FiccionarioCh

de Chocolate

  • Con imaginación, inteligencia y sensibilidad, Roald Dahl sigue la estela de 'fabuladores' como los hermanos Grimm l Su mundo de tentaciones se construye según la lógica de 'La Divina Comedia'

Para Friedrich Nietzsche, la vida sin música habría sido un error; cualquier niño diría otro tanto de la vida sin chocolate, y sin embargo las fábulas infantiles están repletas de golosinas, mazapanes y melcochas que pueden atragantársele a sus legítimos detentadores, no sólo al chaval temerario y avieso, travieso y glotón, sino también al más educado y circunspecto. Hansel y Gretel, escarmentados tras su experiencia en el bosque, contemplarían con aprensión -imaginemos incluso un escalofrío- los otrora tentadores escaparates de las pastelerías y crecieron a base de menús salados, sin siquiera añadir al café una cucharadita de azúcar. También el pequeño Charlie Bucket contempla dichos escaparates sin dar un paso adelante; la fijación de éste por el chocolate es de signo distinto; no por empacho, sino por carencia. Charlie sólo lo prueba en su cumpleaños; en su familia hay un menú fijo: pan y margarina en el desayuno, patatas y repollo en el almuerzo, sopa de repollo en la cena. Para colmo de males, desde su casa puede verse la imponente estructura de la fábrica de Willy Wonka. A menudo, la brisa trae el aroma del chocolate derretido como atisbos de primaveras fuera de temporada.

Dice un hermoso adagio que, a veces, los dioses castigan a los mortales haciendo realidad nuestros sueños; pues bien, una díscola divinidad dispone que Charlie Bucket sea uno de los cinco niños elegidos para visitar el interior de esta fábrica. Lo que encontrará será fascinante, será bello, será terrible. La fábrica por dentro es (no podía ser de otro modo) un paisaje de fábula: hay ríos de cacao, prados de azúcar mentolada y colinas de caramelo. Willy Wonka, el demiurgo del lugar, les revela los proyectos que tiene en mente: helados calientes para días fríos, papel comestible para empapelar el cuarto de los niños, caramelos para rellenar las caries y un torbellino de ocurrencias más. El de la fábrica (el de la fábula) es un territorio desquiciado. Willy Wonka, un pariente directo del Sombrerero Loco que Alicia encontró en el de las Maravillas, ha ideado un mundo plagado de tentaciones y trampas en las cuales caerán los niños según la lógica del "contrapaso" propuesta por Dante en La Divina Comedia. La "doctrina del contrapaso" establece una relación directa entre el pecado y la penitencia: el final justo para un niño tragaldabas será hundirse en un río de chocolate; el de la niña que mastica chicle constantemente, convertirse en uno, etc. Y así irán las cosasý

Roald Dahl, el autor de Charlie y la fábrica de chocolate (1964), ha hecho, en el siglo XX, lo que hicieran los hermanos Grimm o Hans Christian Andersen en el pasado; esto es, encerrarse en las cocinas de la literatura para niños y concebir nuevas recetas con esos ingredientes siempre presentes en los postres más gustosos: imaginación, inteligencia y sensibilidad. En cada libro de Dahl las dosis, las mezclas y el tiempo de cocción están calculados con celo extremo. No obstante, respecto a otros fabuladores que vieron en el chocolate un anzuelo del Maligno -en fin, el chocolate fue una de las primeras materias con que ensayamos el pecado-, a él le correspondió el mérito de haberlo elevado a la categoría de prodigio. Si comido con moderación, el chocolate nos eleva a aquel Paraíso reservado exclusivamente a los espíritus puros.

Fragmento

-El Príncipe Pondicherry le escribió una carta al señor Willy Wonka -contó el abuelo Joe- y le pidió que fuese a la India y le construyese un palacio colosal hecho enteramente de chocolate.

-¿Y el señor Wonka lo hizo, abuelo?

-Ya lo creo que sí. ¡Y vaya un palacio! Tenía cien habitaciones, y todo estaba hecho de chocolate amargo o de chocolate con leche. Los ladrillos eran de chocolate, y el cemento que los unía también, y las ventanas eran de chocolate, y todas las paredes y los techos estaban hechos de chocolate, y también las alfombras y los cuadros y los muebles y las camas; y cuando abrías los grifos, de ellos salía chocolate caliente. Cuando el palacio estuvo terminado, el señor Wonka le dijo al príncipe Pondicherry: "Le advierto que no le durará mucho tiempo, de modo que será mejor que empiece a comérselo ahora mismo".

Roald Dahl, 'Charlie y la fábrica de chocolate'

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