Húetor Vega, una cita necesaria

Innecesariamente se alargan los tiempos de un Festival que en un par de horas tenía que estar resuelto. Fueron cuatro momentos, cada cual más sabroso. Pero también fueron cuatro horas de duración. Huétor Vega, proclamada 'Ciudad del Flamenco', cumplió la noche del sábado veintiún años de su Festival. Veintiuna citas imprescindibles para los aficionados, para los que quieran tomarle el pulso a nuestro arte. Este año la velada se ha abierto nuevamente a los ecos foráneos. Del año pasado, eminentemente localista, se ha pasado a la alternancia de artistas de la tierra con flamencos de fuera. No se ha echado de menos un cabeza de cartel con nombre de peso. Álvaro Rodríguez abre la noche con su torrente de voz bien modulada. Aunque muy joven, este cantaor, natural de Órgiva, tiene tablas, sabe estar encima de un escenario. Su repertorio, nada convencional, comienza con peteneras y termina por milongas. Esa milonga que Calixto Sánchez musicó con un precioso poema de Machado dedicado a la muerte de su amada esposa Leonor. Álvaro se destaca por su jondura, por la elección de cantes de raíz, los cuales domina. Aunque quizá estuviera un poco denso en sus propuestas. Carcelero, la zambra de Caracol, y la soleá fueron sin duda sus mejor entregas. Asombrosamente no hizo seguiriyas, cante que lo identifica y con el que lleva ganando primeros premios desde hace dos o tres años. Le acompañaba, con bastante gusto y limpieza, la guitarra de Ramón del Paso. María Toledo lo sustituye en el escenario, arropada por Paco Cortés. La excesiva parsimonia es sustituida igualmente por la fiesta. Entre cantiñas, tangos y bulerías, también propone soleares y cantes de levante. Una actuación tan aplaudida como artificiosa. Sus estallidos y su queja saben a academia. El calor se lo imprime la magistral guitarra de Paco Cortés, que demuestra su sabiduría en cada rasgueo, su humildad y su primer puesto como acompañante. Destacan los tangos, que se almibaran cuando son de Graná. Para los cantes festeros, María se hace acompañar por la caja de Miguel, El Nene de Málaga. Tras un descanso demasiado largo, una rifa, la entrega de reconocimientos y demás protocolo, hacen que la segunda parte comience bastante tarde. Su rotundidez, sin embargo, hizo que mereciera la pena esperar. Raimundo Benítez, bailaor local, con un cuadro sacromontano, aborda una soleá con sus pies de vértigo. Soleá preñada de seguiriyas y rematada con jaleos. Lástima que el tablao no se escuchara bien. En último lugar, el extremeño Miguel de Tena, llena la noche con su prodigiosa voz y con su timbre colorido. El frasco de esencias se destapa con malagueñas y abandolaos, para pasar a unos caracoles y, a petición del público, una granaína y media. Como si fuera un tácito homenaje, la cuarta entrega de Miguel fue La Salvaora, otra zambra de Manolo Caracol. Para terminar, el extremeño nos ofrece un ramillete de fandangos naturales, en los que abandona el micrófono y, a boca de escenario, rellena el silencio. Los fandangos toman aires de bulerías y, sin abandonar su puesto, culmina un festival bastante aplaudido por menos público que de costumbre.

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