Bellas referencias pretéritas llenas de espiritualidad

  • Peña-Toro nos transporta al Carmen granadino de Falla e intenta conseguir plasmar el espíritu de los dos autores en su proceso creativo

El nombre de Joaquín Peña-Toro está ligado a la gran plástica granadina que desde principios de los años noventa revolucionó el panorama andaluz -y si me apuran, también, el español- gracias a un ramillete de jóvenes que constituyeron las primeras hornadas de artistas que salieron de la entonces recién inaugurada Facultad de Bellas Artes de Granada. Aquel conjunto de jovencísimos y entusiastas artistas Emilio Almagro, Paloma Gámez, Ángeles Agrela, Domingo Zorrilla, José Piñar, Simón Zábell, Santiago Ydáñez, Asunción Lozano, Andrés Monteagudo, Carlos Aires, Jesús Zurita, Paco Pomet, José Miguel Chico López, Marisa Mancilla, Carlos Miranda... y Joaquín Peña-Toro, entre otros muchos- formaron un bloque compacto y de muy especial dinamismo en torno a la nueva galería Sandunga, que Emilio Almagro había retomado el testigo de la recordada Galería Palace, de tanta fuerza en los años setenta y ochenta. Ellos, sin solución de continuidad, llevaron lo que se hacía en Granada por toda España -más tarde, algunos, también, por el extranjero- y pusieron las bases de lo que fue uno de los momentos creativos más apasionantes de cuantos se dieron en España desde hacía tiempo.

A Joaquín Peña-Toro lo hemos visto en muchas buenas situaciones artísticas, planteando una pintura en la que el concepto marcaba unas rutas muy bien definidas, siempre dejando traslucir que fondo y forma constituían un todo absolutamente indisoluble. Además, siempre nos ha parecido que este artista granadino era el que promovía circunstancias de mayor peso intelectual de los de su generación, lo que se demuestra en su ideario estético, amplio, sensato, emocionante, riguroso, de gran pulcritud compositiva, ajustado en fondo y forma y que no se reduce a una sola circunstancia sino que plantea un variado compromiso creativo donde se suceden muchos aspectos de los que se tienen en cuenta, en la actualidad, a la hora de desarrollar los dispares registros de la plástica contemporánea.

Dentro de las actividades que se han desarrollado en torno a la duodécima edición del Festival de Música Española, se encuentra una magnífica comparecencia expositiva del pintor granadino en el Museo de Cádiz. El universo Manuel de Falla, todo aquel conglomerado de acciones y realizaciones que tuvieron lugar en los años veinte promovidas por el músico gaditano, adquieren vida gracias a las creaciones de Joaquín Peña-Toro que ha encontrado para su Variaciones móviles sobre el Concerto de Manuel de Falla, la influencia de la obra de Falla, el Concierto para clave y cinco instrumentos y, también, los dibujos que, en el Carmen de la Antequeruela, la privilegiada residencia del músico, realizara Hermenegildo Lanz, el pintor nacido en Sevilla, pero granadino desde que, con 23 años, llegó a la ciudad, para ser uno de los grandes dinamizadores de aquella Granada en la que el músico actuaba como aglutinador de intereses y con Federico como activo factótum de todo.

En esta muestra que se presenta en la primera planta del Museo gaditano, a la vera misma de los famosísimos Zurbaranes que atesora el museo y que eran la joya de la Cartuja de Jerez, Joaquín Peña-Toro nos transporta al Carmen granadino de Falla, allí donde se gestaran la obra musical y pictórica; para ello el artista intenta conseguir plasmar el espíritu de los dos autores en su proceso creativo, la huella espiritual y profunda que, desde entonces, parece perdurar en la casa del genial músico. Una instalación en la que Peña-Toro incluye la referencia musical, pero también, un entramado plástico desde unas fantasmagóricas telas de tul, que mueve el viento y en las que se encuentran huellas intimistas que nos llevan a recobrar aquel pretérito hálito espiritual existente y a encontrar algunos elementos de aquella bella Antequeruela, como la típica cerámica de Fajaluza, las sempiternas granadas o algunos elementos florales de la zona.

De nuevo tenemos un feliz encuentro con la obra de un Joaquín Peña-Toro, ahora más que nunca, promotor de inquietante espiritualidad. Para esta ocasión se nos presenta como un artista total que yuxtapone variadas circunstancias al encuentro de un bello final que nos hace transitar por unos caminos de referencias donde la huella de un pasado queda eternamente presente.

Museo CÁDIZ

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