Divertida y cálida 'Coppélia'

Programa: 'Coppélia', música de Leo Delibes; coreografía de Marius Petipa, Enrico Cechetti y Peter Wright. Producción: Peter Wright. Escenografía y vestuario: Meter Farmer. Principales intérpretes: Nao Sakuma (Swanilda), Chi Cao (Franz), Michael O'Hara (Dr. Coppelius) y solistas y cuerpo de baile. Director: David Bintley. Música: Orquesta Ciudad de Granada. Director musical: Paul Murphy. Lugar y fecha: Teatro del Generalife, 5 de julio de 2012. Aforo: Lleno.

Como tantas veces he repetido, los espectáculos de danza sin música en vivo hay que situarlos en el tono menor de una velada de pura divulgación. La noche del jueves no fue ese el caso, sino que el Birmigham Royal Ballet estuvo arropado con la siempre segura Orquesta Ciudad de Granada, dirigida por Paul Murphy, y así la humanización del diálogo entre músicos y bailarines cobra sentido. Las noches de danza más recordadas en este escenario han sido las que se ha logrado este maridaje imprescindible. Muchas grandes figuras y conjuntos -Margot Fonteyn, Nureyev, Claude Bessy, Tamara Rojo, Ballet de la Ópera de París, Royal Ballet...- han ofrecido en el Generalife su arte compartido. También han sido numerosas las Coppelias que nos han distraído en este escenario, basada en la inspirada, ligera y encantadora música de Leo Delibes y con distintas coreografías, entre ellas la cibernética que mostró Víctor Ullate en 2007.

El Birmigham Ballet nos ofreció un espectáculo muy entretenido y de calidad, donde predomina la diversión y el humor sobre los siniestros caracteres que retratara Hoffmann. El Dr. Coppélius es sólo un viejo e ilusionado creador de muñecos que, aunque intente darles vida, no busca ojos humanos para que vean o corazones para que sientan. Ni siquiera está enloquecido, como otros Coppélius de la política de hoy, en buscar en su libro de cita recortes malévolos para deshacer a la gente real y crear muñecos que se muevan -o mueran- al compás de sus designios demenciales e inútiles. Es un pobre viejo al que engañan todos. Y así se resalta la fábula amable, el cuento divertido que hace pasar -además de un poco de frío al público femenino, con sus atractivos minivestuarios de moda- unas horas muy gratas, donde resalta la disciplinada, precisa y elocuente compañía, que afronta su trabajo con una pulcritud y elegancia dignísimas, y que se mantiene constante y diferente en la diversa visualización de las escenas conjuntas, desde las estilizadas mazurcas y czardas, hasta los innumerables impactos espectaculares de las danzas del Festival de la Campana, del III acto.

David Bentley ha preparado un conjunto formidable y ha conseguido algo muy importante en un ballet: que no decaiga la atención, el interés y hasta el entusiasmo del espectador. En estas fantasías aburguesadas, características del ballet romántico, Bentley ha conseguido que sus personajes se acerquen más a la gente real y sus jóvenes enamorados tengan no sólo sentido de la trascendencia, sino del humor.

Aunque estos roles exigen, en sus frecuentes pasos a dos, en sus intervenciones personales, gran dosis de virtuosismo que han dejado patente tantas figuras de la danza de todos los tiempos, no desmerecen en nada la labor excelente de los protagonistas y los solistas. El duó de Swanilda y Franz tuvo a dos bailarines encantadores, firmes, expresivos, pero también dinámicos y con garra cuando era necesario. Nao Sakuma mantuvo un protagonismo cálido, cercano, junto a Chi Cao. Su paso a dos de La paz, una página con que finaliza el Festival de la Campana, subrayó en su briosidad y comunicabilidad su intenso trabajo durante toda la obra. En ese festival final hay que mencionar a otros muchos solistas, entre ellos, un dominador y brillante Tzu-Chao Chou, junto a sus compañeros en La llamada a las armas. Y destacar el colorido y belleza de la danza bolera que bordó Anna Moleón, en La muñeca española, sin olvidarnos de Emily Smith, Victoria Marr o Brando Lawrence.

En resumen: un espectáculo grato, de alta nota por su calidad individual y colectiva, por su perfección y conjunción notable. El público se divirtió y hasta tuvo elementos para entusiasmarse en diversos instantes. Quizá sobrara exceso de decorado barroco en el segundo acto que vimos desmontar, en penumbras, como parte también de la complejidad que es edificar un espectáculo de estas características, por otros actores anónimos, pero que tan fundamentales son para que el público pueda gozar de una jornada sugerente.

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