¿Y si Dios es sólo un nombre?

Todo apunta en esta pieza hacia el nombrar algo imposible, impensable: la sustancia humana en el nombre de Dios. Dicho en voz alta en esta tragedia operística con libreto de Saramago y dirección artística de José Carlos Plaza: ¿Y si Dios es sólo un nombre?

Toda esta pieza del CAT se puede sintetizar en esta pregunta retórica enunciada en escena, una pregunta que no espera respuesta, un dispositivo para accionar el pensamiento, la reflexión. Algo en lo que la pieza no termina, en su conjunto, por servir del todo, tal vez porque se diluya en su propia espectacularidad y en el propio mecanismo de representación, en la manera en la que esa afirmación no produce la consecuente sacudida que transforma al espectador en pensador.

El hombre, con ese nombre, hace y deshace entre los hombres. La parábola escénica está servida entre los siervos de ese hacer En nombre de Dios; narra el infierno histórico que vivió la santa ciudad de Münster en el siglo XVI. En nombre de Dios los profetas sanguinarios, iluminados psicóticos, los obispos demoníacos, los reyes autocoronados, la violencia y la fuerza para imponer el Reino de Dios.

Espectáculo de gran formato, despliega la espectacularidad propia de la ópera, usa un centenar de trajes, moviliza a casi treinta intérpretes en escena, a los que constriñe una escenografía que juega, ocasionalmente, más en contra que a favor.

"Usa tu poder de persuasión", se dicen los santos dirigentes anabaptistas entre sí para imponer a los habitantes de Münster su propia ley, paralelamente el escenario despliega su poder espectacular, una narrativa en la que la interpretación de los actores sobresale, se impone por encima de la ampulosa escenografía, el cuidado atrezzo, vestuario y caracterización, para dar carne a la palabra y cuerpo: al dirigente místico psicótico, a la clarividencia, lucidez y dignidad femeninas -en reinas o plebeyas- o a las contradicciones del guerrero. En general, la función tiene más fuerza en la concreción de la palabra que en, términos fílmicos, el gran plano general.

In nomine Dei es una pieza larga. Y es larga no porque dure casi tres horas, sino porque no las hace suyas. Hay en la segunda parte, tal vez, alguna escena, salmodia, movimientos corales, ilustrativos de la miseria, el hambre o la sinrazón mística colectiva redundantes. Hay, desde luego, un saber hacer minucioso con el gran formato pero que, sin embargo, diluye y dificulta la capacidad de conmoción que saca al espectador del espectáculo.

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