Crucigrama numérico

Fecha: jueves 8 de marzo. Teatro CajaGranada. Aforo: 150 personas.

"El jazz ha muerto; es la música de un museo". La contundente frase la pronunció alguien tan poco sospechoso de aversión al género como Miles Davis allá por 1975, más o menos por la época en que el jazz dejó de evolucionar y salió de los antros llenos de humo para entrar a formar parte de los gustos de la gente exquisita. Perseverando en esta nueva tendencia a la que cada vez se apuntan más grupos y promotores, más recintos e instituciones, la de llevar el rock a los teatros y los auditorios, quien sabe si tal vez buscando en la dirección equivocada algo tan intangible como el prestigio cultural, se presentaban en el de CajaGranada dos propuestas muy distintas aunque ambas consideradas de lo más interesante del panorama nacional. Un sexteto, el que acompaña a Bigott, seguido de lo que empezó siendo un quinteto, ya reducido a cuarteto, con un nombre que apela al número tres; dos bandas en un solo concierto. Todo un crucigrama numérico. A pesar del orden del cartel, comenzó, como parecía lógico, el zaragozano Borja Laudo, verdadero nombre del artista singular conocido como Bigott. Sin hacer demasiado ruido, editando un disco por año, como a la antigua usanza, este genial intérprete se ha ido abriendo paso entre la mediocridad a fuerza de talento y de un trabajo bien hecho. Lo segundo está garantizado con la nómina de enormes músicos que lo acompañan. Con su aspecto de gnomo anómalo, mitad histrión, mitad cantautor sobrio de voz clara y perfectamente modulada, Bigott, esa rara avis del pop nacional, desbroza su repertorio para que broten las hermosas melodías que lo conforman. La sabiduría de su banda hace suyos muchos de los clichés del rock para regurgitarlos renovados. Y escogiendo elementos del indie rock con denominación de origen, tanto como de la psicodelia, de la música de baile, de la polka, la bossa o la música orquestada de los sesenta, pero siempre con criterio, redondean un concierto en el que todos disfrutan, sobre o frente al escenario, pues el resultado es una propuesta espontánea, irónica, por momentos hilarante y por completo desprejuiciada. Muy diferente a lo que propone Triángulo de Amor Bizarro, cuyos márgenes estilísticos parecen mucho más definidos y delimitados. Por eso apenas tomaron el escenario mostraron su incomodidad con la disposición del público apegado sus butacas y lo invitaron a abandonarlas para acercarse a ellos, conscientes de que su impacto se realza en las distancias cortas.

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