Julio CasaresViaje a la órbita de las palabras

  • El granadino emprendió en solitario su proyecto de 'Diccionario ideológico de la lengua española'

"Allí por primera vez el carpintero se encontró cerca de sus herramientas y el sol cerca de las estrellas". Podría ser una cita de una singular obra poética, pero se trata de una breve definición del Diccionario ideológico de la lengua española, obra cumbre del lexigólogo granadino Julio Casares, escrita por el gaditano José María Pemán en el prólogo del libro de Casares El idioma como instrumento y el diccionario como símbolo.

Es difícil resumir la vida de Julio Casares (Granada 1877-Madrid 1964) porque su gran capacidad intelectual y de trabajo deja en nada la trayectoria de cualquiera, pero si por algo es conocido es por su Diccionario ideológico, 'el Casares', al que dedicó casi 28 años de su vida. Esta obra, que permite obtener la palabra a partir de su definición, fue publicada en 1942 por Gustavo Gili, actualizada en 1959 por el propio autor y constantemente reimpresa durante 75 años, pero desde entonces no se había vuelto a reeditar.

Hasta finales de 2013, cuando lo hizo la editorial Gredos por el empeño de uno de los nietos del lexicógrafo, Eduardo Sierra, que al prejubilarse, y tras comentarlo con el resto de los nietos del autor, se propuso recuperar la figura de su abuelo, con el que compartió muchos momentos hasta su fallecimiento, cuando él era un adolescente de 16 años.

Sierra guarda en la memoria cientos de recuerdos del abuelo, ya que incluso él y su hermano vivieron temporadas en su casa, donde acudía el propio Pemán, que vivía enfrente, para tocar el violín juntos. "Mi hermano, cinco años menor, y yo, jugábamos al fútbol en el patio de la Real Academia de la Lengua y a veces nos asomábamos a ver las sesiones, en las que participaba gente como Menéndez Pidal".

"A veces nos poníamos juntos a ver las condecoraciones, a mí me gustaba abrir las cajas e ir sacando las medallas; luego supe que aquello con lo que yo jugaba eran la Orden de Malta, la Orden de la Legión Francesa, la del Imperio Británico... Mi abuelo era excepcional pero un hombre muy humilde", concluye.

Además de estos recuerdos de niñez, Sierra conserva un libro de memorias escrito por su abuelo, que de momento no quiere publicar porque "rememora algunas épocas en las que lo pasó mal, como la guerra civil" , pero que son un verdadero compendio de su vida.

"¿Qué me mueve a pensar que este manuscrito -escribe en sus memorias- pueda ser leído con agrado por personas ajenas? Únicamente, dicho sea sin falsa modestia, el relato de sucesos vividos, de los que ya no queda ningún testigo presencial, y el desfile de personajes que ya son o serán históricos y que, a vueltas en mis recuerdos, se asomarán a estas cuartillas ofreciendo tal vez perfiles desconocidos."

En esas 'cuartillas' se demuestra que "nunca dejó de sentirse granadino y que añoraba su infancia en Granada", apunta Sierra, quien añade que de su Granada natal habla "de las cosas que hacía de chaval, como la guerra de cometas con los cometeros de la catedral, con quienes él y su hermano competían para tirar al suelo la cometa del otro", explica Sierra.

"La más remota visión de la casa paterna -escribe en sus memorias- es la de un patio andaluz con surtidor en el centro y macetas en los lados por el que corría una perra que se llamaba Tula, casa en la que probablemente vine al mundo, en un callejón que ya no existe entre el Campillo y la plaza del Carmen. Después nos trasladamos a Tundidores, con balcones al Zacatín, donde pasé las fiebres tifoideas sentado en una silla de caoba de mi madre".

En esa primera infancia, cuando estudiaba en el colegio de los Escolapios, su madre le puso un profesor de violín, y con sólo 9 años dio un concierto en el que se encontró con "un público de señoras que me aplaudían mucho".

Tras acabar el Bachillerato en el mismo colegio, sus padres, viendo que tenía altas capacidades, se trasladaron a Madrid donde, además de estudiar Derecho, empezó en el conservatorio. En tres años acabó como primer premio de violín y entró en la orquesta del Teatro Real con sólo 19 años.

Pese a ser el inicio de una posible carrera musical de éxito, la abandonó para cursar la carrera diplomática al ingresar por oposición en el Ministerio de Estado, en la oficina de interpretación de lenguas. Tuvo el cargo más alto, ya que llegó a dominar 18 idiomas. De ahí el Gobierno lo mandó a la legación diplomática en Tokio -en un año y medio acabó el curso de japonés de tres años que se daba en la escuela de estudios orientales de París-, donde además de su trabajo como diplomático dio conciertos y escribió incluso algún tratado sobre música tradicional japonesa.

Comienza entonces su etapa en la Sociedad de Naciones, la precursora de la actual ONU. Allí preside la comisión internacional de cooperación internacional, que tenía como función aunar esfuerzos para garantizar la educación de todas las personas. En aquel destino, explica Eduardo Sierra, se demuestra que ya abogaba por la futura unión europea como una sociedad de estados y que predicaba el respeto a los demás como base de todo. "Mi abuelo tenía una gran capacidad intelectual pero nunca ridiculizó a nadie", resume.

El 8 de mayo de 1919, con sólo 41 años, ingresa en la Real Academia de la Lengua, de la que llegó a ser Secretario Perpetuo hasta su muerte. Ya su discurso de ingreso, al que le hizo la réplica Antonio Maura, se titulaba Nuevo concepto del Diccionario de la Lengua.

"Pretendo persuadiros -decía Casares-, de que la obra más útil que hoy puede acometer la Real Academia Española, la más urgente para el adelantamiento de vuestra labor lexicográfica, y la más fecunda, a la par, en resultados beneficiosos para el encumbramiento de la lengua viva, es la de formar sin demora el inventario analógico del vocabulario castellano". Y continuaba: "Yo tengo una fe ciega en que los diccionarios futuros habrán de ser algo por el estilo de esto que tan vaga y torpemente os propongo, y quisiera para la Real Academia Española la gloria de haber sido la primera en romper la secular esclavitud alfabética y en abrir el camino de la nueva lexicografía científica; pero también se me alcanza que no todos pensaréis como yo (...)".

Como bien vaticinaba, la Academia no estaba por la labor y aquel proyecto no convenció a los académicos. Pero esto no le arredró en su empeño y decidió crear él mismo ese diccionario en el que tanto creía.

Ya había comenzado a recopilar las palabras, pero para la ingente tarea que se proponía, alquiló una habitación al lado del Ministerio de Estado en el que trabajaba y allí instaló su pequeño 'laboratorio' en el que iba organizando las palabras y en el que tuvo trabajando a un par de ayudantes. En 1936, tras 22 años de trabajo, estaba finalizado, pero estalló la Guerra Civil y su casa de Madrid fue saqueada e incendiada, y se perdieron la mayoría de los archivos.

Pero como el editor Gustavo Gili se había interesado por el Diccionario años antes, conservaba en Barcelona gran parte de material. Tras unos años más de trabajo, el Diccionario ideológico de la lengua española veía la luz en 1942.

Aquel diccionario, empeño personal de un gran hombre que también cultivó la crítica literaria, sigue considerándose una obra no superada y, a la inversa de los diccionarios convencionales, permite obtener la palabra a partir de su definición, el significante a partir del significado, aunque también lo hace al contrario. "Desde la idea a la palabra; desde la palabra a la idea", como se especifica en la portada.

De esta forma, en esta gran recopilación de las ideas y las palabras de la lengua castellana, la poesía dejó de ser demasiado vecina de la policía.

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