Garvayo, artífice de lo imposible

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Intérprete: Juan Carlos Garvayo (piano). Autores: Marisa Manchado, David del Puerto, Fernando Buide, Zulema de la Cruz, Gabriel Erkoreka, José García Román, Mauricio Sotelo, Miguel Gálvez Taroncher, José Luis Turina, Pilar Jurado, Héctor Parra, Jesús Torres. Lugar: Patio de los Arrayanes. Fecha: lunes, 5 de julio de 2010. Aforo: Casi lleno.

La Asociación Española de Festivales de Música Clásica, en homenaje al centenario de la muerte de Isaac Albéniz, encargó a doce compositores españoles una serie de piezas con referencia a los lugares de origen de ellos, bajo el título común de Una Iberia para Albéniz. Estrenada en noviembre del año pasado en Cádiz, llega al Festival granadino de las manos de uno de los más sólidos jóvenes valores del piano español: el motrileño Juan Carlos Garvayo. A las cualidades pianísticas, a la robustez de su técnica, a su sensibilidad para abarcar los más diversos estilos se debe el 'milagro' del concierto del lunes. Porque sin un pianista de su talento muchas de las partituras que integran este ramillete de homenaje hubiesen naufragado, salvo las pocas excepciones que se salvan por su propio interés. Engavillar durante dos horas estéticas contemporáneas, buena parte de ellas sólo valoradas como puro ejercicio compositivo experimental, sobre sonoridades pianísticas -incluyendo, en algunos casos, la utilización manual de las propias cuerdas del piano, en una especie de afinación previa del instrumento-, no parece suficiente para interesar a un público no especializado.

Incluso al crítico le cuesta trabajo resumir sus notas. Respetando el esfuerzo creador de cada uno de los autores, valorando positivamente el hecho de reunir y difundir sus estéticas, lo cierto es que es difícil de soportar tantos sonidos repetitivos, monótonos y escasamente trascendentes, salvo algunas excepciones. Por ejemplo, me quedaría con Mundaka, de Gabriel Erkoreka, sobre la villa pesquera de ese nombre, por sus acordes solemnes, su clima sonoro, sus inteligentes superposiciones. También tiene interés el Jerez desde el aire o al aire de Jerez, de Mauricio Sotelo, pieza virtuosista, con referencias al flamenco y cierta complacencia colorista. También incide en esa particularidad diríamos folclorista José Luis Turina, en su Homenaje a Isaac Albéniz (II, León), que intenta una estructura formal a cualquier pieza de Iberia, dice el autor.

Pero, en realidad, la que a mi juicio es la pieza más acabada, más seria, la que más se acerca a un verdadero homenaje al Albéniz que amó, sobre todo, a Granada, es Ecos de la Abadía sacromontana. Esta obra formará el primer cuaderno -junto a Ecos del Albaicín y Ecos de la Alpujarra- de los cuatro que tiene pensado el autor granadino bajo el título Ecos de Iberia. Esa puede ser la nueva Iberia contemporánea. En Ecos de la Abadía, el oyente puede captar los latidos del bagaje interior del recinto, incluyendo sones de órgano, huellas históricas, impresiones que los que conozcan el lugar pueden reconocer, aunque no se trata de música descriptiva, como no lo es La Puerta del vino o La catedral sumergida, de Dubussy, sino en la línea marcada por Ante las ruinas de Oradour-sur-Glane, del autor. O, como haría Albéniz, asomarse a las ventanas de la Abadía y escuchar la música del paisaje, la quietud de Valparaíso, el discurrir del río, los ruidos que llegan de la ciudad, los montes y el aire. Como tantas veces he dicho, García Román construye música de hoy no como puro ejercicio compositivo y experimental, sino con la idea de llegar al corazón y a la sensibilidad. Es, precisamente, lo que le distingue de muchos contemporáneos, perdidos en experimentos, en estos casos pianísticos, por el puro placer de ejercitarse y buscar sonoridades, resonancias, efectos, sin más pretensión que el de su propia satisfacción. Efectos, logrados a veces, pero lejanos a aquellos auténticos hallazgos, para su tiempo, del Albaicín albeniano, por ejemplo.

Recital el de Garvayo, como digo, difícil, comprometido, pero que salvó con dignidad y maestría. Pocos pianistas se atreven con este material tan diverso, con estéticas, no siempre contrapuestas, pero sí discordantes, para un ejercicio que salvó, entre algunos baches somnolientos, de la mediocridad. Mediocridad, salvo las notas apuntadas, y seguramente algunas otras que se escaparon entre el estanque sonoro. No en el de los Arrayanes, en el que tantas veces, ha flotado la Iberia de Isaac Albéniz, a quién tan poca atención se le ha prestado aquí en su centenario. Precisamente aquí, 'en su Granada', cómo diría el poeta para otro caso distinto y distante.

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