La Edad de Bronce

"En nuestro paladar empieza todo" reza el manual, cuyo texto insinúa más que aclara. Si acaso, recomienda no tener prejuicios, desnudar el alma y dejarse llevar por las sensaciones, por la estética, por el sonido, por el equilibrio. Porque El cielo de tu boca es una obra tan enigmática como sugerente que Andrés Marín presenta en Granada después de su estreno en la pasada Bienal. Una fórmula ascética nos guía, o termina de confundirnos, desde el programa de mano. Es la Contemplación, la Acción, la Ebriedad y la Disolución. Son cuatro partes emparentadas y nada definidas para entrar en la cosmovisión de Andrés y su equipo.

En el escenario gravitan campanas de todo tipo, que Llorenç Barber, el campanero polifónico, va sonando de una manera ancestral, mostrando quizá que su sonido plateado entronca con la raíz del flamenco. El baile de Andrés Marín es sobrio, quebrado y minimalista. Se sumerge en la estética de Israel Galván. Un estilo, al que Belén Maya dio en llamar 'flamenco empírico', que también persiguen Rocío Molina, Amador Rojas, Nani Paños y tantos otros.

Las alegrías son reconocibles y agradecidas. Retazos de la Escuela Sevillana delatan al bailaor. Será el único braceo palomar de la noche. Por lo demás, hierático desde la cintura, mientras con los pies lanza un diálogo lleno de sentido y compás. La propuesta, arriesgada como pocas, se derrumbaría sin embargo si no contara con una buena base flamenca (la abstracción y la vanguardia deben partir del conocimiento) y un armazón musical de peso. Un paréntesis en las cantiñas, sorprende al bailaor cantando una malagueña, de Fosforito el Viejo, por derecho.

Las campanas siguen acompañándonos con su eco broncíneo. Segundo Falcón, Enrique Soto y José Valencia, al cante, tienen asumido el juego, enseñan sus cartas y suben la apuesta con algunas comicidades, tipo Antón Pirulero o Niños de San Ildefonso. Antonio Coronel, con su batería y su caja, da la contrarréplica al badajo. Las bamberas se convierten en otro de los momentos amables, antes de que el vídeo radiografíe al bailaor, que aparecerá con cencerros a la espalda abordando unos cantes camperos.

La farruca se destila y contemplamos su esencia. Salvador Gutiérrez, con su guitarra transportada durante todo el espectáculo, hace alarde musical en esta pieza. Termina la función por bulerías, quizálo único sensato para la cuadratura de los aficionados.

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