Cleopatra ya no se divierte con la guerra

  • Ángela Molina deslumbra en Mérida como una reina de Egipto que reflexiona desde la eternidad La acompañan Emilio Gutiérrez Caba, Lucía Jiménez y Marcial Álvarez

Tuvo antes, entre otros, los rostros de Claudette Colbert o de Elizabeth Taylor, pero la carismática y sensual Cleopatra encuentra estos días, en el Festival de Mérida, su encarnación perfecta en Ángela Molina. La veterana se aleja de la efigie acartonada para convertir a la reina egipcia, en sus manos, en pura vida: la mujer de inteligencia desafiante e imprevisible, entre la emoción quebradiza y el ánimo juguetón, tan dispuesta a marcarse un baile sofisticado como a la reflexión honda y dolida. Un personaje libre que revive en una actriz que se desata, que da dentelladas a la oportunidad que le brindan, que se sabe inmortal. Porque esa mujer inspiró a Shakespeare, pero le ha sobrevivido: es una Cleopatra instalada en la eternidad, que habla desde el presente. Bebe whisky y se mantiene informada de todo lo que ocurre en 2015 gracias a internet; ha pasado de la tablilla a la tableta.

Molina se cita con la eternidad en César y Cleopatra, la obra que representa en el Teatro Romano de Mérida hasta el domingo, un texto que ha escrito Emilio Hernández y que dirige Magüi Mira. La protagonista de La mitad del cielo y Las cosas del querer gobierna sobre el conjunto, pero no está sola: le acompañan otro maestro, Emilio Gutiérrez Caba, Julio César también en 2015, y los más jóvenes pero también entregados a la causa Lucía Jiménez y Marcial Álvarez. Estos recrean el deslumbramiento que sintió el mandatario romano desde que Cleopatra accedió a escondidas a las dependencias de César, con la intención de que él tomara partido por ella en su disputa con su hermano Ptolomeo. Un encuentro que sería el punto de partida de una pasión entre dos estrategas que se reconocen iguales, un hombre y una mujer de ambición desmedida que la otra pareja, la que vive en el plano de la eternidad, contemplará con nostalgia, humor y pesadumbre. Han pasado siglos, y las infidelidades y las heridas de la relación han cicatrizado: ahora los amantes son viejos colegas que se lanzan dardos, pero la ternura ha ganado la batalla al desdén.

En el texto de Hernández, pródigo en reflexiones -no siempre bien gestionadas: algunas caen en el subrayado- la Cleopatra que ha perdurado se rebela contra la misoginia de los historiadores y lamenta que algunos incluso la degraden, a ella, que fue una mujer culta, con pulso firme para tomar las riendas de un imperio, simplemente a la puta de César. La Cleopatra de Molina no ha perdido las ganas de bailar, pero a menudo adopta un tono grave en sus cavilaciones: le cuenta con tristeza a aquella joven desinhibida que fue la represión que sufre hoy la mujer en Egipto. Ella, que mandó a tantos hombres a luchar, hoy alza el grito contra la guerra y se estremece con el recuerdo de las víctimas. El ejercicio de gobernar, le señala a la muchacha codiciosa, conlleva un precio amargo.

César, el César que ha pasado a la Historia, también teme que la profunda huella que dejó se ha desdibujado. "Yo siempre pensé que antes de J.C. y después de J.C. significaba antes y después de Julio Cesar", bromea en algún momento de la función Emilio Gutiérrez Caba. Su personaje también conocerá, en esta obra, el dolor de volver sobre sus pasos: intentará hacerle ver a quien fue que se cuide, efectivamente, de los idus de marzo. Al morir se erigirá para los suyos en un dios, pero Cleopatra, su amada Cleopatra, perderá tras su brutal asesinato al hombre, a su hombre.

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