"En España hay un estúpido desprecio por la cultura propia"

  • El responsable de la edición en varias colecciones de las obras completas de Federico García Lorca acude a Granada para ofrecer un recital de sus propios poemas

Mario Hernández (Palencia, 1945) es, tal vez, una de las personas que más saben de la obra de Federico García Lorca. Catedrático de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Madrid, Hernández es el responsable de la edición de las obras completas de Lorca en diversas colecciones. Ayer tarde estuvo en la Facultad de Traductores e Intérpretes invitado por la Cátedra García Lorca para leer sus propios poemas dentro del ciclo Presencias literarias en la Universidad de Granada.

-¿Por qué Federico García Lorca es un autor tan inagotable?

-Porque todos los grandes escritores son inagotables. Y no hablo sólo de García Lorca: hablo de Cervantes, de Góngora, de Quevedo. En el siglo XX hay también varios autores inagotables, como el propio Lorca, Valle-Inclán o Antonio Machado. Pero sucede algo: hay cierta ceguera en los lectores españoles, porque andan buscando a grandes escritores fuera de forma innecesaria sin darse cuenta de los que están aquí. En España hay un estúpido desprecio por la propia cultura. Lorca tiene, además, una cosa: es capaz de conectarnos a la literatura del siglo XIX y a una tradición antiquísima de literatura española.

-Lorca era también un autor de lo más completo, ¿no?

-García Lorca es un poeta en el que, cuando abres un cajón de su obra, te encuentras otro cajón y otro y otro y otro. Lorca tiene muchos cajones secretos. Su grandeza está ahí. Con cada relectura se descubren siempre nuevos matices. Lorca tiene algo, además; suena tan misterioso y tan bien en español como en japonés o en swahili. El otro día, en la inauguración del Instituto Cervantes en Japón, Laura García-Lorca me contó que la emperatriz se acercó a ella emocionada. Que un poeta tan ajeno a la cultura japonesa, y a pesar de la traducción, conmueva de esa manera da muestra de lo importante que es.

-Usted se encargó de recopilar sus obras completas...

-Yo diría que lo que he hecho han sido las obras semicompletas. Llega un momento en que te agotas. El problema de editar a un autor como Lorca es que cada poema suyo tiene una historia independiente. García Lorca era, además, un autor muy raro que puso en su propio pasaporte la palabra "poeta" como profesión. Y no lo hacía por pedantería, sino porque había decidido dedicarse a la literatura plenamente. No dejaba de repartir manuscritos, realizar estrenos, escribir ensayos. Era un volcán inextinguido mientras vivió. Por eso, con una muerte tan temprana, reconstruir su obra, en gran parte inédita, es un trabajo complicado.

-Hay algo curioso con Lorca: en diferentes poemas, o incluso en obras de teatro, llega a repetir incluso los mismos versos ¿Tenía el poeta su propio universo literario?

-Sí. Era un poco el estilo de la época. Hay imágenes que se repiten porque son muy del momento. Lorca creó un idioma poético en el que te vas metiendo sin darte cuenta. Lo mágico de él, como decía Dalí, es que sin claves que expliquen los poemas, te siguen atrayendo. Dalí decía que del Romance sonámbulo no entendía nada, pero que estaba atrapado con ese poema. En libros como Poeta en Nueva York sucede lo mismo. Y lo notas, sobre todo, cuando escuchas los poemas en voz alta. Tienen una enorme potencia rítmica, armónica y sinfónica. Sus poemas son como círculos concéntricos.

-¿Tal vez porque Lorca era muy musical?

-Quienes le conocieron decían que era, ante todo, teatral y un recitador esencial. En el libro de memorias de Carlos Morla Lynch cuenta que tenían a Lorca de histrió de lujo. Era el que animaba todas las fiestas. Era un hombre de una gran capacidad mimética. Era un hombre con un sentido de lo teatral innato. Puede haber textos de dramaturgos que gusten o no, pero vistos representados, se ve que no funcionan. En Lorca todo es perfecto, toda la carpintería teatral, todo el andamiaje. Parece que brota de forma espontánea. Francisco García Lorca decía que en Federico no había evolución, sino adecuación a las circunstancias. Era tan protéico que en Nueva York, al mismo tiempo que escribía los poemas, estaba completando La zapatera prodigiosa. Eso, en cualquier otro autor, lo habría llevado a la locura.

-Entrando en la polémica... ¿Es usted partidario de que lo desentierren o no?

-Yo más bien me inclino por el no. Sospecho que en su desenterramiento puede haber una utilización muy espúrea...

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