Frida Kahlo por bulerías

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Antonio Canales ya se vistió de Bernarda Alba y Manuel Liñán bailó con falda de cola, y entre las mujeres, desde Carmen Amaya, es habitual 'vestirse de hombre' para bailar determinadas piezas, sobre todo la farruca, pero un riguroso transformismo como el de Amador Rojas interpretando a Frida Kahlo está fuera de todo precedente.

Kahlo Caló es una gran obra en un ciclo equivocado. Como idea es sugerente, arriesgada, vanguardista... pero como apuesta flamenca se pierde un poco en su propio cosmos. Queda claro que tanto Amador como Pepa Caballero, de quien parte la idea original y el guión, son flamencos y como tales conciben la función. Ésta, sin embargo, queda limitada a algunos cantes y a unos bailes bastante conseguidos (alguno recuerda a Israel Galván). Si se nos presenta como teatro aflamencado o musical, no tendría objeciones. Por lo demás, un trabajo ingente, una visión acertada e inquietante de la vida de una mujer con una gran personalidad, en donde se juntan el dolor físico con el dolor espiritual. Rojas se mete en la piel de Kahlo a los cien años de su muerte, cojea como ella y sufre como ella. Baila, en definitiva, con ese arrebato y esa pasión con que ella debía pintar. Se convierte en una y mil 'fridas' que ella, con su drama, su arte y su compromiso, se desdobla.

El drama está servido. Los personajes a veces sobreactúan. La ambientación está conseguida, quizá a falta de luz y color en determinados momentos. La música es el verdadero hilo conductor del drama. Unos sones que nos trasladan de México a Nueva York y de allí a París, para regresar de nuevo a su patria, sin necesidad de ver nada más. Destacamos las miradas flamencas, tan sólo un apunte, como decimos. Así las alegrías, los fandangos, las bulerías, las seguiriyas o la farruca se convierten en balones de oxígeno para el público que acude al sur para ver venir el flamenco.

Entre estas pinceladas, rumbas, baladas aflamencadas, I'll never be the same y otros acercamientos al jazz, rancheras y canción mexicana como La Sandunga o, para terminar, La Llorona, que es todo un himno "porque me muero de frío". Un aplauso a la versátil Lalah Domínguez que interpreta todos estos temas.

Frida es una paloma, como decía Alejandro Peña haciendo de Diego Ribera. Mas una paloma atormentada. El tormento se masca en el escenario, pero para apreciar el ave encontramos demasiados escollos. Al protagonista, siendo exquisito en momentos, como cuando baila con la bata de cola negra, en general le falta feminidad deseada.

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