JFK22/11/63. El día que una pesadilla de Dios acabó con Camelot

  • La estrella del presidente John Fitzgerald Kennedy, que había palidecido en las trastiendas, recupera parte de su brillo con motivo del 50 aniversario de su asesinato en Dallas

El sastre Abraham Zapruder filmó el viernes 22 de noviembre de 1963 la snuff movie más popular del siglo XX, la más vista, nada clandestina. Subido a un pilar de la plaza Dealey de Dallas, grabó con su cámara el estallido de la cabeza del 35º presidente de los Estados Unidos.

Para muchos, el guión de esta película había sido escrupulosamente redactado de antemano, cuidando el mínimo detalle, para crear una tragedia clásica que culminara con el martirio del héroe y la usurpación de su trono por un títere de los conspiradores, sus verdugos. Para otros, en un argumento no menos literario, fue un crimen cometido por un hombre solitario exigiendo su sitio en las páginas de la historia.

Y qué mejor manera de hacerlo que con un magnicidio. El Magnicidio. Con mayúsculas.

¿Narrativa? Lee Harvey Oswald (LHO) disparó desde la ventana de un almacén de libros.

¿Qué hay más atractivo que un crimen de Estado para el mercado editorial? Ambición, poder, traición, codicia, venganza, guerra, paz, sexo, familia, política, ejército, agentes secretos, mafiosos, religión, paranoia, conspiración, delirio, confusión... Misterio. Palabras que decoran las fajas publicitarias de los libros.

La muerte de John Fitzgerald Kennedy (JFK) no puede ser vista ya, después de medio siglo, sino como el colofón a sus 46 años de vida y el cierre trágico a su mandato (1961-1963), esos mil días con los que tituló su libro el historiador, y colaborador del presidente, Arthur Schlesinger. Nadie recrea un Kennedy envejecido, despidiéndose del palacio con mano trémula, enmohecido y cuarteado el bronceado currado en la playa de Hyannisport, la poderosa quijada Fitzgerald mutada en pescuezo de pavo y la perfecta dentadura Kennedy castañeando como sucias fichas de dominó. No. El Kennedy que tiene el mundo, cincuenta años después, es el Kennedy escrito. El Kennedy narrado. Bien y mal. Desde el rigor y desde el dislate. Desde el estudio y desde el sensacionalismo. Como objeto de culto y como artículo de moda. Academia y Mercado. Investigación y superchería. Análisis y chismorreo. Veneración y profanación.

Todo es superlativo en Estados Unidos: los donuts y el espionaje, la abundancia y las carencias. En el imperio de la exageración, las fortunas son estratosféricas y los pobres pandémicos. Y así contemplamos las escenas clave de aquellos días de noviembre: el héroe, JFK, cae en color en medio de prados de un verde brillante y bajo la cúpula azul del cielo coronada por un sol radiante mientras responde a los vítores, y el villano, LHO, es acribillado en blanco y negro en un pasillo subterráneo que apesta a lo que apestan los sótanos, una mezcla de disolvente, gasóleo requemado y meado, entre gritos de odio, furia y desconcierto.

Y la América reconvertida en el reino de Camelot reventó en tantos pedazos como lo hizo el cerebro de su príncipe. Porque de eso se trataba: de un país, el más poderoso de la tierra, que añoraba presumir de aristocracia. Y la familia Kennedy -sobre todo el matrimonio de Jack y Jackie- se la sirvió en bandeja. Los súbditos de un imperio cuya política olía a "dormitorio y cocina", como escribió Norman Mailer, descubrieron en 1960, con la llegada de JFK y su esposa a la Casa Blanca -tras unas "elecciones presidenciales que fueron un fraude" (Seymour M. Hersh en La cara oculta de JF Kennedy. Ed. Planeta)- el glamour y la sofisticación sin envaramiento, el rostro amable y risueño de la Nueva Frontera.

Aquel mismo año, el de la nominación de JFK como candidato demócrata en la convención del partido en Los Ángeles a la que asistió Mailer enviado por la revista Esquire, éste escribió en su reportaje Superman va al supermercado: "Los demócratas iban a elegir a un hombre al que, con independencia de la seriedad de su dedicación política, se vería irremisiblemente como un actor de gran éxito de taquilla, lo cual tenía consecuencias preocupantes y difíciles de prever" (América. Ed. Anagrama). La maquinaria Kennedy ya funcionó entonces, y JFK inició su carrera hacia la Casa Blanca dejando atrás a las vacas sagradas del partido, entre ellas a Adlai Stevenson, quien dijo del futuro presidente: "Este muchacho jamás pide, siempre exige. Y nunca da las gracias".

Pero el autor de Los desnudos y los muertos se sintió más atraído por el hombre del depósito de libros. En Oswald. Un misterio americano (Ed. Anagrama) Mailer sale en busca del otro personaje central de este enigma del 22/11/63 con la tarea de descifrar su figura. No indaga en la trillada teoría de la conspiración ni en si LHO fue o no un chivo expiatorio. Lo que hace Mailer es bucear en la azarosa existencia de Oswald, a la que tampoco le sobran, según se avanza en la lectura de la obra del escritor estadounidense, los términos absurda y patética.

La tragedia de LHO tampoco pasó desapercibida para otro grande de las letras norteamericanas. En la obra de Don DeLillo sobresale Libra (Ed. Seix Barral), acercamiento a Oswald muy anterior al de Mailer. ¿Se cruzaron alguna vez DeLillo y el asesino de JFK en el Bronx? El escritor supo con el tiempo que había sido vecino de Oswald en el barrio neoyorquino. En su novela, DeLillo teje una trama de ficción que a lo sumo, en palabras del propio autor, puede proporcionar al lector un "refugio, un modo de pensar en el asesinato sin las limitaciones de las verdades a medias y sin dejarse abrumar por las posibilidades ni por la marea de especulaciones que con el paso de los años se acrecienta".

Esa marea de tinta y papel se levantó de inmediato. Enseguida aparecieron libros de toda especie glosando la figura del presidente desaparecido y, por supuesto, poniendo en entredicho las conclusiones de la Comisión Warren, que para la magnitud de lo acontecido culminó con bastante celeridad su investigación. Ni siquiera había pasado un año de los hechos de Dallas cuando Earl Warren, el 24 de septiembre de 1964, hacía entrega del informe al sucesor de JFK, Lyndon B. Johnson, un político que "creía en las conspiraciones", afirma Philip Shenon en JFK Caso Abierto (Ed. Debate), una de las novedades de este mes aprovechando el tirón de la efeméride. Shenon, periodista del New York Times, escarba en un caso mal contado o contado a medias tras constatar a partir de cientos de entrevistas a los miembros supervivientes de la Comisión Warren que "muchas pruebas habían sido escondidas o destruidas por la CIA, el FBI y personas que ocupaban lugares de poder en Washington" en aquella época.

La obsesión, llevada en muchos casos al paroxismo, por esclarecer el misterio de un secreto escondido en un enigma tan del gusto de los aficionados a las teorías conspirativas, tendría su correspondiente parodia. En un país como Estados Unidos, no podía ser de otra forma. En el nuestro, ya sería otro cantar. ¿Ejemplos? Aquí van dos: en una escena memorable de Annie Hall (1977), Woody Allen lleva a su álter ego, el cómico Alvy Singer, a desperdiciar un polvo con su novia Allison Portchnik al no poder quitarse de la cabeza, en pleno preámbulo amatorio, si fue un solo hombre el que disparó a Kennedy o por el contrario fueron varios francotiradores bien apostados los que acabaron con la vida del presidente, por lo que ella le reprocha que "usas esa teoría de la conspiración para no hacer el amor conmigo". Y bastantes años más tarde, en el episodio Diatriba de una ama de casa loca de la serie Los Simpson, cuando Marge -de soltera Bouvier, como Jacqueline, no se olvide- hace sus pinitos escribiendo una novela, Homer terminará resolviendo que las ínfulas literarias de su mujer pueden aprovecharse mejor si trabajan juntos en su obra ¿Quién mató a JFK?

Es el paso del tiempo. La estrella de Kennedy, a pesar de las novedades que llegan estos días a las librerías con motivo del 50 aniversario de su muerte, no luce con la misma brillantez que, recuérdese, lo hizo cuando se cumplieron 30 años del asesinato. En el interés de entonces influyó el filme JFK, de Oliver Stone. Estrenada en EEUU dos años antes, meses después del final de la Guerra del Golfo promovida por George Bush padre y con toda su carga de antibelicismo, la película presentaba a un Kennedy víctima de una siniestra conspiración en liderada por los señores de la guerra contrarios a que las tropas estadounidenses dejaran Vietnam. Una acertada campaña de marketing, un reparto espectacular y las dotes del director hicieron de JFK -basada en buena parte en el bestsellerTras la pista de los asesinos, de Jim Garrison (al que interpreta Kevin Costner)- un éxito en taquilla, a pesar de críticas como las de Robert Hughes, que en La cultura de la queja (Ed. Anagrama) tilda la película de "mentirosa y paranoica".

Ya ha transcurrido medio siglo de todo aquello. Y aunque cada vez menos, aún sigue dando que hablar. Varios de los protagonistas y testigos de los acontecimientos dijeron que fue como tener un mal sueño. Ernesto Sábato escribió en Sobre héroes y tumbas: "Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia". El 22/11/63 tuvo una en Dallas. Y fuerte.

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