Granadinos en el homenaje a Cervantes y Shakespeare

orquesta sinfónica y coro de rtve

Programa: 'Don Quijote, op. 35', de Richard Strauss; 'Henry V. A Shakespeare Scenario', de William Walton. Solista: Guillermo Pastrana, violonchelo. Narrador: Tristán Ulloa. Dirección de escena y escenografía: Paco Azorín. Iluminación y proyecciones: Pedro Chamizo. Director del coro: Javier Corcuera. Dirección musical: Miguel Ángel Gómez Martínez. Lugar y fecha: Palacio de Carlos V, 19 junio 2016. Aforo: Lleno.

La vuelta, tras 20 años de ausencia, de Miguel Ángel Gómez Martínez, y la presentación en el certamen de uno de los violonchelistas destacados en el panorama nacional, pese a su juventud, como es Guillermo Pastrana, justifica que subrayemos, con sano orgullo, la presencia granadina en el pequeño homenaje que el Festival ha rendido a Cervantes y Shakespeare, en el IV centenario de su muerte. Es verdad que no vamos a descubrir a estas alturas las cualidades del director, tantas veces rubricadas por el crítico en sus múltiples actuaciones, con los más comprometidos programas, desde su debut en 1975, con la Orquesta Nacional y Eduardo del Pueyo al piano, a Bruckner, Mahler, Honegger, en una gran versión que recuerdo de El Rey David, o un elocuente Fidelio, amén del ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven que ofreció en 1986, y su última actuación en 1996, con la Nacional. Pero sí tendremos que hacerlo con el debut en estos ciclos de Pastrana.

La primera parte del concierto unió a ambos, en esa magistral obra que es Don Quijote, de Richard Strauss. Sus variaciones sobre un tema caballeresco son una prueba para directores, orquestas y quienes ostenten el papel solista -que no siempre ha sido un violonchelo, sino instrumentos diversos, incluyendo el viento-, enfrascado en un retablo genial de imágenes sonoras que relatan diversos episodios de la obra cervantina, en la que tras una introducción en la que el caballero pierde la razón leyendo libros de caballería, aparecen dibujados musicalmente Don Quijote y Sancho, para enfrascarse, después, en múltiples aventuras y desventuras -molinos de viento, batallas, procesión de peregrinos, vigilia del caballero, encuentro con Dulcinea, cabalgada por el aire, el barco encantado, duelo con el caballero de la blanca luna-, para desembocar las diez variaciones, tras la introducciones del tema y los personajes, en el Final Seh ruhig, con la vuelta a la razón que es el morir.

Una obra de este calibre no necesita, desde luego, aditamentos extramusicales ni pobres proyecciones. Basta con seguir su programa, aunque no sea una música programática, sino un modelo perfectamente reconocible -Introduzione, Tema con variacioni e Finale-, a pesar de lo cual el público, en su estreno en 1898, tras haber escrito el poema sinfónico Así hablaba Zaratustra, no comprendió del todo el poema "más colorista y refinado de Strauss -como dice su biógrafo Walter Panofsky-. Unas veces son los trombones los que imitan el 'i-a' del asno en que cabalga Sancho Panza, otras veces es una máquina de viento la que subraya el fantástico paseo por el aire. Brillos y resplandores, mormullos y oscilaciones por un lado, mugidos y tartamudeos, relinchos y graznidos por otro". Pero todos esos elementos son puramente anecdóticos, de una paleta orquestal tan rica y genial, porque lo que prevalece, como en tantos otros poemas de Strauss, es su exaltación del héroe, su locura y su claudicación ante la razón ante la que tiene que rendirse por la muerte. Por eso quizá no se interprete con tanta frecuencia, como otros tan conocidos del compositor, por la variedad de esa paleta orquestal e instrumental, incluido el solista, que exige un derroche técnico. Nada más mencionar los temas de las variaciones dan idea, conociendo la maestría del autor, de la atención que orquesta, director y solista han de poner para extraer una versión limpia y brillante. Y la Orquesta de la RTVE estuvo a la altura, con un atento director que fue capaz de ofrecer con absoluta limpieza ese retablo encantado, subrayando instantes, ritmos, hilvanando -a veces con cierta frialdad- motivos y choques tímbricos.

Guillermo Pastrana hizo un alarde de dominio seguro, bellísimo en ciertos pasajes, dinámico, con un sentido de la expresión que igual iba de los pizzicatos, a la hondura melódica. Su caballero de la triste figura surgió alado o terrible, fiero o amoroso, cuando se enfrenta a una falsa Dulcinea. Y sueña la cuerda con la vibración tenue de una vida que entra en la razón de la muerte. Fue un 'descubrimiento', en el Palacio de Carlos V, escenario que todos los granadinos dedicados a la música sueña. Lo dejó claro en sus palabras, poco audibles, pero que subrayó con lo que de verdad suena y llega hondo que es con su violonchelo. Unirlo a los grandes nombres del Festival es una satisfacción para los que aman la música.

Otro escenario se dibujó en la segunda parte. El homenajeado era Shakespeare, el autor que más motivos ha dado a la música de todos los tiempos, incluyendo a los operistas, para basar en sus personajes y circunstancias, todo un universo de sonidos. El Festival, por sus limitaciones, abordó una música eminentemente cinematográfica de William Walton, adaptada por Christopher Palmer, su Henry V. A. Shakespeare Scenario. Los grandes músicos del siglo XX han unido su talento a las imágenes cinematográficas, recuérdese lo que escribió Prokófiev para el Alejandro Nevski e Iván el Terrible, de Eisenstein. En la versión 'escénica', con proyecciones -tampoco muy limpias y escasamente vinculantes, salvo cuando se tiñen de rojo las paredes y las luces de la orquesta-, con un narrador de la fuerza de Tristán Ulloa, y una coreógrafa y bailarina de la calidad de Sol Picó, se apoyó la idea y el texto shakesperiano, un recuerdo historicista, aunque prevalezca su alegato sobre el poder, la guerra y la sangre. En esa llamada a la imaginación que realiza Paco Azorín, sigue prevaleciendo la música, que Gómez Martínez impuso con solvencia, arropando los textos bien expresados, subrayando las concesiones que hace el autor a una música circunstancial, épica, historicista, con recursos puramente cinematográficos que desemboca en un final brillante, lleno de fuerza, como corresponde a la epopeya narrada y que Gómez Martínez supo arrancar con vigor a la Sinfónica y a las breves intervenciones, al principio y final, del Coro de la RTVE.

Pequeño homenaje a dos genios de la literatura universal, con dos músicas de distinta envergadura: la que emana de una inigualable orquestación para definir al personaje y sus circunstancias, y la lineal, enfrascada sólo en la idea convencional de reconocible exaltación local.

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