Un Cela surreal y párvulo

  • Linteo publica 'Pisando la dudosa luz del día', la primera obra y el único poemario del Nobel Camilo José Cela, que desvela un influjo directo de Alberti, Neruda y Lorca

Se publican ahora, por parte de la editorial Linteo, los juveniles versos de Camilo José Cela; versos que datan del año 36 y cuyo título, Pisando la dudosa luz del día, acude al endecasílabo gongorino, como antes hiciera la generación del 27 en las jornadas del Ateneo sevillano. Al decir de la crítica (la de hoy, no la de entonces), Cela nunca fue poeta, y este libro inaugural vendría a confirmarlo. Sin embargo, no es casual la coincidencia de Góngora y el 27 en estas páginas, pues será el surrealismo, su irracionalidad larvada o evidente, quien otorgue su vibración nocturna a los poemas de Cela, y serán los grandes poetas de la hora: Alberti, Neruda, Lorca, quienes contaminen de oscuridad y desgana la voz aún párvula del gallego.

Pisando la dudosa luz del día, "único y último" poemario de Cela, se publica en el 1945. Y es él mismo quien recuerda en su Nota de apertura que el mayor interés de estos poemas es un interés erudito, "pues en ellos puede hallar el lector curiosas influencias que entonces tuve muy en cuenta, y vagas inclinaciones que más tarde tomaron cuerpo". De este modo, la apreciación del Nobel y la crítica más nueva, vendrían a coincidir en el carácter de tentativa, de esgrima literaria y voz en germen, que duerme en estos versos; versos de un potente caudal lírico, de una violenta imaginería onírica, cuya referencia más inmediata es el Neruda de Residencia en la tierra, a quien Cela conoció en el año 35. En cualquier caso, con un Cela poético o impoético, Pisando la dudosa luz del día despliega intactas las numerosas obsesiones, el enconado lirismo, la ternura emboscada tras la aspereza, que luego caracterizaron la obra toda de Camilo José Cela. Sin esta herencia vanguardista, el continuado experimentalismo de sus novelas: San Camilo 1936, Oficio de Tinieblas, 5, Mazurca para dos muertos, Cristo versus Arizona, etcétera, no tendría mayor explicación; siendo lo cierto, por otro parte, que el Cela más glosado es el Cela andariego, realista, carpetovetónico, y no este Cela de estirpe surreal que ahora decimos.

Así pues, sin el Romancero gitano de Lorca, sin el Sobre los ángeles de Alberti, sin la oceánica obra de Neruda, el insistente e ignorado temblor poético que surte la escritura de Cela se habría configurado de diverso modo. Caso parejo fue el de su paisano Cunqueiro (parejo en muchos sentidos: en la gran talla literaria y en la Galicia neblinosa que ambos fabulan), pues éste partió de un surrealismo lorquiano para llegar, tantos años más tarde, a la feliz invención de una Bretaña artúrica, matinal, iridiscente, cuyo eje vertebral no es otro que el Camino de Santiago. Luego cada cual, Cunqueiro y Cela, apacentó su obra en diferente predio; pero lo obvio es que estos dos inmensos escritores vienen de la vanguardia más viva y melancólica, de aquel cruce innominado de violencias que en el XX se llamó surrealismo. Cunqueiro, ya se ha dicho, tuvo mayor fortuna en su obra poética; mientras que Cela practicó una escritura más cercana al poema en prosa (ahí estaban ya los altos ejemplos de Cernuda, de Juan Ramón, del propio Azorín), y cuyo fruto más notable es Mrs. Cadwell habla con su hijo, obra de amor fou, vertiginosa nana, epistolario atroz y delirante, donde la crueldad y el humorismo no anublan la compasión, la honda compasión que habita en Cela.

Todo esto es lo que late ya, de modo evidente, en Pisando la dudosa luz del día. El año que vio nacer la guerra entre españoles, es también el año que alumbró estas desoladas páginas. Así, bien podemos decir que si Cela fue tremendista, agónico, despiadado, la Historia tampoco quiso desmentirlo.

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