Estrella inolvidable

  • La artista se deja el alma en un recital lleno de matices e intensidad donde el recuerdo de su padre, el maestro Enrique Morente, llena los momentos más emotivos y apasionados de la noche

Estrella Morente regaló anoche a Granada un autorretrato musical inolvidable. El recital flamenco de la cantaora, entre las columnas del Palacio de Carlos V, se convirtió en un epílogo universal donde le cantó igual a la pena que a la alegría en una completa gama de matices con la huella de lo vivido en estos treinta años. Apareció de blanco en el balcón del palacio como un ángel y el público enmudeció.

Tuvo Estrella a su guía y ella le correspondió con holgura. Su voz cristalina atravesó la piedra "como relámpago de fuego". Así le cantó su padre: "Si yo encontrara la estrella que me guiara"..., una letra que volvió a sonar con fuerza. Más emocionada que nunca, entre el grito desgarrador y el susurro, la cantaora fue aumentando la pasión desde el lamento dramático del pregón del Niño de las Moras al misticismo de un Réquiem que brilló especialmente en una noche en la que, fue inevitable, estaba muy presente el dolor por la reciente pérdida del maestro. Puso el alma entera en este homenaje donde los versos de San Juan de la Cruz hablan precisamente de un amor tan profundo que traspasa la propia realidad. Miró al cielo Estrella y pareció alcanzarlo.

No eligió la artista un sendero fácil, pero el público la apoyó con continuos olés. Sabía que en Granada, en su Graná, las raíces del flamenco son tan hondas como en su propia vida. Corre por sus venas sabiduría de siglos y ella canta fandangos, tangos, coplas y soleares como quien cuenta historias propias.

Historias por donde el público encuentra referencias lorquianas, de la Alhambra y su Sacromonte. La casa en la que se crió y donde creció con el flamenco, rodeada de leyenda. En una de sus primeras apariciones ante el público la artista ya demostró hasta qué punto controlaba en su juventud los palos flamencos. Ayer se superó con empeño, bien arropada por su familia.

Pasó ya en el recital que ofreció en Londres, pero la noche de Estrella aquí fue doblemente una catarsis que tuvo su culmen en una seguiriya de aliento desesperado. Eligió después del blanco un vestido negro con el que Estrella expresaba su pasión por la música con adornos de notas musicales. Han dicho de ella muchas cosas pero ayer demostró, entre todas, que su voz posee el don de divinizar cualquier registro musical que se proponga. Entre quejíos y suspiros, como su imagen propia. Una presencia entre terrenal y etérea que elige al mismo tiempo, en lo que hace, pasado y futuro.

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