Ficción y real, trabajar desde el síntoma

Imagina que el escenario es el "Campo del Yo" y el patio de butacas es el "Campo del Otro". Imagínate que las reglas son las que sabes: El Yo no llega ni tan siquiera a rozar al Otro; al espectador complaciente no se le toca, como si fuera una estatuilla que en un museo. Pero toda regla tiene su excepción, el modo en el que ocupa ese 'campo' Atra Bilis. El trabajo de Angélica Liddell y Gumersindo Puche convoca en un solo espacio al ser vulnerable.

El año de Ricardo no es un trabajo sobre los poderosos, los fuertes. El año de Ricardo es un trabajo político en el que se nos dice que participamos de un sacrificio poético (en el instante de la representación) y de una pocilga democrática (en nuestra vida civil). Y, ojo, porque lo único sagrado -la lógica sacrificial- para Atra Bilis es la angustia como reveladora de la existencia. El trabajo de esta compañía da cuenta de toda una tradición tanto filosófica como artística: está atravesada de Brecht, Artaud, Heidegger, Kirkegaard, la pareja Kant-Sade, Pasolini o Tarkovski.

Cuerpo y poder. El año de Ricardo parece decirnos que es esa pocilga democrática en la que vivimos, la que nos permite tener a locos, maníacos, enfermos en el poder. Es esa misma legalidad mundial enfermiza la que hace posible el infierno posible cada vez que se repite.

Liddell trabaja desde el síntoma, en dos niveles. Lo dignifica, confiere una dignidad a la angustia, no por reflexión, sino por confrontación límite. Confronta al espectador con una violencia extremadamente poética en la que asistimos a el sacrificio de la intérprete, una entrega desmedida de la actriz, mientras su trabajo nos va revelando -como en una experiencia de angustia- la nada, el mundo.

La escenografía funciona igual que un poema que se va desencriptando conforme avanza la lectura, la representación. El cuerpo del poder, el escenario, muestra un lugar metafórico, a medio camino entre la pared de paja de una cuadra y la habitación privada de un enfermo. Aparece poblado aquí y allá de otros tantos símbolos-objetos: dos soperas de porcelana china, a todo dictador no le falta una mesa bien servida; un jabalí disecado, trasunto entre otras cosas del animal de compañía con el que se fotografía el lado humano del político; botellines de cerveza, el mar de alcohol en el que acalla el cuerpo-del-poder-enfermo sus propios monstruos. Como bien dice Liddell, a diferencia de aquellas obras en las que el escenario reproduce la realidad, en su obras el escenario re-produce un espacio moral.

El año de Ricardo es la mudez de Catesby (Sindo Puche) y la verborrea de Ricardo (Angélica Liddell) dando cuenta, como pocos, de lo real desde el lado de la ficción.

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