Fernando Savater, 'Contra el separatismo'

  • El filósofo vasco publica su nuevo libro con un perfil político en el "que cuenta las ventajas de la unidad" frente a la independencia de los dirigentes catalanes

El escritor y pensador vasco Fernando Savater. El escritor y pensador vasco Fernando Savater.

El escritor y pensador vasco Fernando Savater. / Carlos Gil

Acaba de aparecer un nuevo libro de Savater, con el título, no precisamente equívoco, que encabeza esta breve nota: Contra el separatismo. No se menciona ahí a Cataluña, pero no hace falta, de puro obvio: todo el mundo sabe a lo que se refiere.

En cada país y en cada momento hay un Émile Zola, es decir, alguien que, frente a una situación objetivamente patológica desde el punto de vista de los principios de la libertad y la democracia pero asumida por la opinión pública de manera acrítica, o a veces incluso con entusiasmo, toma la iniciativa de bajar a la arena de los debates y ponerse a combatir contra viento y marea. Uno y no más (y gracias), porque para tan bravo empeño hay que estar muy dotado. Se debe tener, en primer lugar, una formación intelectual sólida, que no es asunto frecuente. Y también, segundo, mucho valor, incluso físico, que resulta particularmente raro entre la gente inteligente, que, justo por eso, propenden a ser cautos. Y, como remate, ha de ser alguien (sobre todo, en estos tiempos) con ese don de la naturaleza que conocemos como "capacidad de comunicación". Disponer de uno sólo de esos tres atributos es meritorio. De todos ellos, casi un milagro.

Con su obra, el filósofo no pretende "hacer amigos" con las antípodas intelectuales

Savater, donostiarra de pro aunque de filiación granadina por su padre, el Notario Don Fernando, se dio a conocer más allá de los círculos académicos cuando, hace casi treinta años, publicó su Ética para Amador, que en seguida se convirtió en un Best seller. Y, en los años de plomo del terrorismo etarra, cuando el "nacionalismo moderado" (vaya un palabro) andaba haciendo cábalas con los árboles y las nueces, fue el que, con un discurso intelectual profundo y nada condescendiente, movilizó a la sociedad vasca sacándola a la calle: las manifestaciones -primero pequeñas, luego multitudinarias- de "Basta ya" por el Boulevard de San Sebastián fueron decisivas para que el Estado se decidiera a dar el paso de ilegalizar Batasuna, que a su vez resultó determinante para que en noviembre de 2011 la banda tuviera que capitular.

La realidad electoral de Cataluña en estos finales de 2017 muestra que aquella sociedad (hija del aluvión migratorio de los años cincuenta y sesenta y también de las visitas en avalancha de millones de turistas, que han cambiado el paisaje no sólo costero sino también de la ciudad de Barcelona) se encuentra tajada en dos. Unos (los actuales independentistas) tienen un discurso que acaba llegando al famoso "España nos roba" -la conclusión del silogismo-, pero que no se entiende sin una premisa mayor (somos superiores: supremacismo puro y duro) y una premisa menor (el victimismo: los de Madrid -noción geográfica amplísima, que incluye a la huerta murciana, las praderas de Cabezón de la Sal, en Cantabria, y las estepas de Valladolid, dicho sea sin ánimo agotador- no sólo no reconocen esa jerarquía sino que nos tienen esclavizados, cultural y económicamente). Bajo esos planteamientos intelectuales se desarrolla un camino argumentativo que termina conduciendo al tal resultado de que España nos roba, en efecto, y que tiene, como conclusión natural, la idea de que fuera se ha de estar mucho mejor. Y luego tenemos a la otra mitad de la sociedad catalana, que no participa de esos esquemas mentales pero que durante mucho tiempo ha entendido, quizá por razones de pura supervivencia -las supuestas víctimas son, en su corral, auténticos matones-, que era mejor pasar desapercibidos. El famoso "perfil bajo".

Si el primero de los bloques ha conseguido imponer su discurso ideológico (más aún: hacerlo pasar como la cifra y suma de la democracia, la libertad y el civismo) ha sido, como es obvio, por la incomparecencia del adversario: ni la derecha ni la izquierda (y no hablo sólo de los políticos profesionales, espécimen en el que, para decirlo con dulzura, no abundan los Aristóteles) han elaborado una alternativa. Sólo en 2015, y precisamente de la mano de un socialista (y catalán), Josep Borrell, se denunciaron "las cuentas y los cuentos de la independencia": el déficit de las balanzas fiscales -16.000 millones de Euros, nada menos, según la propaganda- pura y simplemente no respondía a un cálculo fiable. Era, para decirlo con otra palabra que ha hecho fortuna pero que resulta intelectualmente inasumible, una "post-verdad". Una obra de diseño, si se quiere.

Pero faltaba un paso más: socavar el independentismo denunciando la premisa mayor del silogismo, o sea, sus bases intelectuales, poniendo de relieve lo que en ellas -por ejemplo, distinguiendo los "buenos catalanes" y los "malos"- hay de reaccionario y antimoderno: de herencia del carlismo (de hecho, el mapa de las zonas rurales de Cataluña muestra que el General Cabrera, "El tigre del maestrazgo", sigue vivo allí precisamente donde lo estuvo hace casi doscientos años), entendido como movimiento defensivo frente a la industrialización y la urbanización, que son dos hechos (en realidad, uno solo) que se encarnaron en la Barcelona de la época con una singular intensidad. Y ya se sabe (no hacía falta que viniera Isaac Newton a explicarlo) que toda acción genera una reacción de la misma magnitud y de sentido contrario: la xenofobia es hija del aluvión, como también, en otro contexto, la turismofobia no se entiende sin la avalancha. Pero, al cabo, fobias por doquier.

El libro de Savater -un texto de combate, para decirlo con una palabra de Albert Camus, pensador caro al escritor de San Sebastián- no es sino una reflexión sobre conceptos tan elementales como la igualdad -"la ley común"- y lo que es su presupuesto, la ciudadanía, como estatuto de los derechos y deberes que se derivan de ella. A los poderes públicos hay que pedirles (y ese es el mandato profundo del Art. 14 de la Constitución, el que prohíbe las discriminaciones) que sean neutrales con respecto a las creencias de cada quien: la famosa "laicidad" de la Ley de la Tercera República Francesa, en 1905, en el sentido no sólo de separación entre el Estado y las Iglesias, sino también de abstención ante lo que es y sólo puede ser el territorio de la soberanía insobornable de cada uno. Todo eso son verdades como puños -casi da vergüenza tenerlo que recordar a estas alturas-, sin que constituya argumento en contra el hecho de que la opinión contraria cuente con un apoyo popular que no sólo es numeroso -en Cataluña, unos 2 millones de personas: también Tejero tenía sus partidarios-, sino que, pese a lo sucedido desde el 1 de octubre, no presenta síntomas de estar disminuyendo.

Es posible que, después del 21 de diciembre, haya que dialogar -todavía más- con esa gente, por delirantes que se nos antojen sus planteamientos: de hecho, con el carlismo hubo que pactar en Vergara en 1839 (incluso con un abrazo) para terminar la primera guerra y luego, en 1876, conceder los famosos Conciertos fiscales como compensación a la pérdida de los fueros en los tres territorios históricos vascos y en Navarra.

Pero sin olvidar que no representan a toda Cataluña y, desde luego, teniendo en cuenta que los derechos individuales -y los lingüísticos están entre ellos- están por encima de cómputo numérico alguno en tal o cual territorio. Para esa tarea hace falta un rearme ideológico para el que el libro de Savater resulta de lectura obligada: un texto, se insiste, que no es precisamente equidistante -el propio autor comienza calificándolo de "panfleto"- ni pretende "hacer amigos" entre quienes están en las antípodas intelectuales.

Andrés Trapiello (otro de los grandes) escribió hace unos días una recensión en Babelia que concluía, como suele suceder cuando el libro es bueno, con una recomendación de lectura. La hacía con el lenguaje de la tecnología: "pásalo". Me adhiero al mensaje.

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