Elogio del cine luso

  • Dos libros y dos espléndidos filmes en DVD y el estreno de la última película de Manoel de Oliveira obligan a envidiar el momento del cine portugués

Ahora que Portugal, tan cerca y tan lejos, apenas es noticia por los efectos de la crisis o por el ruido mediático en torno a Mourinho, es buen momento para reivindicar el vigor, la diversidad y la excelente salud creativa de su cine, posiblemente el más exigente y radical de cuantos se hacen hoy en esta desbaratada Europa del euro.

Más aún cuando se trata de un cine supuestamente menor inscrito en una raquítica estructura industrial (apenas se producen 15 títulos al año que suponen un 5% de cuota de mercado interno) que ha tenido que suplir con el prestigio crítico y el éxito alcanzado en los principales festivales internacionales el tradicional desapego de un público local que sigue prefiriendo el producto de importación.

La edición en DVD (Cameo/Cahiers) de dos de los títulos más estimulantes del cine portugués y europeo de los últimos años, Aquele querido mes de agosto, de Miguel Gomes, y Ne change rien, de Pedro Costa, dos muestras de ese escurridizo, reflexivo y poroso territorio entre la ficción y el documental a propósito de los veranos y amores rurales y el retrato de Jeanne Balibar arrancado de las sombras, junto a la aparición de dos libros de la especialista extremeña Angélica García-Manso, un breve y divulgativo Panorama General de la Historia del Cine Portugués (GIT) y un enjundioso estudio sobre el genial e irrepetible João César Monteiro (Filmoteca Extremadura), invitan a asomarse al otro lado de la frontera y descubrir una cinematografía de la que, a excepción del centenario maestro Manoel de Oliveira -que acaba de estrenar la deliciosa El extraño caso de Angélica- apenas hemos tenido noticia.

Glòria Salvadó y Fran Benavente ya apuntaban en su clarificador artículo incluido en el libro Derivas del cine europeo contemporáneo (Filmoteca Valencia) cómo el cine portugués de hoy ofrece un panorama singular en el que conviven miembros de varias generaciones históricas: el patriarca Oliveira, memoria viva del cine y la cultura europeas desde los últimos días del mudo; cineastas que, como el referencial y ya fallecido António Reis (Tras-ós-Montes), proceden del Cinema Novo de los años 60: Fernando Lopes, Paulo Rocha o José Cardoso Pires; directores de una generación intermedia como el iconoclasta Monteiro (Recuerdos de la casa amarilla, Va e vem), cineasta singular capaz de integrar "lo popular y lo teológico, el orden del rito y el desarreglo azaroso, lo sublime y lo humorístico", el irónico João Botelho (O fatalista) o el más trágico João Canijo (Noite escura); una cuarta generación, marcada por la "escritura de la desesperación y el drama despojado de acentos emocionales", en la que encontraríamos a Pedro Costa y su radical y estilizada experiencia digital en los suburbios lisboetas (No quarto da Vanda, Juventude em marcha), a Teresa Villaverde (Os mutantes, Transe) o a João Pedro Rodrigues (Odete, Morrer como un homem); una quinta, formada por cineastas nacidos en los 70 como Claudia Tomaz (Noites), Catarina Ruivo (Andre Valente), Marco Martins (Alice) o Hugo Viera da Silva (Body Rice), impulsores de un "cine del vagabundeo y la deriva existencial en territorios hendidos, de una escritura en la brecha entre el deseo y la distancia, la materia y el fantasma, el documento y la ficción; un cine habitado por la crisis del relato, que trabaja sobre el fluir temporal, un cine que muestra otros ángulos y otra Europa"; y, una sexta generación emergente, nacida en los márgenes de la industria, hija de la última cinefilia mutante, desmarcada incluso de la influencia de ese otro gran patriarca y benefactor del cine de autor portugués y europeo que es Paulo Branco, reunida en torno al colectivo O Som e a Fúria, en la que despuntan Miguel Gomes (A cara que mereces), Sandro Aguilar (A Zona), Miguel Fonseca (Alpha) o João Nicolau (A espada e a rosa).

Ante este panorama plural, estimulante y heterogéneo, el nuevo cine portugués, "un cine de la exploración y del límite", emerge como un insólito reducto de resistencia, libertad y vanguardia creativa cuya vitalidad y radicalidad artísticas sólo se entienden lejos de los peajes de una industria condenada al fracaso.

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