Crítica de Cine ine

Buenas vibraciones

love & mercy

Biopic, EEUU, 2014, 123 min. Dirección: Bill Pohlad. Guión: Oren Moverman, Michael A. Lerner. Fotografía: Robert D. Yeoman. Música: Atticus Ross. Intérpretes: Paul Dano, John Cusack, Elizabeth Banks, Paul Giamatti, Jake Abel, Joanna Going, Kenny Wormald, Dee Wallace, Kirstin Masters, Violet Paley, Nikki Wright.

Contra todo pronóstico, y a pesar de los mimbres de manual hollywoodiense de una vida marcada por el éxito y la decadencia, la luz y la oscuridad, este biopic de Brian Wilson, líder y alma máter de los Beach Boys, resulta un filme de lo más estimulante y, como dice el colega Alberto Lechuga, de lo más honesto como propuesta de libre reconstrucción biográfica de quien ha sido uno de los grandes de la música popular.

Mimbres de manual en tanto que la vida de Wilson reúne todos esos ingredientes para la habitual coctelera del biopic oscarizable: infancia marcada por un padre autoritario y duro, éxito de juventud con los Beach Boys, talante genialoide capaz de concebir un álbum, Pet Sounds, que sigue siendo una referencia obligada en la historia del pop, depresión, locura, adicciones, internamiento, manipulación (por parte del doctor Eugene Landy que encarna Paul Giamatti), recuperación, regreso triunfal…

Con todo ello, de sobra conocido por el aficionado, Bill Pohlad hace una brillante síntesis en dos tiempos muy concretos y con una narrativa que apuesta antes por la modulación tonal y sensorial que por lo explicativo: la gestación del mencionado disco de 1966 y el momento de salida del túnel del compositor a mediados de los 80.

Resulta un acierto no haber buscado parecidos razonables a la hora de seleccionar a los intérpretes de Wilson en uno y otro tiempo: si Paul Dano encarna con hondura y sensibilidad al Wilson de los sesenta, un demacrado John Cusack mide con precisión los márgenes de la enfermedad mental en su versión del personaje en los 80, rescatado de su reclusión por una mujer, Melinda Ledbetter, a la que Elizabeth Banks ofrece sus mejores prestaciones como actriz.

Así, en estos dos tiempos entrecruzados, tocada por el aire sombrío de la melancolía y el desencanto, espantando la deriva del happy end facilón, Love & Mercy fluye sin demasiados obstáculos (si acaso el subrayado edípico-freudiano de la relación con el padre) entre la efervescencia creativa del joven Wilson, que tiene sus mejores momentos en las largas y vivísimas escenas del estudio de grabación, y ese periodo de recuperación en el que Cusack es capaz de modular a un personaje límite sin caer nunca en la caricatura.

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