Una 'Carmen' deslavazada

Comenzando por el programa y pasando por el sonido, las luces y el montaje, la función Carmen de Bizet, interpretada por el Ballet Flamenco de Madrid, hacía agua conforme avanzaba. El folleto de mano, más que facilitar, servía para desorientar al espectador. El argumento no se relacionaba con lo que se estaba viendo, los cantes estaban confundidos y los nombres de los actuantes brillaban por su ausencia. El sonido, aunque preciso en los directos, en la música grabada y en los efectos especiales, entraba a destiempo y con una estridencia fuera de lugar. Y la luz. ¿Por qué condenar a los bailaores a la penumbra permanente y a los músicos a la oscuridad absoluta? Por otra parte, la coreografía rayaba en la simpleza, salvo momentos puntuales de algunos bailaores, siempre en solitario, como la seguiriya que taconeara el bailaor que hacía de Don José. El argumento inconexo, lleno de tópicos, se salva porque Carmen ha llegado a ser un mito popular, representado cien veces, conocido a grosso modo por todo el mundo. Por lo tanto, la lectura entre líneas no sólo era importante, sino imprescindible.

Aunque no todo eran grietas. La veintena de bailarines coordinados en el escenario era un acierto. También la música en directo, aunque no se vieran sus intérpretes, hasta el punto de pensar que todo era sonido en off. En este apartado, sin lugar a dudas, destaco la soleá y, sobre todo, el martinete que interpretó el cantaor (anónimo, según parece), con verdadera queja, en el mismo escenario. También la rueda de tangos, acompañados tan sólo de palmas en la tabacalera, supuso un respiro de color entre esa apuesta gris. Como resultado, una enésima versión de Carmen con más pena que gloria. Agradable de ver, pero con evidentes lagunas. Propio para de un público poca exigente o para exportar donde el concepto del flamenco (o el folklore) es más amplio.

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