Un Eitzel más feliz

  • El remozado American Music Club vuelve a la carga con su mejor trabajo en años. Edad dorada, qué duda cabe

Mark Eitzel deambulando nervioso por los camerinos, tocado con un gorro de lana pese al calor que hace en la sala, mirando de reojo las botellas que se amontonan en el pasillo. Ariba, abajo. Abajo, arriba. ¿Será capaz este hombre de aspecto desquiciado de ofrecer su concierto o, haciendo honor a la leyenda, se esfumará del escenario al primer contratiempo? Sale solo, guitarra en mano, y convence. Incluso va más allá de la duración estipulada; entusiasma aun cuando parece evidente que más que para la audiencia, toca para sí mismo; que desangra sobre las tablas toda la tensión acumulada durante las horas previas, quizás durante los días previos. Un concierto de Eitzel, en un día bueno, es lo más parecido a contemplar una sesión de exorcismo en vivo; en un día malo, la debacle.

Qué llevó a nuestro hombre a resucitar a American Music Club tras la desbandada posterior a San Francisco (1994), cuando el grupo ya había rubricado algunos de los más imponentes discos del rock norteamericano de los 90 -citemos Everclear (1991) y Mercury (1993)- y puesto en pie una sólida discografía en solitario -con momentos tan sobresalientes como West (1997), Caught in a Trap and I Can't Back Out 'Cause I Love You Too Much, Baby (1998) o The Invisible Man (2001)- es cuestión que queda a voluntad del respetable, pero que con la publicación de Love Songs for Patriots tras una década de silencio discográfico, definitivamente acallaba cualquier maledicencia sobre el interés pecuniario del retorno.

De aquella formación originaria que se deslizó desde los postulados del slowcore -mejor aún, más descriptivo, del sadcore- hacia un cierto clasicismo reconocible en sus formas tradicionales pero todavía indómito en su fondo, apenas persisten el propio Eitzel y su inseparable Vudi, guitarrista de arpegios atmosféricos y solos concisos. Del bajo se ocupa ahora Sean Hoffman y de la batería Steve Didelot, casi dos absolutos desconocidos que se adaptan con la previsible soltura a la dirección de Eitzel.

¿Y cuál es ésta? Eitzel se ha quejado recientemente, y quizás en exceso, de Love Songs for Patriots calificándolo como un disco disperso, grabado por etapas y sin la coherencia necesaria. Al mismo tiempo, reconoce que cuando comenzó a gestarse The Golden Age, aún no sabía si iba a ser un álbum de American Music Club o acabaría firmado con nombre propio, y que fue el espíritu mismo de éste, su identidad y conexión previa con la discografía de la banda, lo que finalmentre decantó la decisión.

El planteamiento, en cierta medida, sorprende, pues si bien es cierto que esto suena, sin duda, a American Music Club, no lo es menos que dentro de la trayectoria protagonizada con ese nombre supone un punto de inflexión hacia posturas, digamos, más cristalinas: desde el aspecto formal -la impecable producción de David Trumfio, que consigue que Eitzel suene como nunca- a las sensaciones que contagia -sí, amigos, alegría y hasta algo de felicidad y autoestima: atención a la letra de la preciosa Who You Are-, The Golden Age dibuja un paisaje no del todo inédito en la ya larga trayectoria de la formación, pero sí distinto y por momentos, aun sin evitar las temáticas habituales -The Windows of The World-, hasta risueño. Para demostrarlo quedan cortes como The John Berchman Victory Choir, con su aire de vals, de ésos que uno no se cansa de escuchar.

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