Bergman y Fellini en un clarinete

  • El cineasta neoyorquino Woody Allen congregó anoche junto a su banda a sus admiradores en el Palacio de Congresos con la 'excusa' de un concierto de jazz

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Como en La rosa púrpura de El Cairo, Woody Allen se hizo carne -no mucha, la verdad- en el Palacio de Congresos. Enjuto, con sus gafas de pasta negra, sus pantalones dos tallas más grandes, aire despistado y un auditorio dispuesto a ver de cerca al mito del cine. Si no, para qué engañarse, pocos de los 1.800 espectadores que ayer acudieron a su llamada estarían dispuestos a aflojar 85 euros del ala para un concierto de jazz.

Cosa que no pudieron hacer los trabajadores de la Alhambra, que esperaban al cineasta con el libro de firmas abierto de par en par. Pero Allen llegó cansado y se quedó descansando en el Hotel Nazaríes. Sí acudió a la tradicional visita turística su mujer, Soon-Yi, sus dos hijos y su hermana.

Recibieron los tradicionales regalos -los hijos un juego de memoria sobre los alicatados nazaríes- y se adentraron en el recinto acompañados de un guía. Pero la foto de Woody Allen embelesado mirando el Patio de los Arrayanes deberá esperar. Y eso que, medio en broma medio en serio, muchos esperaban que el cineasta se enamorase de la ciudad para grabar aquí una película a lo Vicky Cristina Barcelona. ¿Scarlett Johansson enamorada de la cultura andaluza degustando un plato de tortilla del Sacromonte? Otra vez será. De momento, encontró en su habitación un diploma de Embajador Distinguido de Granada en el Mundo. Estará agradecido aunque, visto lo no visto, tendrá más referencias de la República Democrática de Libertonia, donde se sitúa su idolatrada Sopa de ganso.

El cineasta neoyorquino llegó a la ciudad a las 12 del mediodía con ¡media hora de adelanto! Está claro que la huelga de celo de los trabajadores de Iberia no afecta a los que viajan en jet privado. Dos relucientes Mercedes negros le esperaban a pie de pista en el que subieron el cineasta y su familia, a la que se unió su hermana Leti Aronsen. A diferencia de otros visitantes recientes como Luis Miguel, Woody Allen es un hombre sobrio, poco amigo de grandes agasajos. Sólo pidió habitaciones de no fumadores. Pero también demostró que es maniático dentro y fuera de la pantalla. Y bastante aprensivo. Exigió que, bajo ningún concepto, el coche atravesara un túnel, aunque tuvieran que dar un rodeo de 50 kilómetros. El existencialista judío no es amigo de túneles, y menos cuando hay una luz al fondo. Quizás se enteró de que para ir a la Alhambra debía atravesar los del Serrallo... "No creo en una vida más allá, pero, por si acaso, me he cambiado de ropa interior", confesó en una ocasión.

Ya en el Palacio de Congresos, Woody Allen apareció junto a su New Orleans Jazz Band con Eddy Davis, intérprete de banjo; el pianista Conal Fowkes; el cantante y batería John Gill; Simon Wettenhall, trompetista y protagonista de algunos solos de voz y Gregory Cohen, contrabajo.

El cerebro es su segundo órgano favorito, como dejó claro en una película. Pero el clarinete es su instrumento preferido. No es un gran músico, pero tiene buen gusto como viene demostrando con la música de los títulos de crédito de sus películas -a excepción de algún homenaje mudo a su admirado Ingmar Bergman-. Allen repasó diferentes piezas versionadas de jazz clásico, por el que empezó a sentirse atraído en su más temprana adolescencia, cuando la música, el cine, el deporte y el humor encabezaban sus aficiones. Al menos no le sucedió como en Toma el dinero y corre, en la piel del delincuente Virgil Starkwell, cuando se apunta a una banda callejera para tocar el ¡violoncello! Solamente se levantó de su silla para presentar a su banda y decir un escueto: "Vamos a hacerlo lo mejor que podamos".

A decir verdad, el concierto fue mejor que algunas de sus últimas películas como la fallida Todo lo demás. Su música es alegre pero con cierta melancolía, la tristeza del que sabe que el caramelo se acaba por deshacer en la boca. Y al revés, cuando es decididamente triste, asoma cierta picardía, de quien sabe que "no hay nada que no remedie un whisky o una bala del 45", como le recomienda Bogart en Sueños de seductor. Con compenetración y afinidad musical y personal con el resto de la orquesta, el director de Annie Hall, absorto por el sonido, acompañó su toque con ligeros contoneos de sus pies al compás de una música que abarca desfiles y canciones populares.

La luz, unas veces clara y otras más íntima y mimetizada con la melodía, permitió a los asistentes trasladarse durante cerca de dos horas a la Luisiana más profunda, como si de un local de principios del siglo XX se tratase. Desde luego que por el tono de piel no encaja en este sonido -"soy pelirrojo y blanco de piel, yo no me pongo moreno, me quemo", dijo en una escena de Sueños de seductor-. Así, convirtió el Palacio de Congresos en el Hotel Carlyle de Nueva York, donde cada semana se junta con sus amigos para tocar jazz. Es uno de los sacramentos del agnóstico director, que no acudió a recibir su Oscar por Annie Hall porque coincidía con su habitual actuación de cada lunes.

Hoy se tomará las uvas en la inauguración de un hotel en Murcia. Y aunque "el sexo es lo más divertido que se puede hacer sin reír", lo cierto es que acudir a uno de sus conciertos procura una sensación de escéptica felicidad. Pero, cuando se levantó con su maletín diciendo adiós, no era el final. Había que estirar el guión. Con el público enardecido, ofreció tres bises tocando de pie -a veces recostado en su sillón como en un diván- y terminó hasta cantando. Absolutamente 'Allentador'.

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