especial letras hoy Homenaje a Francisco Brines

Francisco Brines, la intimidad meditada

Los versos son una meditación, un monólogo reflexivo, existencial y filosófico, en que el sujeto poético comienza planteándose la posibilidad de que su vida (y por extensión, sentimos los lectores, toda vida humana) fuera sólo una entre muchas otras vidas posibles, reales o imaginadas, vidas del pasado, "ya vividas", o vidas del futuro, "las sucesivas por vivir". Parece, al principio, que perder esa supuesta vida no singular haría que la dicha, o la infelicidad, fueran más apreciadas, más amadas (habría más dicha y más infelicidad con que completar las que tenemos, o la vida sería eterna, y aún más preciada, por ello). Sin embargo, el sujeto poético se/nos dice que esa supuesta vida, vivida como eterna, como un continuo permanente, o como algo inacabable, dejaría, deja sólo (hermoso verso, que se convierte en paradoja) "una huella de seca irrealidad". Sólo es vida real, auténtica, insinúa el poeta, precisamente aquella que se vive sabiendo que es única, y única cada felicidad y desdicha que depara; esa vida que se sabe que, al perderse, no podrá nunca ser recuperada.

En la segunda estrofa el sujeto poético argumenta su punto de vista. Se sigue exaltando el valor de la existencia humana y mortal: siempre hay, se afirma, al menos un hecho, un suceso memorable, en toda vida humana, aún en aquella "mal vivida". Y ese pequeño o gran suceso resulta suficiente para dar sentido a la existencia. Lo dicen esos versos construidos con una imagen preciosa: el suceso real es salvado por la memoria junto "a los faustos hechos de las otras" vidas (el pasado y el futuro, como se sabe, están siempre llenos de dicha, de felicidad). No hay que pedir la inmortalidad, quiere decirnos el poeta: es su condición única y perecedera lo que convierte en valiosa a la vida, esa "palabra de fuego", como él mismo la nombrara alguna vez.

En el último libro de Francisco Brines, La última costa (1995), hay un breve poema, espléndido como todos los suyos, que podría servirnos para resumir una actitud estética. Bajo el título de "Apunte de viaje (en coche)", leemos:

Las ventanas reflejan el fuego del poniente

y flota una luz gris que ha venido del mar.

En mí quiere quedarse el día que se muere

como si yo, al mirarle, lo pudiera salvar.

¿Y Quién hay que me mire, y que pueda salvarme?

La luz se ha vuelto negra y se ha borrado el mar.

Estos versos de Brines son una muestra de sus procedimientos de trabajo: una mirada atenta al mundo y a la vida, la conciencia estremecida del tiempo que se aleja, la piedad ante las cosas que irremediablemente se van, la confianza en que la verdadera belleza permanece en algún sitio, o el propósito de contribuir (mediante la escritura) a esa salvación. Porque la luz gris del poniente merecería más tiempo e, igual que el día que se muere, desearía quedarse. La luz de ese atardecer es un símbolo y busca, al mostrar su belleza, convencer al viajero para que la lleve con él. La luz quiere seducir al que la mira. Pero la luz se acaba, y de gris pasa a negra: parece como si nadie pudiera salvarla. Y el poeta también percibe dentro de sí mismo un afán semejante: desea una mirada que lo salve. Tal vez esa mirada es la escritura; y de ese modo la luz queda salvada en el poema. Y el poeta, salvando la luz, también se salva (de algún modo) a sí mismo.

Así es la poesía de Francisco Brines: un juego cruzado de correspondencias y de símbolos donde la mirada poética se desdobla sin desdoblarse para, tras la fusión de razón y sentimiento, ofrecerle al lector la síntesis vital de una experiencia que no se queda ahí, en el mero acontecimiento cotidiano, sino que es capaz de elevarse sobre la anécdota y sacudirse la soledad, hasta lograr el anhelado encuentro con los otros, con el mundo.

La poesía de Brines se enmarca en ese ámbito estético que se conoce como poesía de la experiencia, siempre que entendamos el término experiencia desde una óptica plural: pensemos que la experiencia humana siempre es personal y subjetiva, distinta en cada caso, cambiante siempre: la subjetividad nos construye, sin subjetividad no seríamos lo que somos. Las experiencias de los poemas de Francisco Brines se construyen sobre experiencias íntimas, personales; sin embargo, y como bien ha señalado José Olivio Jiménez, estos poemas no serían sólo "poesía intimista", pues, al construirse con experiencias comunes a todos los mortales, también serían poesía universal.

Esa reivindicación tranquila de la intimidad es uno de los baluartes de la concepción poética de Brines. Pensemos que su primer libro, Las brasas, se publicó en la España de 1960, aquella época turbia en la que definir la propia individualidad era una tarea difícil: España era entonces un país donde lamentablemente todo estaba ya muy definido y donde la literatura caminaba por cauces inapelables, incluso cuando pretendía oponerse a las doctrinas oficiales: recordemos cómo la corriente de la poesía social marcaba los límites y las aspiraciones de poetas y lectores. Como ha dicho el propio Brines, "la Generación del 50 dejó de cantar al obrero que no leía sus poemas y dirigieron su mensaje crítico e irónico contra su propia clase social, la burguesía, lo que les permitió, además, subir el nivel de su escritura."

Y es que los escritores de la generación del 50, sin renunciar a sus compromisos cívicos, "se alzaron como señala José Olivio Jiménez a más altas metas: la búsqueda del conocimiento a través del acto poético, el aunamiento y personalización del estilo […], la consecuente y saludable amplitud temática y, con ella, la reconquista de la intimidad, execrado tema por [los poetas] sociales […] como narcisismo burgués". En este sentido (refiriéndose a Materia narrativa inexacta), José Olivio Jiménez añade que en estos poemas "se asienta la búsqueda de la verdad y la defensa de la libertad individual, de los derechos inalienables de la persona".

También José Luis Gómez Toré se ha detenido en este punto cuando ha señalado que en la concepción poética de Francisco Brines hay una temprana "desconfianza radical ante la utopía", desconfianza que lo distancia de la poesía social. En Brines, dice Gómez Toré, "la consideración del individuo como origen y raíz de la ética, tan cercana al existencialismo, favorece la elaboración de una poesía de resonancias íntimas y con una raíz experiencial como base de toda construcción poemática". Así que Francisco Brines entra de lleno en ese ámbito estético de la poesía de la experiencia, pero (siguiendo a José Olivio Jiménez) no como un poeta "regodeado en aburrirnos con relatos triviales de las peripecias que se acumulan en la nada cotidiana". En este sentido, el propósito de Brines no es otro que el de penetrar en el sentido de las experiencias vividas, no sólo transcribirlas o anotarlas, sino profundizar en ellas procurando desvelar lo que tengan en común con la vida del mundo.

La intimidad meditada, la conciencia aguda de la existencia, o la mirada atenta sobre las cosas, no serían nunca argumentos suficientes si no vinieran acompañados de los mecanismos expresivos adecuados: la mesura sentimental que se manifiesta ya desde su primer libro; una cierta austeridad retórica que genera una brillantez sin excesos, sin fuegos de artificio; una disposición muy equilibrada de los materiales poéticos; la intuición de sus elementos simbólicos; la nitidez de sus atmósferas y climas; la naturalidad en el fraseo, muy próximo al coloquialismo; una deslumbrante precisión léxica y ningún forcejeo con el lenguaje. Así es la poesía de Brines, una poesía en la que no se falsifican los sentimientos, donde no se medita para corroborar principios doctrinales, donde no hay ideas previas. A esta actitud estética, José Olivio Jiménez la ha llamado clasicismo, es decir, poesía nacida "de un legítimo propósito de permanencia y de un claro sentido de las posibilidades y limitaciones de su tiempo".

Señalemos, por último, la presencia luminosa de la naturaleza mediterránea en los poemas de Francisco Brines: el mar, la luz, los nardos, las palomas, los jardines, los matorrales, el jazmín, el azahar, los árboles frutales, los senderos de un monte, las tapias, los pinos, los limoneros… "Mi poesía -ha dicho Brines- es mediterránea, porque yo soy muy dependiente de la naturaleza. Mi entorno es el de la luz, el cielo, el mar, el aire y los árboles cultivados. Amo todo eso".

EN una ocasión le oí decir a Brines: "la poesía es intensidad". Y esa tensión que concentra en sus poemas es una de las principales claves de su escritura. Cada poema suyo podría ser llamado "un hueco de intensidad", título de uno de los recogidos en su libro El otoño de las rosas. Un hueco de intensidad, como es la realidad, la materia fugitiva de nuestra vida, que se nos va deshaciendo ante nuestros ojos, como la luz que declina en las tardes (la preferida del poeta) hasta llevarnos a la oscuridad.

El poema "Despedida al pie de un rosal" es de una lucidez y de una belleza casi insoportables. Porque nos muestra una derrota amarga y total, la vida y su acabamiento, ese volcar la nada hecha cenizas al pie de un rosal frágil que tiembla en el otoño. Es Francisco Brines un poeta del tiempo y de la pérdida. Podríamos decir que su poesía es "la palabra del tiempo", distinguiéndola así -sin enfrentarla- de "la palabra en el tiempo" machadiana. En sus poemas se recoge el tiempo de la vida deshaciéndose, la conciencia de ese desgaste y el dolor que nos daña. Aunque Brines no renuncia en su poesía a celebrar la vida, todos los dones que la vida nos da. Y en esta celebración de la belleza que el mundo nos ofrece, encontramos un poso cernudiano que le suele acompañar. Aunque el gozo esté nublado por la muerte que llevamos dentro. Y por eso el tono elegiaco nunca abandona a Brines, y siempre entre las rosas asoman sus espinas.

Así en esta despedida: una vez que nos sabemos nada, nada nos queda. Apenas esperar, mientras se acaba el tiempo, que nos permite aún retener un resto del esplendor vivido antes de entrar en la definitiva oscuridad. Esperar ("sin alguna esperanza") contemplando el propio fuego que nos consume, tan extraño como si fuera ajeno. Y recordar al niño que fuimos. Algo recurrente en la poesía de Brines, puesto que la infancia es el único momento que no está herido por el tiempo, por la muerte. Al menos en la conciencia infantil, porque es impresionante cómo el poema nos dice que aún el pájaro de la infancia cantaba ya sin vida "entonces". Con un fino -y tierno- guiño último, Brines llega a unir las brasas de su primer libro con este rosal final. Para terminar con un verso que es mitad celebración y mitad pérdida, y que encierra toda la intensidad de su poesía: "Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva".

Hasta el siglo XVIII las poéticas nacían casi siempre de propósitos académicos o academicistas, ni siquiera las escribían los poetas. Más tarde (y hasta hace muy poco) las poéticas (por ejemplo, vanguardistas) adquirieron la forma de declaración colectiva de principios con los que se postulaba la extrema necesidad de iniciar otros rumbos estéticos (o, incluso, morales) y, al mismo tiempo, se derogaban sin remedio todas las literaturas anteriores. De un modo u otro (en prosa o en verso, individuales o colectivas), las poéticas han sido, casi siempre, fórmulas de afirmación.

Francisco Brines, como otros poetas de su generación, también ha escrito algunos poemas donde han quedado reflejadas sus ideas poéticas o su experiencia de la poesía. El poema que hoy traemos aquí es una breve y valiosa reflexión sobre la naturaleza del hecho poético. Partiendo de una anécdota tan sencilla como la (posible) rotura de un vaso, Brines construye su poema estableciendo una correspondencia entre el vaso y el alma para, una vez constatada la posibilidad de que el alma también se quiebre, hablar de la necesidad de que el contenido potencial del alma (las palabras, es decir, la memoria) discurra como discurre el agua: primero, bebiéndola; y, después, cantando.

La relación entre el agua que se mueve y las palabras del alma (quebrada o no) nos remite a Antonio Machado. Al fin y al cabo, el canto (la poesía) existe porque algo se pierde o está a punto de perderse: la trasparencia metafórica del vaso, la transparencia del agua, las palabras lavadas antes de ser cantadas..., son elementos que desvelan una idea machadiana (temporal) de la poesía o del poema. No hacían falta más versos ni más frases. Sobre todo porque Brines no pretende afirmarse, excluir o derogar. Sólo quiere (y nos propone) beber (y cantar) antes de que se rompa el vaso.

(Inédito)

Etiquetas

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios