Largo viaje hacia la noche

  • Seix Barral reedita 'Nada del otro mundo', el volumen en el que Antonio Muñoz Molina recopila toda su narrativa breve, con el añadido de dos relatos inéditos

Un par de circunstancias, una de ellas un malentendido, me llevaron a comprar cierto libro de Antonio Muñoz Molina cuando éste era todavía una promesa, no el consumado maestro de hoy. Pensaba yo equivocadamente que el escritor nacido en Úbeda lo había hecho en Granada, puesto que aquí vivía, y me seducía que un paisano se hubiera atrevido con una novela negra en tiempos en que el género aún no era habitual en cenáculos críticos y académicos. Recuerdo que leí El invierno en Lisboa (1987) en unas pocas tardes. Estas dos circunstancias, una falsa, me habían descubierto un novelista con una gran capacidad de evocación, un excelente trazo de personajes y un pulso narrativo de primer orden. Mi admiración por Muñoz Molina no ha decaído desde entonces -aunque en la Facultad de Filosofía y Letras, posteriormente, cierto profesor intentara ponerme a mí y a mis compañeros en su contra- y no puedo sino aplaudir la recuperación de Nada del otro mundo, cuya primera expresión fue Las otras vidas, un librito con cuatro relatos publicado en 1988.

De aquellas cuatro ficciones, tres pasaron en 1993 a Nada del otro mundo, el volumen donde el escritor ha recogido su narrativa breve (En el camino se quedó una extraña fantasmagoría a propósito de la obra de Juan Vida: Te golpearé sin cólera). La reedición incluye dos ficciones inéditas y un epílogo en el que Muñoz Molina lamenta no haber escrito más relatos en estas dos décadas. También sus lectores lo lamentamos, sobre todo porque en el formato breve ha apostado abiertamente por registros poco frecuentes en su obra novelesca: el humor y, sobre todo, el género fantástico. En el relato que da título al libro, un personaje en el cual no es difícil identificar un alter ego del propio Muñoz Molina -un joven que está dando sus primeros pasos en el mundo de las letras, que vive en Granada aunque no naciera aquí- acepta la invitación de un amigo de sus años universitarios para dar una conferencia en un pueblo perdido en las Alpujarras; el narrador irá descubriendo signos de lo anómalo según se acerque a su destino, que crean una atmósfera rarefacta a la altura de los grandes cultores del género. Este relato, como otros del libro, traza largos e inquietantes viajes hacia la noche y lo desconocido.

La literatura fantástica, cuando se hace bien, hunde el bisturí de la reflexión tanto o más hondo que esas otras crónicas aferradas a un realismo más presunto que cierto. Además, y Muñoz Molina le saca un extraordinario rendimiento a esto, el género fantástico ha estado siempre expuesto a la contaminación poética. En Nada del otro mundo hay varias piezas enormemente sugerentes. En Las aguas del olvido, el narrador descubre que la etimología del Guadalete, "el río del olvido", no es un nombre casual, sino una advertencia: quien atraviese su cauce dejará las costras de la memoria en la corriente; en unas pocas líneas, el río se convertirá en el instrumento de una venganza y en una forma sutil de suicidio. En La colina de los sacrificios, un inspector de policía se encuentra con un caso extraño entre manos: un asesino confeso que reconoce haber matado a su esposa quince años antes y un cuerpo del delito, un cráneo partido en dos de un hachazo, de hace quince siglos. Si tú me dices ven, un excepcional cuento de fantasmas, gira en torno al descubrimiento de que el piso alquilado por un hombre para vivir con su amante jamás será un nidito de amor.

La extrañeza y el misterio, más que una vía hacia el miedo, devienen síntomas externos y extremos del desamparo, el desánimo y un dolor que, como el evocado por Luis Cernuda en Desolación de la quimera, no es de ayer, ni tampoco de ahora, sino de siempre. En este libro, como en el resto de la narrativa de Antonio Muñoz Molina, abundan las historias de hombres solos y mujeres solas, hombres y mujeres cuyos pasos se cruzan o caminan en paralelo, temporalmente. El extravío es una situación común en estos relatos. En La poseída, un joven se enamorisca de una chica con la que coincide en el bar donde ella va al encuentro de su amante, posiblemente un hombre casado. En Extraños en la noche, el protagonista se niega a reconocer el cadáver de la mujer con la que tuvo un encuentro casual, una noche cualquiera, como si la negación fuera suficiente para olvidar. En El miedo de los niños, unos chiquillos descubren que los monstruos existen y suelen acercarse a sus víctimas por la noche, siempre por la noche, con una sonrisa en la boca.

Realmente es una lástima que Muñoz Molina no haya escrito más relatos.

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