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Mi Granada

  • La hispanista Carolyn Richmond, viuda del escritor granadino Francisco Ayala y presidenta de honor de su Fundación, será nombrada hoy Hija Adoptiva de la ciudad.

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Jamás hasta ahora, hasta esta inesperada y desde luego bienvenida adopción ceremonial, me he sentido vinculada de manera especial a ningún lugar determinado: ni al estado donde nací, ni a la población donde me crié, ni -con la excepción, quizás, de la Villa de Madrid- a los demás lugares donde terminé viviendo.

A mediados de los años 70, cuando mi flirteo con Nueva York se había convertido ya en una relación a largo plazo -es decir, cuando había alcanzado el rango de profesora titular en la City University of New York-, cedí de nuevo al canto de sirena de aquella España que en otros tiempos tanto había influido en mi destino. En julio de 1976 regresé a Madrid, ciudad donde, entre 1964 y 1965, había estudiado con una beca Fulbright. A diferencia de esta primera estancia, que desempeñó un papel importante en mi desarrollo profesional, la del verano de 1976 me resultaría determinante desde un punto de vista personal, pues al poco tiempo de mi llegada inicié con mi antiguo colega del Brooklyn College, don Francisco Ayala, una relación íntima que duraría hasta su muerte en el año 2009. Gracias a aquella conjunción de las estrellas llegaría también a conocer, poco después, la Graná de su infancia y de su juventud.

Esta visita a Granada, que tuvo lugar en 1977 y a la que en seguida volveré, no sería sin embargo, ni la primera que hiciese a esta ciudad, ni tampoco la que más transcendencia tuviese en mi propia trayectoria vital. Mi primera visita había tenido lugar muchos años antes, bajo unas condiciones bien distintas. Aunque no suelo hablar mucho de esta coyuntura de mi vida, me gustaría compartirla ahora con mis nuevos conciudadanos.

Según en su día le conté a mi futuro marido, muchísimo antes de que me conquistara él, me conquistó Granada. Dicho de otro modo, Granada fue como la brújula que muchos años más tarde me apuntaría al escritor Francisco Ayala. Mi propia relación con esta ciudad se remonta en realidad al mes de marzo de 1959, cuando, como integrante de un viaje colectivo de estudiantes universitarios franceses, pasé en ella varios días maravillosos, dejándome llevar -sobre todo en las noches- por el intenso ambiente procesional de Semana Santa: pasos, cirios, velas, flores, nazarenos de capirote, damas de mantilla, música, silencio, saetas...

Si bien menos pintoresca resultaba de día aquella Granada del año 1959, no por ello carecía de interés. Me refiero aquí no tanto a los monumentos, iglesias y museos, de visita imprescindible, claro está, como a lo que afuera se veía y vivía. Habiendo iniciado nuestro viaje en un París cosmopolita, y permanecido algunos días en un Madrid a caballo entre lo antiguo y lo moderno, mis compañeros y yo nos encontramos, de pronto, en una pequeña ciudad andaluza que parecía congelada en el tiempo: casi la misma Granada que la trazada en el plano, del año 1911, que se encuentra reproducido en el actual folleto de la Fundación Francisco Ayala... Por las calles, los paseos, la Gran Vía, circulaban tranvías, algún que otro coche, un autocar ocasional, burros de carga, gente de oficios ya desaparecidos y bandas de niños vivarachos, descalzos y hambrientos, que nos seguían por doquier a la espera de una lluvia, no ya de oro sino de unas cuantas perras chicas.

Como un miembro del grupo era de habla española optamos algunos de nosotros por prescindir de nuestro guía oficial para explorar sin restricciones los callejones y rincones del centro, los vericuetos del Albaicín, y las delicias del Generalife y de la Alhambra, parajes estos últimos donde, por inconcebible que ahora pudiera parecer, no había casi nadie... Fue ahí arriba, entre tantísima belleza -sola, en uno de aquellos tranquilos patios nazaríes, bajo un brillante cielo azul y con el acompañamiento musical del rumor del agua de las acequias-, donde tomé la decisión de emprender, a mi vuelta a la universidad, el estudio del idioma español. Aquel compromiso mío, cuyas secuelas, de índole personal, están captadas por Ayala en su hermoso poema en prosa Lloraste en el Generalife, fue la primera de una serie de determinaciones que se culminarían en el gran honor que hoy me hace esta su ciudad natal, que de aquí en adelante será, también, la mía adoptiva.

Según consta al comienzo del primer tomo de sus Recuerdos y olvidos (1906-2006), tras más de dos décadas de exilio Francisco Ayala regresó por vez primera a Granada en 1960 -o sea, poco después de aquella primera visita mía-. Más de tres lustros tendrían que pasar antes de que, a principios de 1977, volviese yo con Ayala, esta vez a su Granada, donde, invitado por la Fundación Rodríguez Acosta, impartió una conferencia memorable en el auditorio del Banco de Granada. La presentación, también memorable, corrió a cargo de don Emilio Orozco, quien también nos acompañó -¡menudo privilegio!- en una serie de visitas de índole cultural. Fruto de aquella intervención del ilustre catedrático granadino es su libro Una introducción a 'El jardín de las delicias' de Ayala, editado en 2010 por la Fundación Francisco Ayala y la Universidad de Granada.

De ahí en adelante volveríamos a menudo a Granada. No es cuestión de enumerar aquí las muchas distinciones que a mi marido le han hecho. En cambio quisiera hacer mención, siquiera brevemente, a la fundación que lleva su nombre, la cual, por expreso deseo suyo -y mío-, tiene su sede en Granada. Es un auténtico tesoro cuyos guardianes -Rafael Juárez, Teresa Lasala y Manuel Gómez Ros- están realizando, con poquísimos recursos y muchísima dedicación, una labor excepcional. En medio del edificio de Alcázar Genil hay una bella qubba que es lo que en la actualidad se conserva de una propiedad que antes perteneciera a la madre del rey Boabdil. El palacete y sus jardines están abiertos al público. Como viuda de Francisco Ayala, y desde ahora hija adoptiva de la ciudad donde nació y pasó él los tres primeros lustros de su vida, espero que quienes nos dedicamos a la preservación y diseminación de su patrimonio literario podamos seguir contando con el apoyo, no sólo de los miembros de nuestro distinguido patronato, entre los que se encuentra el Ayuntamiento de esta ciudad, sino también, y en especial, de todos nuestros vecinos granadinos.

Señor alcalde, autoridades, amigos de esta Granada a partir de ahora también mía: recibid, con estas palabras, mi más profundo agradecimiento por el honor que hoy me habéis hecho.

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