Guy van Waas pone el broche de oro a la temporada de la OCG

El ciclo sinfónico de la Orquesta Ciudad de Granada tocó a su fin este fin de semana. Atrás quedan los doce conciertos que han formado el núcleo central de una programación cargada de buenos momentos musicales y grandes batutas. Para cerrar este ciclo se contó con un director que ya ha visitado nuestra orquesta en varias temporadas: el belga Guy van Waas.

La primera parte se abrió con la obertura de La bella Melusina, que Mendelssohn escribiera en sus años de juventud. Se trata de una pieza orquestal con ciertos tintes descriptivos, pero sin intención argumental alguna. Su inicio, a cargo de los clarinetes, es de una sutileza maravillosa, representando la antesala de una partitura llena de dinamismo y frescura. El trabajo contrapuntístico es de muy buena factura, algo que fue aprovechado por Guy van Waas para construir una interpretación de la obra cargando las tintas en el trabajo tímbrico. Cabe resaltar las ejemplares intervenciones de los clarinetes, a los que el autor dio un papel destacado al hacerse eco del ondulante motivo de la bella Melusina.

El núcleo del programa lo encontramos en el Concierto núm. 1 para violonchelo y orquesta de Haydn. Creída por desaparecida durante muchos años, esta obra fue despertada de su letargo a mediados del siglo XX. Hoy es tan popular como su compañera de catálogo, el célebre Concierto núm. 2 para violonchelo y orquesta en Re mayor. Para su interpretación se contó con el violonchelista Johannes Moser. De técnica depurada y gran musicalidad, la versión de Moser fue más que correcta, aunque adoleció de cierta brillantez. Aún así, la aparente facilidad con la que salvó las dificultades técnicas de la partitura evidencia su magnífica escuela. La OCG, oportuna y equilibrada, ofreció una réplica bien pensada de la mano segura de van Waas.

La segunda parte la ocupó la Sinfonía núm. 8 de Mendelssohn, una obra de juventud sin grandes expectativas. La recuperación de este repertorio temprano del compositor alemán nos ayuda, sin duda, a comprender cuál fue su ideario estético y su evolución artística, desde ejercicios orquestales más o menos acertados como el que pudimos escuchar; pero obviamente no escuchamos lo mejor del autor. Nuevamente, la OCG demostró su capacidad para adaptarse a cualquier repertorio, regalando a la audiencia momentos de enorme belleza. Cabría, no obstante, comentar la momentánea falta de empaste de las cuerdas agudas, que llevamos ya algún tiempo notando.

Con una estrepitosa ovación, quizás algo exagerada, se cerró el último concierto sinfónico de la temporada de la OCG. En el aire quedó el anhelo de haber podido concluir este ciclo con una partitura de mayor envergadura, confiando en que nuestros deseos sean escuchados y hechos realidad en la programación del año que viene.

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