Garabatos en rojo entre el río y el cielo

  • Las ráfagas de viento que mueven los chopos de la vega accitana suenan desde el interior de una bodega-cueva y se sienten gélidas al salir al exterior en Pago de Almaraes

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En Benalúa, justo en el primer día de nieve en Sierra Nevada tras el largo y cálido verano, ya se nota la nueva estación en estas tierras de la hoya de Guadix. Pertrechados con gorros, bufandas, abrigos y alguna botella de vino bajo el brazo, se puede hacer frente a esta brusca bajada del termómetro para descubrir el Valle de Alhama-Fardes y los municipios que se hallan en la cara norte de Sierra Nevada, en plena ribera alta del río Alhama, que por lo que nos cuentan los expertos en turismo del patronato provincial, promete y mucho.

Marchal y sus cárcavas

La marcha se inicia con cautela a través de los cerros hacia el pueblo de Marchal, primera parada de esta tarde otoño-invernal. La luz de este momento, que ya ha adelantado su sueño una hora, no podría ser mejor para contemplar la gran mole de cárcavas con la que nos recibe Marchal. Declarada monumento natural, estas formas geológicas dejan petrificados, como queriendo no romper esa rara y a la vez bella estética de la roca silueteada de mil formas y colores que nos regala la acción de la erosión, mostrando así la cara buena de estas injustamente llamadas badlands.

A un lado, y a otro, como en un partido de tenis, es posible recorrer con la mirada la longitud de este bello monumento. En uno de esos movimientos, se cruza algo de color rosa. Se trata de la Casa Rosa o Palacio de los Gallardo, que permanece allí como recortada, a un extremo del cerro, señorial, imponente y... de color rosa. De propiedad privada, este caserón imita a lo castillos renacentistas del Loira, de tejados dobles con mucha pendiente y de colores llamativos.

Paralelos al paraje de cárcavas, que parecen cortadas a tiralíneas en su cima para formar una altiplanicie casi perfecta sobre el horizonte de Sierra Nevada -lo llaman el 'Fin del Mundo'-, es posible enfilar dirección a Purullena para adentrarse de nuevo en la autovía. A un lado y otro, se extienden infinidad de hileras de chopos de color amarillo otoñal hasta que penetramos en la vía de servicio Río Fardes. Los tonos amarillos de la vegetación contrastan con el color rojizo que domina el nuevo lugar del recorrido: el hábitat troglodita Almagruz.

Almagruz, donde casan los ríos Fardes y Alhama

Se trata, sin duda, un complejo de cuevas diferente. Para empezar, no están encaladas como la mayoría de alojamientos en cueva de nordeste granadino, sino que se integran cromáticamente en este bello entorno característico por su tono terroso hasta casi camuflarse entre los vertiginosos acantilados que rodean el complejo. Pero Almagruz es algo más que sus apartamentos cueva, cuyos nombres hacen honor a las profesiones de sus antiguos moradores: Los carreteros, El guarda, Los arrieros...

Si ya sorprende la delicadeza con la que están decoradas estas cuevas y el sosiego que se respira nada más entrar por cada una de sus puertas -hierro forjado, teja árabe para iluminar, tela de saco para vestir la casa, suelo de barro para dar calidez a la estancia...-, a muy pocos metros más allá del área de alojamiento turístico se descubre un impresionante conjunto de cuevas colgadas de un acantilado, con sus orificios a modo de ventana, que nos dejan boquiabiertos. Se sitúan, para mayor deleite, frente a un hermoso valle que sirve de unión al río Fardes con el de Alhama. Este acantilado horadado por cuevas está próximo también a la zona arqueológica protegida de la Cuesta del Negro, un yacimiento arqueológico del Argar-Bronce Final.

Dulce María Jiménez y Manuel José García abren los portones de estas cuevas prehistóricas, dispuestas en varios niveles que llegan a formar hasta cinco alturas. En su interior es posible distinguir agarraderos de anclaj e para atar a los animales, hornacinas para instalar puntos de luz y muescas diversas de las que aún no se conoce su utilidad. Estos pequeños habitáculos pudieron servir de necrópolis, refugios cristianos, graneros en época andalusí, palomares... "Estamos investigando su origen y tratando de documentarlo, porque no tenemos más que una escritura de esta casa, que data de 1609", cuenta Jiménez.

Para tratar de interpretar lo que fue la vida de los antiguos moradores de Almagruz, ambos han abierto un Centro de Interpretación excavado en la misma arcilla del acantilado, que recrea los oficios, juegos, vestuario y hábitat medieval para que el visitante pueda conocer los modos de vida de los moradores trogloditas. Así, el Centro de Interpretación consta de tres salas: una biblioteca y centro de reuniones donde podemos consultar libros y documentales audiovisuales, una bóveda circular en la que que se presentan las diferentes culturas que habitaron las cuevas y una sala de técnicas artísticas: barro, esparto, lana...

El Cortijo Viejo

La recepción de Almagruz está en el conocido como Cortijo Viejo, en lo que era antiguo corral y anexo a la Casa de Labranza. En este lugar vivían antiguamente los dueños, por temporadas, junto con el labrador y su familia. Los utensilios con los que los propietarios actuales han decorado las estancias nos retrotraen a una forma de vida que aprovechó al máximo los recursos del entorno sin menoscabar la riqueza natural de este idílico paisaje, marcado lo justo por la huella de las gentes que lo habitaron para hacerlo, si cabe, más bello aún.

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