Falla, cogido en la última de feria

la fura dels baus

Repertorio: 'En el Generalife', de 'Noches en los jardines de España', Introducción, de 'El sombrero de tres picos', 'Danza española, de 'La vida breve', de Manuel de Falla; 'Amor gitano', popular; 'El amor brujo', gitanería en un acto y dos cuadros (versión de 1915,), de Manuel de Falla, libreto de María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra. Imágenes cinematográficas: José Val del Omar. Intérpretes: Orquesta Joven de Andalucía, Marina Heredia (cante), José Quevedo 'El bola' (guitarra), Óscar Martín (piano). Director musical: Manuel Hernández-Silva. Dirección de escena y escenografía: Carlus Padrissa (La Fura dels Baus). Lugar y fecha: Plaza de toros de Granada, 10 julio 2015. Aforo disponible: Lleno hasta la bandera.

El título seguramente no corresponda a una crítica del Festival Internacional de Música y Danza de Granada, sino más bien a una crónica taurina, espacio que no pretendo ocupar cuando tan buenos especialistas taurinos tiene este periódico. Pero es que el ambiente del último momento del Festival tuvo más de fiesta populachera que de otra cosa, además de celebrarse en un coso taurino, amenizado con música no precisamente clásica o culta antes de empezar el espectáculo que, por cierto, se demoró media hora, mientras el público gritaba, silbaba y pateaba a placer porque no se cumplía, al menos, la puntualidad que es frecuente en las plazas de toros.

En el cartel, un único diestro -maestro le llaman todos los que saben algo del asunto-, llamado Manuel de Falla del que se interpretaba una nueva versión escénico-musical de su afamada partitura El amor brujo, a cargo de otro afamado diestro catalán, Carlus Padrissa, dirigiendo a la Fura del Baus, que ha dejado en el Festival muestras de su talento, como ocurrió con la versión de Atlántida que nos emocionó a todos ante la fachada de la Catedral. Claro que entonces contaba con un director musical de la talla de Josep Pons, de la Orquesta Sinfónica de Barcelona-Nacional de Catalunya, del Coro de Valencia, Orfeón Navarro Reverter y Coro de la Presentación, entre otros elementos fundamentales. Entre ellos, no poniéndole soportes megafónicos a la orquesta, como ocurrió en la plaza de toros, con lo que se agrandó y desvirtuó la mediocre y hasta inaceptable versión para un Festival Internacional que hizo la joven Orquesta de Andalucía. Entre la medianía escénica, desacostumbrada, de la Fura, en una pobre representación con tintes de modernidad, que se limitaba a juegos de fuego y agua, alguna grúa móvil y poco más para lo que cabría haber esperado de un conjunto que ofrece tanta imaginación y ruptura en los escenarios, y la pobre música, machada por el ruido de los altavoces, podría decirse -y digo- que Falla sufrió una cogida en el coso granadino, precisamente en la última jornada, convertida, por ambiente y recinto, en última de fería.

Menos mal que el análisis que publiqué en este periódico -y otros del grupo- sobre El amor brujo apareció en fecha próxima al centenario del estreno y no el día del espectáculo. Porque ¿cómo iba a relacionar el público lo que decía sobre momentos bellísimos de la obra, como el espíritu atormentado que aparece en la Danza del terror y en el Círculo mágico que posee una aguda sensibilidad para albergar el temor, la superstición, la pesadilla, en un clima genial para reflejar esos estados psicológicos que Stravinski cree imposible que la música pueda recordarlos. ¿Dónde estuvo la salvaje desesperación de esos ritos primitivos que late en La danza ritual del fuego? ¿Y los contrastes, con ese mundo alucinado, cuando aparece, lánguida y misteriosa, la Canción del fuego fatuo? ¿Y cómo se resolvieron musical y escénicamente, esa canción -muy bien cantada y sentida por Marina Heredia- 'Ya está despuntando el día¡/¡Cantad, campanas, cantad!/ que vuelve la gloria mía/. No me refería en el análisis sólo a opiniones mías, sino que incluía la de un experto como Justo Romero de ese momento de Campanas al amanecer: "La vida parece querer inundarlo todo en ese despertar mágico y emocionante, tenso y sereno a un tiempo…Un instante, unos simples acordes, bastan al genio de Falla para transformar el oscuro carácter anímico que hasta ese momento ha marcado la tónica de la obra para abrir un luminoso y fascinante amanecer pletórico de los más bellos presagios". Me parece que la grandiosidad de ese final no se resuelve con unos figurantes, metidos en ridículas campanas, como caricatura de unos de los momentos más sublimes de la partitura. Y me refería, musicalmente, a interpretaciones memorables de la Suisse Romande, dirigida por Ernest Ansermet, o incluso de las muchas veces interpretadas por la Orquesta Ciudad de Granada, bajo la dirección de Pons. ¿Quién podía pensar que había alguna relación de lo que decía con la realidad escuchada? ¿Dónde estábamos, en un Festival Internacional o en una plaza -de toros, claro- de un pueblecito serrano?

No se puede destrozar más alevosamente una obra tan bella y grandiosa -incluso en su reducida versión de 1915, que Falla rectificó y amplió en una dimensión más universal y menos 'gitanera' -como hicieron todos, excepto -seamos justos- Marina Heredia, una de las voces más importantes del flamenco que, en su papel de Candelas, en los fragmentos que sí figuran en la obra y en otros que 'ad libitum' interpretó, nos sacó de la modorra y de la irritación de escuchar el tratamiento de la música de don Manuel, no ya sólo por la mediocre versión, sino porque a ningún festival serio se le ocurre ponerle amplificadores a una orquesta cuando interpreta a Mozart, Beethoven, Wagner o a Falla. Ocurrió el año pasado en otro centenario, el de las Siete canciones populares españolas. Que sea, precisamente en Granada, dónde ocurran estas cosas dicen muy mal de lo que se piensa que debe ser un Festival Internacional de Música y Danza. Y más, cuando está Falla por medio. Su sangre musical no debe correr por un vulgar albero, sobre todo cuando ni siquiera el despliegue escénico justifica un espacio especial para un derroche imaginativo que estuvo ausente en buena parte del espectáculo de la Fura, el más mediocre que les hemos visto en Granada.

Muchos aplaudirán el derroche de agua y fuego, los movimientos circenses de equilibristas y danzantes chapoteando de la Fura como muestra de su capacidad renovadora y de sorpresa. Pero yo creo que vimos un espectáculo menor que, a lo mejor, encajaba en una plaza de toros, pero que hubiese chirriado en otro lugar donde la gente no se entretuviese en beber cervezas y cubatas, mientras escuchaban desaforada música pop. El homenaje a Falla se convirtió en una fiesta de pueblo y en el Festival debería quedar el regusto de un proyecto fallido y alejado del respeto que merece el genio más grande de la música española.

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