Granada y su ombligo

Granada en cuerpo y alma es el nombre de la obra que ocupará todos los días del Festival de Otoño de Granada. Es un homenaje al maestro Mario Maya. Si Mario hubiera visto el estreno (que puede que lo haya visto, esté donde esté) se sonreiría halagado por las muestras de cariño, por haber rescatado retazos de su gran montaje Ay Jondo y por haber reproducido su mítico baile por seguiriyas. Pero, con unos golpecitos en la espalda, seguramente diría: os lo agradezco, buen intento, pero por ahí no van los tiros.

Juan Andrés Maya, un buen bailaor bidimensional, depura su estilo y busca silencios, reposa el alma, hace guiños a lo contemporáneo, zapatea como quien busca, como quien pone puntos suspensivos. Juan Andrés tiene grandes iniciativas que no sabe desarrollar. Una falsa idea cosmogónica le hace volcar todo su potencial en la obra que tiene entre manos. Si hay alguien legitimado en Granada para firmar una obra sobre Granada es Juan Andrés Maya, y con él la Cueva de la Rocío, y con ella todo el Sacromonte, y con éstos todos sus hijos.

Pero es una historia sesgada, una mirada estática, anteojeras del flamenco. Somos de Granada y tememos alzar la mano. Si Sevilla le canta continuamente a Sevilla y Cádiz a Cádiz y Málaga a Málaga. ¿Por qué no revindicamos nosotros nuestra tierra? Puede que por temor a caer en el provincianismo pacato, puede que al mirarnos el ombligo olvidemos que hay más cuerpos a nuestro alrededor.

Lo primero que tenemos que objetar de la obra es su extensión. Casi tres horas de una historia que en la primera parte ya se ha quedado sin argumento. Los bailes son también extensos. Los aciertos son puntuales y extremadamente agradecidos. Destacamos en primer lugar la intervención de Marina Heredia, como artista invitada, que hace un impagable recorrido por tonás (martinete, pregón, carcelera) y aflamenca el poema lorquiano Córdoba, lejana y sola, que baila el mismo Maya. También meritoria es la actuación de Iván Vargas, sobre todo remedando a Manolete y su famosa farruca; Patricia Guerrero notable, como siempre, aunque a veces le sobran brazos; Luis Mariano con su guitarra, que se ha convertido en el sonido de Granada; la bandurria de Manuel Vera; Pinilla y "donde habitan las manolas".

Un aplauso se merece la reproducción de la zambra (alboreá, cachucha, la mosca), si no fuera por lo repetido de su propuesta. Aplaudimos a sus cuatro bailaoras, Salvaora Maya, La Porrona, Encarni Heredia, Angustias La Mona, por su autenticidad y por demostrar que Granada, aunque no tenga costa, tiene sal.

Total, un cúmulo de individualidades que se pierden entre tanta información deslavazada, que seguirá en escena durante cinco días, cambiando el artista invitado; que seguirá convenciendo a los incondicionales; que puede que dé nuevas sorpresas; que, me temo, se devorará así misma. Pues el ombligo de Granada no es exportable.

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