Buenas intenciones

Kazajstán, Alemania, Rusia, Francia 2008. 35 mm. Color. 82'. Dirección y guión: Marat Sarulu. Intérpretes: Vladimir Yavorsky, Dzhaidarbek Kunguzhinov, Irina Agejkin. Puede verse hoy a las 20 h en Cinema 2000.

Lo tenía fácil Marat Sarulu para pergeñar una película con posibilidades de llevarse el premio del público en los festivales por donde pase. Cuenta en primer lugar con unos paisajes de ensueño -los alrededores del lago Issyk-kul en Kirguistán- que fotografiados con preciosismo quedan de folleto turístico; segundo porque su fábula moral sobre la igualdad entre los seres humanos y el sinsentido de los odios raciales y religiosos cargada de buenas intenciones toca la fibra sensible del respetable, y tercero porque Sarulu tiene habilidad para entrelazar los conflictos atávicos interétnicos con los pequeños conflictos familiares y generacionales.

Buenrollismo, según Word Reference, consiste en "una edulcoración de la realidad, una evaporación del núcleo duro de los conflictos que permite presentarlos de una forma trucada que los lleva a una solución igualmente trucada"; no se puede definir mejor esta película, bonita, vistosa, pero hecha de clichés. Canciones de los mares del Sur nos habla de los eternos y sangrientos odios entre los cosacos rusos y los kazajos -aunque intervienen otras etnias como los kirguizes y la minoría alemana de la zona-, contraposición también entre ortodoxos y musulmanes, entre campesinos y los nómadas de la estepa. Es eficaz como muestrario de costumbres de la compleja Asia Central y su mensaje de fraternidad interracial casa muy bien con su producción transnacional

Lo que mejor funciona son esas secuencias de viaje y huída que sirven como catarsis para los principales personajes, el ruso Ivan y su vecino kazajo Assan. Ivan es el personaje mejor trazado, hombre lleno de contradicciones y cobardías, que cuando huye en su moto busca librarse de toda la presión a la que las diferencias con la familia de su mujer le someten; sin embargo el encuentro con el abuelo que le desvela sus propios orígenes mestizos es un tópico morrocotudo, una fábula demasiado naif. La fuga de Assan, su propia búsqueda personal, aún siendo también un cliché, tiene más carga poética y enlaza con los insertos de títeres de sombras que narran la alegoría de las damas de los cuatro mares, de las cuales sólo una proporciona paz de espíritu y cura las heridas del pasado.

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