Economía básica

  • La serie 'Breaking Bad' integra lo mejor de 'Los Soprano y 'The wire'

Creada por Vince Gilligan (1967), guionista, director y productor salido de la prestigiosa Tisch School of the Arts de Nueva York, Breaking Bad nos sitúa en el paisaje árido, seco y horizontal de Alburquerque, Nuevo México, para contarnos la historia de Walter White, un anodino profesor de química, ciudadano ejemplar de perfil bajo y apocado, al que la vida irá empujando poco a poco al otro lado de la ley justo cuando los médicos le diagnostican un cáncer terminal de pulmón.

Con el humor negro de los hermanos Coen y cierto minimalismo como horizonte estilístico y un retrato de la clase media norteamericana tan satírico como realista, Breaking Bad no es tanto ese electrizante thriller fronterizo sobre el mundo de la droga y sobre cómo un ciudadano común puede desenvolverse en su interior, tampoco ese preciso retrato de la familia y sus enfermedades contemporáneas, ni siquiera una peculiar buddy movie de opuestos entre un profesor y su ex-alumno más díscolo, que también, como una auténtica clase magistral por entregas sobre principios de economía básica en tiempos de crisis. Todo por la pasta.

El Walter White que encarna un soberbio Bryan Cranston, un tipo meticuloso, neurótico y obsesivo, irá tomando (con o sin pelo) conciencia de que pasarse al otro lado no es tan fácil como ponerse a cocinar metanfetaminas en una autocaravana en medio del desierto para que luego las venda en la calle tu socio de turno. Breaking Bad nos enseña, si es que tal cosa fuera su propósito, cómo el ascenso (y la imposibilidad de salida) en el mundo del crimen organizado conlleva una serie de decisiones morales que implican, además de mentiras, extorsiones y asesinatos, términos tales como asociación, diversificación, oferta, demanda, equilibrio, elasticidad, costes, ingresos, blanqueo de dinero y toda una serie de conceptos y operaciones financieras destinadas a la mera supervivencia en un entorno que te quiere muerto una vez que has cumplido tu función en el engranaje.

Breaking Bad es también la historia de una tortuosa amistad de carácter paterno-filial, la de White con su antiguo alumno Jesse Pinkman (Aaron Paul), el inestable e inmaduro traficante con el que establecerá una relación (véase el kafkiano episodio de la tercera temporada titulado The Fly) que arrastra la serie a un constante tira y afloja en el que las deudas morales y un extraño y poderoso vínculo afectivo no terminan de resolverse nunca.

Como en Los Soprano, buena parte de los conflictos de BreakingBad son conflictos familiares: ¿cómo ocultar a la esposa que uno se ha metido a cocinero de la droga más pura del mercado?, ¿cómo sortear a un cuñado (impresionante Dean Norris) agente de la DEA que le pisa los talones a tu fantasma criminal (Heisenberg) y que piensa que eres el tipo más inofensivo del mundo?, ¿cómo blanquear ese dinero manchado de sangre para pagar las facturas del médico y la universidad de tus hijos? Si en muchas ocasiones la intensidad de la acción externa se resuelve a golpes de violencia abrupta y descarnada (la muerte del traficante Tuco o el intento de asesinato del cuñado), la acción interna de la serie, sus escenas de cocina y mesa puesta, nos regala algunos episodios memorables sobre la dinámica del matrimonio y la familia de clase media.

Como The Wire, Breaking Bad es también un retrato realista y minucioso sobre los movimientos y operaciones del crimen organizado. Con la frontera mejicana y sus cárteles de la droga a apenas unas millas de distancia, la serie describe con precisión entomológica las operaciones necesarias para gestionar un negocio ilegal y millonario bajo la tapadera de uno de esos establecimientos (una cadena de restaurantes de pollo frito) que representan la viva imagen del sueño americano.

Breaking Bad es, finalmente, como todas las grandes series de esta era, una serie de autor y de guionistas con sus infinitos matices y detalles.

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