Henri Regnault, visitante en épocas turbulentas

  • El pintor, que conoció a Fortuny en Roma, llega a Granada en 1869 y en sus visitas a la Alhambra queda pasmado por la belleza de sus cerámicas, especialmente las de la Torre de la Cautiva

EN agosto de 1868 llegaba a España un joven pintor, en una visita de formación, que tenía al Museo del Prado como hito principal de la misma. Poco se podía imaginar nuestro pintor, Henri Regnault, que algo más de un mes después y, una vez afincado en Madrid junto a su colega Clairin -que será objeto de otro artículo en esta serie-, se iba a encontrar inmerso dentro de la llamada Revolución Gloriosa; la revolución de 1868, que acabaría con la monarquía borbónica ostentada por Isabel II y que, tras diversos tanteos de instaurar una monarquía constitucional, acabaría desembocando en la I República española. El propio Regnault, refiere lo sucedido en una carta a su padre del siguiente modo: "¡Hoy, 29 de septiembre de 1868, fecha memorable para España, el 89 de España!" Equiparando esta fecha nada menos que con la Revolución Francesa de un siglo atrás.

Tal fue su simpatía con la nueva situación progresista del país que, a través de una noble: la duquesa Castiglione-Colonna, entra en el círculo protector del General Prim, participando del entusiasmo popular por su persona y de la intimidad de sus tertulias, llegandosele a encargar, por los condes de Barck, un retrato ecuestre que demostrara la grandeza del héroe. Este encargo hizo que Regnault prolongara su estancia en Madrid hasta febrero de 1869, pues era muy difícil conseguir que Prim posara, a lo que se le sumaba el mal tiempo y, por tanto, las dificultades para pintar del natural al caballo de la escena. De todos modos, Prim no se sintió representado, entre otras cosas, porque le pareció desaseado su rostro a causa de un mechón de pelo sobre su frente y eso hizo que no se quedara con el cuadro, consiguiendo de esa forma que el cuadro llegara a Francia y que hoy sea una de las grandes piezas del Louvre.

Como hemos visto, en febrero de 1869, Regnault sale de España para ir hasta Roma, donde es pensionado y realiza sus estudios artísticos. Allí entra en contacto con el estudio de Fortuny, quedándose enamorado y contaminado de la forma de hacer del pintor español, acrecentando su deseo de volver a la península y, sobre todo, de hacer la visita a Andalucía, especialmente Sevilla y Granada que, como veremos, se convirtió en su musa favorita, llegando hasta Marruecos en busca del orientalismo de sus ídolos Gericault y Delacroix.

Regnault, acompañado de su fiel amigo Clairin, entran en España por el Levante y desde allí se acercan hasta Lorca, desde donde se adentraran en el antiguo reino de Granada a pie, pues según ellos no había un transporte seguro entre estas tierras. Lo hacen con una cámara fotográfica, pues no pueden trasladar telas ni útiles de pintor que les llegarán más tarde. Todos estos detalles los conocemos por la rica correspondencia que Regnault mantiene con su padre, hermano y amigos que, recogida por Duparc, fue publicada, sirviendo de base a María Brey Mariño para su Viaje a España del pintor Henri Reganult. En una de esas cartas cuenta: "Nuestro viaje a través de las montañas se realizó felizmente. Gracias a un carricoche que no nos costó mucho, pudimos hacer el recorrido en cuatro días y medio. Hemos visto cosas maravillosas… ¡Hay que volver! ¡Cúllar de Baza y Guadix están grabados en mi cráneo! Estoy seguro de no encontrar jamás en ningún país, ni siquiera en África o en Siria, nada tan importante, la bello desde todos los puntos de vista ¡Qué país, gran Dios!"

Regnault llega a Granada en septiembre de 1869 y se aloja en el Hotel de Siete Suelos, en donde será querido y guardará en la memoria sus juegos con los críos que por allí pululaban, como dejaría atestiguado otro de los pintores de nuestra serie, Hugo Birger, años más tarde. Como dijimos, venía sin lienzos ni útiles; solamente unos cuadernos y cartones, por lo que al principio toda la obra a realizar se concentra en acuarelas y dibujos, pero sobre todo en investigar el pasado monumental de la ciudad. Así, en sus visitas a la Alhambra queda pasmado por la belleza de sus cerámicas, especialmente las de la Torre de la Cautiva, enviándole a su padre, director de las Manufacturas de Sèvres, cuantos dibujos y muestras de color pudo, e incluso alguna pieza robada, según el mismo confiesa en su correspondencia: "Los azulejos son cerámica que cubre la parte baja de las paredes hasta una altura aproximada de cuatro o cinco pies… Los más antiguos se componen de pequeños trozos, cada uno de un color. Los tonos negros, amarillos, verdes, azules, verdosos, blancos y lechosos… También hay un violeta y dos modalidades de azul… Los negros y los verdes son de un brillo y pujanza admirables… Los azulejos antiguos no son, a decir verdad, sino mosaicos de cerámica… He birlado algunas muestrecillas de azulejos, desgraciadamente no muy bellos. Se hace lo que se puede. Te lo enviaré pronto."

En octubre llegan los útiles de pintura y con ellos la alegría de poder representar dignamente los espacios y abandonar el estudio y el detalle por las grandes composiciones. Sale de la Alhambra y se adentra en Torres Bermejas o el Albaicín, del que él mismo dice: "…encontré motivos deliciosos en sus casas, mejor o peor conservadas y, sobre todo, mejor o peor respetadas, porque se han destruido y se destruyen tesoros a diario. Los muros, cargados de inscripciones y adornos, son indefinidamente cubiertos con capas de encalado, con lo que, poco a poco, los relieves se liman y los dibujos se pierden."

El caso es que sus obligaciones para con Roma le hacen volver a Madrid para acabar su copia de la Rendición de Breda y, desde allí, visita Andalucía occidental y pasa por primera vez a Tánger, creando para la Exposición de París de 1870 su Salomé, obra cargada del orientalismo que buscaba en Granada y que terminó de encontrar en Tánger. Poco después haría su gran obra Ejecución sin juicio, bajo los Califas de Granada, cuadro de tercer año de Pensión que hoy se conserva en el Museo D'Orsay en París, en el que claramente aparece la sala de Dos Hermanas de la Alhambra con una trágica escena de decapitación que recuerda tanto la de los Abencerrajes, como la de San Juan.

Por desgracia, Regnault murió joven, con solo veintisiete años, y murió defendiendo el sitio de París (1871) durante la Guerra franco-prusiana que comenzó en 1870, por lo que su producción no fue extensa y se quedaron en el aire sus grandes composiciones con Granada de fondo, desde una fantasiosa imagen de la Alhambra, a los paisajes del Altiplano que tanto le afectaron en su primer viaje. Hoy su obra se concentra en Francia y en especial en el Louvre, donde se conservan varias acuarelas de detalles y espacios alhambrinos que demuestran su magnífico sentido de la luz y del detalle.

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