"Deseo realmente que me sustituyan"

  • Fiel seguidor de los "movimientos insondables" del ser humano, Boadella cree que nuestro país pasa por "un vacío moral espeluznante"

Habrá quien le tome por loco y quienes le tomen por genio. Para otros será una persona non grata o una persona queridísima. Pero lo que no está dispuesto a aceptar Albert Boadella es que le llamen "fascista ni traidor. No es agradable". El alma de Joglars está dispuesto a irse retirando de Joglars. "Mi teatro no ha sido contar mis neuras ni abrir mis tripas al público, sino tratar de catalizar las neuras del público".

-En 'El Nacional' usted habla de la decadencia del teatro y de un personaje dispuesto a salvarlo.

-Este Don José es de alguna forma una especie de Quijote, alguien que lucha contra viento y marea porque quiere hacer su Rigoletto, que en parte consigue; y lo consigue con indigentes, con músicos que tocan en el metro, con una mujer de la limpieza capaz de imitar a las sopranos... En el fondo es una lucha contra los acontecimientos más contradictorios que uno puede tener encima. Cuando la gente tiene que luchar contra las dificultades económicas o sociales suelen darse luchas muy estimulantes que consiguen, como en la obra, momentos apasionantes, poéticos, divertidos, y a veces momentos trágicos.

-¿A estos teatros de ahora le hacen falta muchos Quijotes?

-Les hace falta una cierta valentía. Yo creo que aquí me apunto como todo el mundo a lo mismo. Hemos tenido unas épocas de gran expansión económica, lo cual ha hecho que poco a poco nos hayamos convertido en niños mimados. Ése es el problema. Y ahora la realidad nos muestra con toda su crudeza lo que hay de cierto en todo. Pienso que al teatro le sucede lo mismo: ha vivido unas épocas en las cuales ha tenido una gran protección de las instituciones y de los gobiernos y eso en esta época, por lo que sea, se ha acabado. Entonces ahora hay que ponerle imaginación, riesgo, y otra vez, como habíamos tenido que hacer en los principios de la transición, una cierta valentía. Hay que decir las cosas sin miedo.

-¿Ha tenido que retocar algo el texto? Ahí tenemos el Teatro Albéniz de Madrid y sus okupas...

-Exacto. Bueno, yo no puedo hacer una obra 17 años después sin cambiar cosas. Me sería imposible, no porque no estén en vigencia, sino porque yo tengo otra mirada sobre la vida y sobre el arte. Los propios actores y la soprano, que repiten, tienen más experiencia. Uno tiene la intención de no tocar nada para ahorrarse trabajo... pero cuando empiezan los ensayos lo pongo todo patas arriba.

-Joglars ha ido siempre a contracorriente: contra el franquismo en plena dictadura y contra los nacionalismos en la democracia. A pesar de eso han sobrevivido 50 años. ¿Vienen mejores o peores tiempos?

-Peores tiempos sin duda. La propia administración pública ha acostumbrado a los espectadores a no valorar el teatro en su precio real. Ha acostumbrado a la gente a pagar dos euros para ver una obra de teatro y eso está muy bien cuando ellos tenían dinero pero, claro, cuando han dejado de tenerlo han abandonado completamente a la gente del teatro y ahora la gente del teatro no puede vivir con una entrada de cinco euros. Van a ser tiempos muy difíciles. A Joglars no le vendrá de nuevo porque nosotros somos una compañía creada en el año 61 y nos habíamos hartado de hacer miles de kilómetros en furgoneta... Será volver a una etapa muy precaria pero no nosotros solos, yo creo que va a suceder en el conjunto del mundo escénico español.

-Antes había buenos y malos. En este momento de sospechas múltiples, ¿de qué lado está Joglars?

-Joglars se ha posicionado sobre todo contra el sectarismo. Nos hemos encontrado con que la gente que hemos tenido en una época tendencias progresistas, tirando más a la izquierda que a la derecha, somos al final más sectarios que la propia derecha. Y es una de las cosas que Joglars ha hecho en los últimos años, retratar y poner el punto de mira en nuestra propia generación y muchos de los fetiches del llamado progresismo.

-Por ser como es le ha tenido que decir adiós a Cataluña...

-Yo he eliminado Cataluña de mi vida y eso me ha dado una enorme felicidad. Es un peso que llevaba encima y que me producía mucha angustia porque veía la descomposición de una sociedad que había sido mía y por la cual había luchado para que fuera otra cosa. Poder quitarme esa mochila de encima ha sido para mí una especie de rejuvenecimiento.

-A usted, que lleva la sátira en las venas, ¿qué le parecen estos casos que la realidad le ha puesto en bandeja? Tenemos a Garzón, un juez juzgado. Urdangarín, un miembro de la Casa Real que supuestamente ha robado. Y al capitán de un barco que lo abandona a su suerte...

-La vida real es mucho más imaginativa, por eso yo siempre he dicho que el valor del teatro no es tener fantasía sino tener el ojo muy sensible a lo que sucede porque lo que sucede siempre es mucho mejor de lo que uno se puede imaginar. Estamos viviendo momentos en el fondo formidables para el teatro porque lo que está sucediendo nos da la razón en todo. Evidentemente hay un momento de una bajeza moral muy importante. Hay una enorme decrepitud en nuestra sociedad occidental. Un vacío moral espeluznante, y eso comporta situaciones cada vez más demenciales en las cuales parece que la gente haya perdido el norte.

-¿Cuál le parece más absurdo?

-Hombre... yo el caso del barco... me parece la locura más grande. Llegar más lejos ya es imposible. A pesar de lamentar que esto haya supuesto víctimas, pocas han sido en relación con las que hubieran podido ser, tengo que decir que es enormemente extraordinario para la gente a la que nos gusta ver los movimientos del ser humano, sus movimientos insondables.

-¿Qué es para usted el sentido del humor?

-Me atrevería a decir que es uno de los aspectos más civilizados del ser humano, es lo que nos aleja de la actitud animal. El sentido del humor es un antídoto contra la intolerancia, contra el fanatismo, contra cualquier forma de pensamiento único.

-¿Qué será lo próximo tras la gira de 'El Nacional'?

-Vendrá otra obra pero aún no está decidida porque a El Nacional le queda bastante gira y tenemos que decidir qué nos ilusiona.

-¿Y qué le ilusiona a usted?

-Una de las cosas que más me gustaría es descansar, ésa es la realidad. Lo que más me apetecería es encontrar unos herederos. Que Joglars poco a poco tomaran su rumbo al margen de mi propia dirección porque yo ya he cumplido una etapa muy larga y la compañía es algo más que una cosa personal.

-Es difícil imaginar a Joglars sin Albert Boadella.

-Salvando las distancias, mi admirado Molière lo hizo con la Comédie Française y ha durado 400 años de momento. Quiero decir que hay una tradición, una forma de hacer, creo que he logrado transmitir una manera de entender y construir el teatro que seguramente dará su fruto. Yo no quiero durar eternamente y además tengo unas responsabilidades muy importantes con el Teatro del Canal de Madrid. Dentro de dos meses se repondrá Amadeu... También tengo mi vida artística al margen de la compañía y espero que cuanto más pronto tome su rumbo al margen de la mía mejor. Yo siempre la llevaré en el alma y siempre estaré vinculado pero deseo realmente que me sustituyan.

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