Cuba: sainete y calentura

Si el Neorrealismo y la comedia italiana fueron, junto a ciertas prácticas reflexivas, las referencias estéticas ineludibles del primer cine de la Revolución, casi cuenta años más tarde ése sigue siendo el molde para cierto cine cubano que, co-producción con España mediante, sigue buscando su hueco en el mercado local e internacional.

Emancipado de su maestro Gutiérrez Alea, con quien colaboró hasta su muerte (Fresa y Chocolate, Guantanamera), Tabío reincide aquí en el retrato coral de corte sainetesco de otros filmes suyos como Lista de espera, un retrato explícitamente berlanguiano en este caso (Bienvenido Mr. Marshall flota en el ambiente), para dar cuenta de la situación actual del país en sus tópicos y arquetipos más difundidos: la precariedad, la falta de libertades, el bloqueo imperialista, la burocracia, la corrupción, el exilio o la calentura del personal, observados siempre desde la deformación y el exceso a partir de un enredo a propósito de una herencia millonaria y la ambición de las buenas gentes de un pequeño y humilde pueblo.

Narrada con un innecesario y cansino distanciamiento a través de la voz en off del personaje que interpreta Jorge Perrugoría, la cinta sucumbe pronto a su propio y previsible tono de fábula moral apuntalada por un guión demasiado caprichoso, lo que no resta, empero, que por momentos la cinta pueda desplegar un cierto gracejo satírico en su manejo del histrión y las situaciones cómicas llevadas al paroxismo. Pero poco más, a pesar de su didactismo popular y de su amable tono de denuncia, la fórmula se nos antoja demasiado roma y desgastada.

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