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Buen perfume, frasco pequeño

  • El Sacromonte cuenta con una cueva dedicada a Luis Habichuela

En un rincón del Sacromonte, en una pequeña cueva debajo de Casa Juanillo, la noche del viernes se inauguró la peña flamenca Luis Habichuela, gobernada por Pepe Luis Carmona, el hijo del gran guitarrista que presta su nombre. Es un pequeño espacio, como digo, con un aforo de apenas cincuenta personas dispuestas a escuchar buen flamenco. Porque, en palabras de su presidente, no pretende ser una cueva más para el turista, el folclore y las fotos, sino más bien un lugar donde se reúnan los flamencos y la gente de la tierra para buscar ese pellizquito que se produce cuando el duende está por medio. Ese duende que, como bien saben los poetas, aparece cuando menos se espera, surge de una esquinita de la sonanta o de la garganta de un cantaor que no se plantea nada, sólo que se encuentra a gusto a tu lado.

Sin prisas, pero sin pausas, esta cueva se ha visto modificada, se ha lavado la cara y se ha vestido de largo para su estreno. Las puertas se abren definitivamente, saltando al vacío, sabiendo que cualquier iniciativa en tiempos de crisis es muy arriesgada. Pero con el apoyo de los aficionados, de los flamencos y sobre todo de los socios que apoyan el proyecto, su larga vida está asegurada.

Pero obras son amores, y un barco hasta que no empieza a navegar no demuestra su valía. Así, la noche de apertura, se sentaron los cimientos de una gran edificación. Respaldados por los vecinos de excepción del barrio del Sacromonte y bastantes amigos, el encanto, la magia y la pureza se dieron cita.

Por su coqueto escenario pasaron bastantes flamencos. Desde el mismo Pepe Luis Carmona, acompañado a la guitarra por su sobrino Juan Habichuela, que, a media voz, hicieron soleares, fandangos y bulerías; hasta Manuel Palma 'El Zahoreño' que punteó como él sabe los encajes de una granaína; pasando por Johny Cortés, que abrió con una seguiriya y se fue con bulerías. El momento brillante de la noche fue el que protagonizaron Sergio 'El Colorao' y Luis Mariano a la guitarra. Es la primera vez que veíamos juntos a esta pareja que, sin ensayo previo, se fueron a levante para después tocar un poquito de cielo con una farruca. Una farruca que Sergio adapta a su voz y a su melisma; una farruca que suena a manantial en manos de Luis Mariano.

Echábamos de menos algunos tangos. Estando donde estábamos, ¿no se iban a escuchar tangos del Camino? Pero la noche es joven y la peña no es un escenario. Así, la guitarra fue pasando entre las mesas y, de mano en mano, el inconfundible soniquete granadino iba sonando y las voces, anónimas algunas, otras no tanto, iban ligando esas letrillas de tangos que al Monte le han dado fama.

Estamos de enhorabuena. El flamenco en nuestra ciudad se acaba de colgar una nueva medalla. Al árbol del flamenco granadino le ha salido un brote, que muy pronto será una buena rama florida, con grandes frutos, pues por sus venas corre buena savia.

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