Fidelidad a Beethoven

"El mejor intérprete de Beethoven es su música", me dijo Wilhem Kempff, en una breve entrevista que publiqué el 25 de junio de 1959, tras el ensayo con la Nacional, en el Palacio de Carlos V del concierto que interpretaría por la noche, dirigido por Lazlo Somogy. El famoso pianista alemán no concedía entrevistas y sólo al saber que yo era un pianista recién acabada la carrera, tuvo la generosidad de acceder sonriente y nos sentamos juntos, casi a las tres de una tarde calurosísima, como todas las de junio en Granada, para charlar sobre música, intérpretes y cómo influyen los espacios en una interpretación. Por ejemplo, las tardes inolvidables, me decía, en Los Arrayanes, o en la Necrópolis de Atenas.

Me viene a la memoria esta cita, del que muchos considerábamos, entonces, el mejor intérprete de Beethoven, al escuchar las tres últimas sonatas del genio de Bonn en las manos y sensibilidad de Elisabeth Leonskaja. Porque lo que sonó en el caluroso Crucero del Hospital Real -¡la manía de desechar el Patio de los Arrayanes como lugar ideal para los recitales, como me recordaba Kempff!- no fue una mejor o peor interpretación de Beethoven, sino el propio Beethoven. Cuando un intérprete no le pone postizos, se ajusta a la realidad que transmite la partitura y al espíritu de la misma, suele triunfar, aunque quede en un segundo plano. Quizá algunos prefieran otras formas más elocuentes de transitar por los movimientos lentos, por acentos más contrastados y emociones más intimistas, amén de la natural exaltación de la precisión y brillantez que exigen partituras tan ricas como las tres últimas sonatas beethovenianas. Quizá el Beethoven más interiorista, el más desnudo, y, por eso mismo, el más complejo.

Son tres sonatas distintas y, en el tiempo, algo distantes. Del primer movimiento de la núm 30 -Vivace ma non troppo- a la Arietta y al Adagio molto semplice cantabile, de la 32, hay un mundo concatenado por el genio, pero también por un afán de libertad. Libertad para expresarse como el autor desea plenamente, y no como piensan los demás que debe actuar. Por eso estas sonatas, sin desmerecer ninguna de la serie, son un auténtico testamento técnico, pero sobre todo emocional. Están bien los análisis especializados, pero se entiende más cuando el oyente siente el impacto de la música en el corazón, cuando se abisma en los sentimientos que surgen, chocan, se contraponen, graves, dolientes o tiernos y hasta alegres, como si el autor se despojase de sus ataduras y sus límites, de sus cuitas y problemas.

Sí, estas sonatas necesitan emoción, pero también intimidad y, sobre todo, fidelidad. La que le prestó Elisabeth Leonskaja, para exponer con nitidez cada sonido, cada combinación, cada ritmo, cada acorde, cada sugerencia. Y lo hizo con la facilidad que da una técnica depurada, cristalina y una concepción seria, muy poco dirigida a la 'galería' inexistente. Beethoven, como decía Kempff, necesita músicos, no virtuosos. Y como recordaba el memorable maestro, tantas veces presente en nuestro Festival, dejar que sea su música su mejor intérprete. Elisabeth Leonskaja ha sido fiel a esta norma y así pudimos asistir a una audición donde la corrección y el rigor fueron los motivos más dignos de subrayar.

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