Encuentro con la materia

  • El Centro Guerrero acoge más de una treintena de obras del artista Manuel Rivera que explican su trayectoria creativa a través de dos ejes: Granada y Nueva York

De Granada, la ciudad donde aprendió el oficio del arte de la mano y los pinceles de Gabriel Morcillo; a Nueva York, la cuna de la Modernidad, el centro del mundo, el lugar que le puso en contacto con los grandes nombres del arte. La trayectoria y la evolución plástica de Manuel Rivera (Granada, 1927 - Madrid, 1955) está tan directamente vinculada a su propia experiencia vital que sería imposible separar esas dos realidades. Por ello, el Centro Guerrero expondrá hasta el próximo 3 de junio Manuel Rivera. De Granada a Nueva York, 1946-1960, una muestra que narra, a través de las obras del artista, el encuentro de Rivera con un mundo artístico en expansión que terminó por atraparle.

"Rivera es un ejemplo de artista contemporáneo que sale de sus influencias locales para encontrarse cara a cara en el centro del mundo del arte, que en los años 50 estaba en Nueva York", apuntó ayer en la presentación de la muestra su comisario, Alfonso de la Torre.

En total, son 34 obras procedentes tanto de instituciones públicas (MNCARS, IVAM, Museo Luis González Robles, Madrid Espacios y Congresos) como de galerías, de colecciones particulares y del legado de la propia familia Rivera, que proponen ver contemplar al artista "con ojos nuevos".

El punto de partida de esta exposición hay que buscarlo en 1946, con los ecos de la Guerra Civil española demasiado recientes como para traducirse en una paleta amplia y luminosa de colores. Rivera mantenía intacta por aquel entonces la formación que había aprendido de maestros como Gabriel Morcillo, pero su encuentro con intelectuales de la época -entre quienes figuraban el filósofo Antonio Aróstegui o el artista Miguel Rodríguez-Acosta- y su afán por bucear en otros lenguajes para encontrar el suyo propio se tradujeron en un acercamiento sin retorno a la abstracción.

El trabajo de Rivera, tal y como dan muestra las obras que se pueden ver en el Centro Guerrero, se centró entonces en una reflexión constante acerca de la materia y de las posibilidades expresivas de las tierras, las arpilleras y los pigmentos. Aquella experimentación y su posterior viaje a Madrid fueron imprescindibles en su trayectoria y se tradujeron en el descubrimiento de las mallas metálicas, que darían un giro radical a su obra. Eran mallas superpuestas en bastidores y a las que apenas retocaba con pigmentos debido al desinterés manifiesto por el color que en los últimos tiempos había mantenido el artista y a que sus intereses se fijaban más en el juego de sombras que proyectaban las mallas en las propias obras.

Un acontecimiento esencial para entender el salto a Nueva York de Manuel Rivera es la Bienal de Arte de Sao Paulo de 1957, en la que el pabellón español exhibió en una pared una decena de obras con telas metálicas de las que en esta exposición se pueden contemplar por primera vez un total de ocho y que constituyeron el germen de su famosa serie Metamorfosis. El comisario español de la Bienal se sorprendió mucho al ver la propuesta de Rivera y, tras muchas dudas disipadas por sus colaboradores, decidió cederle el protagonismo que se merecían, lo que se reveló después como un gran acierto.

Un año después fue invitado a participar en la Bienal de Venecia y la repercusión que tuvieron sus obras fue de tal magnitud que desembocó en la contratación de Rivera por la galería Pierre Matisse, que le puso en contacto con la gente más importante relacionada con el mundo del arte de aquel entonces y que le sirvió para exponer en el MoMA y en el Guggenheim.

La presencia de Rivera en Nueva York fue fuerte desde el principio, ya que logró captar la atención de personalidades tan relevantes como Juan Eduardo Cirlot, que escribió en el catálogo de su primera exposición en Nueva York: "Manuel Rivera trabaja con telas metálicas, recortadas, suspendidas, sobrepuestas, desgarradas, que originan espacios de diversa intensidad, con retículas de variable finura y cuyos ejes y líneas de sostén son como alambres de un aparato de función ignorada aún [...] Manuel Rivera puede cambiar de materia e incluso de procedimiento, pero deberá de conservar siempre ese sentimiento de lo errante y de lo transitorio, mortal definitivo".

Fueron unos años de inquietud, de descubrimientos -del lenguaje propio y de ajenos-, de saltos imparables y al vacío en un "viaje singular", tal y como señaló De la Torre, que "permite reconstruir todo un tiempo a través de piezas inéditas para reencontrarse con un gran artista".

Uno de los grandes aciertos de esta exposición pasa, tal y como señaló ayer la directora del Centro Guerrero, Yolanda Romero, por la puesta en contacto y diálogo pictórico de los dos grandes artistas contemporáneos granadinos: Manuel Rivera y el propio José Guerrero: "Reunimos en el mismo espacio la obra de Rivera y Guerrero que, pese a compartir al mismo maestro, Gabriel Morcillo, cada uno siguió una trayectoria muy diferente. La obra de Rivera sigue las claves europeas, dominadas por la experimentación con los materiales, mientras que la de Guerrero se asemeja a la escuela americana. Pese a todo, ambos mantuvieron siempre una fuerte relación de amistad que hoy continúa a través de sus familias".

'Memorias', de Manuel Rivera

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