Ernesto Sabato cumple cien años

  • Mañana se conmemora el centenario del nacimiento del autor argentino, recientemente fallecido, un escritor con un mensaje de solidaridad plenamente vigente en estos tiempos que corren

Mañana, Ernesto Sabato cumple cien años y el mero hecho de que no se halle entre nosotros para apagar las velitas, pues se le apagó la vida hace algo más de un mes, no supone ningún impedimento para celebrarlo por todo lo alto. Sus libros están ahí, al alcance, y es suficiente. La longevidad del autor no será tanta como la de su obra y, podríamos asegurarlo, a él le hacía feliz que así fuera. Sus libros están ahí, se ha dicho, al alcance, en una editorial que por uno de esos azares tan novelescos también está soplando una tarta coronada por cien velitas: Seix Barral, que se fundó en 1911, ha acabado siendo la albacea idónea de un legado no extenso, sino intenso, insobornable e insustituible, construido con una memoria, entendimiento y voluntad admirables. En contra de esos diosecillos de tres al cuarto que, en la literatura, ansían exclusivamente los privilegios y perifollos, él eligió los deberes y el compromiso. Dignos de admiración son la persona y el personaje.

Ernesto Sabato no fue uno de esos escritores ensimismados, convencidos de que el Aleph se ubica en el centro justo de su ombligo, ni de esos onanistas entregados al masajeo de una torre de marfil donde se esconden del mundo, ni de esos otros soberbios que dicen tener la Verdad no ya de su lado, sino colgando de los labios, como una salivilla que únicamente ellos segregaran. En el libro de memorias Ante el fin sorprende el escaso espacio reservado por Sabato para sí, siendo él sujeto y objeto de la obra. En este volumen se prodigan familiares, amigos, conocidos, compañeros de fatigas, y se da la paradoja de que comenta más gustosamente obras ajenas en vez de las propias: de El túnel dice que fue "la única novela que quise publicar, y para lograrlo debí sufrir amargas humillaciones"; de Sobre héroes y tumbas confiesa que habría querido entregarla a las llamas, "tantas han sido siempre mis dudas", y Abaddón el exterminador ni siquiera la menciona. Esta terna narrativa, que sería el orgullo de cualquier novelista, era casi una inconveniencia para él. Dignas de admiración son su discreción y elegancia.

Sabato siempre tuvo una concepción trascendente de la escritura. En El escritor y sus fantasmas declaraba: "La literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma -quizá la más completa y profunda- de examinar la condición humana". Según él, el escritor tiene un destino prefijado: indagar en las interioridades del hombre para así entender mejor el mundo que habitan. Uno lleva al otro. El hombre nace en unas coordenadas determinadas, y éstas lo condicionan, para bien o mal, de infinitas maneras, y podemos abrazarlas o reivindicarlas con todas nuestras fuerzas, o rebelarnos con idéntico ímpetu, o huir con igual determinación, pero no permanecer ajenos. Al escribir, Sabato intentó no dejar nunca indiferente al lector, y a fe nuestra que lo consiguió. Si él recurría a los ejemplos de Dostoievski, Kafka o Faulkner para recordarnos que ningún lector sigue siendo la misma persona tras terminar la lectura de Crimen y castigo, El proceso o El ruido y la furia, porque tampoco sus respectivos autores siguieron siendo los mismos tras concluir la redacción, nosotros afirmamos que ninguno de cuantos hayan entrado en El túnel saldrá hablando de indiferencia. Dignas de admiración son sus ideas y palabras.

Ernesto Sabato hizo lo posible por conocer mejor el mundo que le tocó vivir, y mejorarlo en la medida de sus posibilidades. Es el suyo un humanismo renovado, adaptado a alas nuevas circunstancias del siglo XXI, y su vigencia está fuera de discusión. A esas miles de personas que están echándose a la calle, ocupando plazas y clamando al cielo bajo la consigna de la indignación, las invitaríamos a acercarse a Sabato. En sus páginas encontrarán una voz afín y argumentos bien construidos para combatir esa sociedad que tan pésimamente reparte el pan nuestro de cada día. En La resistencia, Sabato escribía: "Debemos exigir que los gobiernos vuelquen todas sus energías para que el poder adquiera la forma de la solidaridad, que promueva y estimule los actos libres, poniéndose al servicio del bien común, que no se entiende como la suma de los egoísmos individuales, sino que es el supremo bien de una comunidad. Debemos hacer surgir, hasta con vehemencia, un modo de convivir y de pensar, que respete hasta las más hondas diferencias". Y añadía a continuación esta hermosa cita de María Zambrano: "La democracia es la sociedad en la cual no sólo es posible sino exigido el ser persona". ¡Indignaos y leed! Dignos de admiración son su trabajo y su ejemplo.

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