Bonet recupera la 'cançó'

  • La cantante mallorquina ofrece un portentoso concierto en el ciclo Poesía en el Laurel de La Zubia con un repertorio que recoge gran parte de sus primeras canciones

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Admirada por toda una generación, "novia imposible de todos los que estamos entre los cincuenta y los sesenta" como dijo un espectador ciertamente arrobado ante ella, María del Mar Bonet dio su segundo concierto en un mes por Granada, esta vez dentro del programa estival Poesía en el Laurel de La Zubia que tan excelentes voces y escritores propone cada año.

Fue el caso el martes del Premio Cervantes Antonio Gamoneda, que ocupó con sus recitados (y sobre todo su imponente presencia) la primera parte de la noche, emocionante, querida y aplaudida, y que recibió el elogio también de la cantante balear; y es que el mundo de la música tiene un deuda pendiente con uno de los poetas que más y mejor ha entendido la pulsación sonora, como señalaran también Loquillo y Gabriel Sopeña al grabar su potente Blues del amo, una descripción del trabajo escasamente asalariado que, en estos tiempos, habría cola por suscribir.

Aunque el presentador, el presidente de la Academia de las Buenas Letras, Antonio Sánchez Trigueros, acudió al tópico mediterráneo de la ascendencia espiritual de la Bonet, ella dio un concierto escasamente referenciado en esos parámetros marineros, mucho más humano, femenino y mundano, y con los pies más en la tierra que en el agua. Quizás porque a estas alturas hay muchas María del Mares Bonets, y porque en el Parapandafolk, con el embrujo grandilocuente del acompañamiento sinfónico, sí regateó con la velas henchidas por la ribera mediterránea, aquí acudió a sus años posteriores a los Siete jueces, a los tiempos de la cançó con canciones que raramente suenan en sus conciertos.

Con el único apoyo de Manel Camps, emblema que fuera en los años setenta del jazz rock más imaginativo que se hizo en España, la diva recorrió un programa aparentemente improvisado y casual. Pletórica de voz, con el sustento de un Camps con una enorme capacidad descriptiva y una complicidad que se perdía en la noche de los tiempos (aunque anunciada como de reencuentro, lo cierto es que el año pasado lo hicieron ya para un disco aún por ver), cabe resumir su concierto de excepcional. Pongamos por ejemplo ese comienzo recordando al Lorca de visita amigable a Dalí en Cadaqués, con músicas de Ricard Miralles o Toti Soler, la hermosa historia de la Barbera de París de María Aurèlia Capmany (maestra literaria de Lluis Llach) o la reelaboración de esa espera (Es fa llarg esperar) que firmó Pau Riba y que él jamás podría haber hecho con semejante enormidad interpretativa.

En tiempos de confrontaciones entre lenguas, gentes y culturas, la Bonet dio ejemplo de elegancia, respeto y banderas blancas, traduciendo todo lo que cantaba para su mejor comprensión, si no literalmente sí en intenciones, incluso yendo del inglés, al catalán y luego posteriormente al castellano, como ocurrió con el As tears go by de los Rolling Stones que Bonet bautizó como Dolca remor de cada tarda. Si La balanguera fue un final pedido, resultó inaudito volver a escuchar al cabo del tiempo Què volen aquesta gent, un poderoso himno de la Transición que no ha perdido ningún gramo de potencia evocadora. La limonada tradicional de despedida hubiese necesitado esta noche ginebra o vodka para estar a la altura de una de las mejores veladas que ha regalado Poesía en el Laurel. Un tesoro a cuidar en el yermo verano granadino.

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