera.

El repaso histórico concluye en el modernismo, un estilo de vestir inspirado en formas más naturales y que se prolongó desde 1890 a 1905. Flores e insectos fueron reproducidos en bordados y estampados de complementos y vestidos, cuyas faldas se acampanaron imitando las formas de corolas. La silueta que coronó su sinuosidad con un busto abultado y saliente que, unido a la estrechez de la cintura y la cola de la falda, daba a la mujer un aspecto más sinuoso.

La exposición, que podrá verse hasta el 31 de marzo, se completa con varios disfraces como los duques de los Montpensier que recrean el ambiente lúdico que disfrutaba en la corte de Madrid y una pequeña muestra del majismo o estilo de vestir típico español, que surgió como reacción de las clases populares a las modas foráneas . Se cierra así el círculo de la narración a través de prendas de las costumbres femeninas de las clases altas del XIX.

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