Jaime Rosales: "No me convence el dogma"

  • El cineasta indaga en la superación de una tragedia en 'Sueño y silencio'

La espiritualidad desgajada de lo religioso, la pérdida como motor de búsqueda o la superación de una tragedia entre el espejismo y el mutismo conforman el puzzle de autor firmado por Jaime Rosales, quien Sueño y silencio reafirma su condición de rara avisdel cine español.

"No me convencen el mito ni el dogma, pero busco la espiritualidad", explica el ganador de tres premios Goya con La soledad que, tras el revuelo mediático de su aproximación al terrorismo en Tiro en la cabeza, regresa a lo más íntimo en este filme que ha reavivado su idilio con el Festival de Cannes, donde fue descubierto con Las horas del día.

"Siento que hay algo más allá, pero no sé enunciarlo. Hago una película en la que espero que esas emociones queden plasmadas de una manera misteriosa y azarosa, pero fuera de un discurso religioso", explica el realizador sobre un filme que el viernes se estrena en las salas de cine españolas.

Sueño y silencio, protagonizada por Yolanda Galocha y Oriol Roselló, reflexiona sobre todo esto a través de la divergente reacción de un matrimonio que pierde a su hija en un accidente en el delta del Ebro. Mientras ella explota de desesperación hasta la percepción ultraterrena, él implosiona hacia la amnesia y la parquedad en las palabras y las emociones.

Pero como en todo el cine de Rosales, la película no es tanto los hechos que suceden como las sensaciones que transcurren, y la cinta nace de la relación intelectual y amistosa que ha tejido a lo largo de los años, entre encuentros y partidos de fútbol, con el artista Miquel Barceló, alfa y omega de la cinta.

Sueño y silencio se abre con el artista mallorquín pintando, en una sola toma y de espaldas, el sacrifico de Isaac, pasaje bíblico que inspiró Temor y temblor, de Soren Kierkegaard.

A su vez, esta obra conecta con el título del filme, que cambia, casi a modo de secuela extraoficial, las dos "tés" del título del libro del filósofo danés por las dos "eses" del título del filme de Rosales.

Composiciones partidas, un depurado blanco y negro interrumpido por una única secuencia en color y cuatro idiomas (catalán, castellano, inglés y francés) sea aúnan en el lado de lo estilístico, donde Rosales ha buscado "una experiencia plástica muy potente pero también mucha fuerza en la emoción".

"Mientras la puesta en cuadro es muy sólida, muy equilibrada con el blanco y negro y el grano grueso, la puesta en escena es muy líquida. Los actores podían aterrizar dentro o fuera del cuadro. No se sabe nunca cuándo va a prender la emoción", explicó.

Esa emoción vuelve a nacer de una ruptura, de la vida que se arremolina antes y después de la muerte. "Hay más de una conexión temática con La soledad. El ser humano tiene una fuerte necesidad de entrar en comunión con el otro y lo consigue en muchas facetas. Pero en última instancia, hay una dimensión en nuestro yo que es muy solitaria y de la que no podemos escapar", aseguró Rosales.

Y, como otro más de sus contrastes, el realizador explora lo que une la introspección con la extraversión. "El no recuerda a su hija, pero no quiere decir que no viva con la misma intensidad que su mujer el duelo de su hija", defendió.

Satisfecho con el trabajo realizado y aupado por las buenas críticas de la prensa internacional, Rosales confiesa que, hasta ahora, su carrera "ha estado marcada por el experimento formal": "Pero con esta película he encontrado lo que va a ser la matriz de mi cine".

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