Divagación del solitario

  • Páginas de Espuma reúne los dos volúmenes de diarios de Eugène Ionesco, el dramaturgo franco-rumano creador junto a Beckett del género del absurdo

Se reúnen aquí los diarios de Eugène Ionesco, publicados en el intervalo de un año bajo los títulos de Diario en migajas y Presente pasado, pasado presente. Ante la literatura confesional (y ésta lo es), siempre asoma el problema de la veracidad, de la honradez, de la estructura mediata del idioma, cosas todas a las que se refería Unamuno cuando dijo que "no hay que escribir para el diario". Sin embargo, don Miguel avisaba de este peligro porque sabía ya que el lenguaje tiene mucho de premeditación, y es esta premeditación, esta distancia entre lo vivido y lo escrito, la que lleva al escritor a insistir una vez y otra vez sobre la página en blanco, tratando de abarcar, de iluminar, de desvelar, ese subsuelo umbrío de nuestras vidas irreductible a la palabra: las pasiones, el tiempo, la memoria.

Dice Ionesco al comienzo de estos Diarios: "Todavía sucede que me quedo asombradísimo de no tener ya doce años". Con lo cual, queda claro que la pasión del diarista es el paso del tiempo, la brecha entre el hombre que piensa, el hombre que recuerda, y la figura reflejada en el espejo. ¿Quiénes somos verdaderamente: el que ama, el que escribe, o el que nos mira estupefacto desde una foto? A la aguda conciencia de vivir de Eugène Ionesco, conciencia personalísima y escarnecida, hay que añadir la multitud confusa de su siglo; pues el teatro del absurdo, que él capitanea junto a Samuel Beckett, tiene mucho de humanidad a oscuras, toda vez que las utopías han mostrado ya su perfil de sangre, más la perfecta crucería de los totalitarismos, que Ionesco conoció en sus dos facetas: el nacional-socialismo que invadió París, su ciudad adoptiva, y el estalinismo que se instaló en Rumanía, su lugar de nacimiento. En estos Diarios queda claro el matiz libertario, el recelo del poder, la aversión al Estado que cruza su literatura. Y también la soledad abismada, universal, intransitiva, de la que goza el hombre del medio siglo. A lo largo de estas páginas, Ionesco no hace sino interrogarse sobre la utilidad de las palabras (la segunda mitad del XX, desde Barthes y Sartre, desde Wittgenstein y Russell a Foucault y Derrida, ha perseguido el lenguaje y su función desde el propio lenguaje), y descubre que la respuesta es: no. De ahí, quizá, la deriva dramática de su obra, y la necesidad de ver representado, vivo y al margen, aquello que nació de sus apesadumbradas imaginaciones. Decía Ortega que el teatro es "la metáfora visible", el idioma tomando cuerpo y vida propias, y tal vez resida aquí la razón última, la escapatoria al círculo vacío de las palabras, que llevó a Ionesco al teatro del absurdo: teatro porque lo vemos desplegarse ante nosotros, extrañamente independiente, y absurdo porque el ser humano lo es. O al menos, así lo piensa este hombre estremecedor y solo que se llamó Eugène Ionesco.

Pasados los años, uno tiende a pensar que el absurdo y la angustia, "la náusea" sartriana, tuvieron mucho de moda exquisita y renuncia intelectual a las derivas del siglo. Sin embargo, toda aquella desesperanza, la bárbara realización de los sueños utópicos, la postrera amenaza del terror nuclear, hubieron de dar necesariamente una humanidad sombría, sin esperanzas, atenazada por la propia evidencia de nuestra maldad, de nuestra irrelevancia, de la absoluta carencia de sentido en el existir humano. Muchas de estas páginas están llenas de esa amarga perplejidad, y no debemos achacar a modas lo que es franca vivisección de un corazón torturado, que contempla con horror el paso acelerado de la muerte. "Todavía me sucede que me quedo asombradísimo de no tener ya doce años". Lo malo del absurdo es esto: su lógica perfecta, su exactitud feroz e irreprochable.

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