FiccionarioH

de Héroe

  • La jactancia está reñida con la valentía l Para Emilio Gauna, lo prudente hubiera sido el olvido l Porque recordar lo que debiera ignorarse no es signo de coraje, sino de temeridad

Héroe no es quien quiere, sino quien tiene ocasión; este mundo han debido de hollarlo millones de corazones intrépidos que se apagaron sin haber conocido su hora heroica. El heroísmo es fruto del instante, de la conjunción de un ánimo predispuesto, sí, de una circunstancia propicia y de una acción exacta; deben de haber existido millones de corazones intrépidos, sin puntería ni fortuna, a los que el error convirtió en insensatos. Ido el instante, el heroísmo desaparece. Nadie puede ser héroe en todo momento; no hay cuerpo capaz de vivir en permanente estado de excepción. Ido el instante, decíamos, el héroe debe olvidarlo. Debe, pues, olvidarse. La vanagloria es un atributo indigno del paladín. En la ficción, algunos presentados como tales no tienen de héroes más que el nombre. No hay vuelta de hoja. El héroe no es un "yo soy", sino un "él fue", y basta. Sobran los comentarios. La jactancia también está reñida con la valentía.

Emilio Gauna, el protagonista de El sueño de los héroes (1954), gana mil pesos en las carreras de caballos y decide gastárselos con unos amigos en el ajetreo de las carnestolendas bonaerenses. La realidad no es favorable: "en los tiempos actuales, el inevitable destino de los valientes era rememorar hazañas pretéritas", escribe Adolfo Bioy Casares (El sueño de aventura, sin embargo, está por todas partes: "Los Argonautas", por ejemplo, es el fastuoso nombre de una confitería que suelen visitar Gauna y sus compadres). Durante el carnaval, los ánimos son los mejores y las borracheras se suceden a lo largo de tres días con sus noches. Al amanecer la cuarta jornada, Gauna se despierta con el recuerdo emborronado de una aventura, una mujer y unos lagos… Quizás por cansancio, el joven desestima averiguar más. Si fue valiente, como sospecha, no es necesario exigirse más. En los tres años siguientes, Emilio curioseará en la memoria, sin resultados. Nada tenía por qué pasar a mayores, pero el azar, de repente, le hace ganar por segunda vez un premio en las carreras, en condiciones parecidas a las de la primera, y el muy necio decide repetir los pasos de antaño para refrendar la aventura de entonces.

En este nuevo carnaval, Emilio Gauna emprende un recorrido que empieza en la expectación para hundirse, a mitad de camino, en el barrizal de la decepción. En busca del Vellocino de Oro, el joven se exige a sí mismo y a sus compañeros copiar los pasos de aquel ayer, intentando convencer al presente de que también él imite al pasado. Por los rastros hallados en el camino, empero, todo apunta a que aquella aventura no fue más que una desastrada competición entre gallitos, carente de toda nobleza. Emilio insiste; mejor hubiera sido no hacerlo. Se olvida de que a veces el olvido es prudente y que recordar lo que debiera ignorarse no es signo de coraje, sino de temeridad, pues basta un ligero cambio en el cuadro y lo que fue una gesta deviene tragedia. Gauna se reencuentra con una memoria perversa, una redistribución maliciosa de las piezas en el escenario, una mujer, unos lagos y, además, unos cuchillos en donde se espejea la luna. Emilio, ¡pobre Emilio! Habíamos dicho que el heroísmo no se busca; te encuentra.

Como el destino.

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