Liszt: piano diabólico y revolucionario

  • En el bicentenario de su nacimiento el Festival aborda algunas pinceladas de su enorme creación pianística · Esta noche le toca al pianista francés Bertrand Chamayou en el Patio de los Arrayanes

El Festival Internacional de Música y Danza recuerda el bicentenario del nacimiento de Franz Liszt (Doborján, Raiding, entonces parte del imperio austrohúngaro, el 22 de octubre de 1811) abordando algunas muestras de su obra pianística, relacionados con otros autores de su época, posteriores o actuales, pero olvidando el importante capítulo sinfónico y su obra religiosa, incluyendo sus oratorios, en un compositor que junto a sus aventuras amorosas, que se correspondían a las pasiones y los perfiles que tenían que mostrar los personajes de su época que se preciaran, tuvo sus inclinaciones místicas, incluso llegando a alcanzar la orden menor de abate, en la Roma de Pío IX. Muchos contemporáneos ridiculizaron esa pantomima. Rossini dice: "Liszt compone misas para acostumbrarse poco a poco a decirlas". Pero también es verdad que los amores profundos o los amoríos circunstanciales de Liszt formaron parte de su vida y hasta de su credo estético, lleno de sensualidad, expresividad, grandielocuencia e intimismo. La vida del músico y su propia música como espectáculo era un componente vital del romanticismo que no se comprendería en su total riqueza sin la aportación del húngaro. Una de sus primeras relaciones la tuvo, a los 17 años, en París, con su alumna Carolina Saint-Criq; luego, a los 20, los amores escandalosos con la duquesa María d'Agoult, hasta llegar a otro escándalo con el emparejamiento con la princesa Carolina de Wittgenstein, en Weimar; después, constantes encuentros con cantantes, alumnas, admiradoras, a las que deja pronto y hasta alguna le escribe que va a buscarlo para matarlo. Pero todas esas aventuras dejaron huella, como la dejarían hasta en Beethoven, en Schubert, Schumann, Chopin o Mahler. María d'Agoult y Carolina de Wittgenstein marcan etapas en la vida y la obra de Liszt. La última, en la más fructífera de Weimar, convertida por Liszt, en la capital musical europea y él en "el músico de Europa".

Pero Liszt fue no sólo un pianista que recorrió Europa deslumbrando, primero como niño prodigio y luego con su virtuosismo, un director de orquesta y un profesor que dejó centenares de alumnos, sino, sobre todo, un creador cuya obra tanta influencia tendría en Wagner, Berlioz, Strauss, Schönberg, Bartok o Stravinsky. El húngaro fue uno de los primeros que utilizó la polirrítmia, que manejó las agresiones tonales más irracionales, que hizo de la 'variación psicológica' una ley, que, curiosamente, se apoya en Bach, uno de sus soportes técnicos, no en balde su piano no sólo es orquestal, sino que tiene una dimensión de gran órgano. Por otra parte, su condición de mecenas hizo que fuese mentor de músicos de su época. Especial agradecimiento tendría que guardarle Wagner, al que ayudó no sólo económicamente, sino montando sus óperas en Europa, una amistad que tuvo un colapso cuando Ricardo se unió con Cósima Liszt.

Lástima que del más de millar de obras salidas de su talento, sólo degustemos en tres conciertos algunas pinceladas de su creación pianística. Es verdad que sobre su obra sinfónica y su fracasada opción operística sobresale su piano "revolucionario" -a él le gustaba emplear ese término- que aunque parta al comienzo del infernal virtuosismo de Paganini, descubre nuevas posibilidades al "piano sinfónico" que sólo está al alcance de pianistas tan consumados y perfectos como él, los que son capaces de superar la técnica endiablada de la misma fisiología de los dedos para, en lucha contra la sucesión cromática de octavas -y hasta undécimas y duodécimas-, de arpegios laberínticos, sobre el mismo sentido de ampulosidad y espectáculo virtuosístico, sean capaces de encontrar el remanso, intimismo y la verdad más importante de la música de Liszt. Sólo los grandes intérpretes consiguen descifrar de la única manera posible de hacerlo: superando la dificultad de la escritura para llegar a lo más íntimo, bello y lleno de emoción que surge del piano de Liszt.

Mencionemos la serie de Estudios, incluyendo los de 'ejecución trascendente' que se convirtieron en vademécum fundamental de todo pianista y que abren hasta insospechados caminos con su sucesión de dificultades. El pianista -decía- debe entender la interpretación como un arte en tres dimensiones: virtuosismo, sonoridad, emotividad.

Al margen de obras de raíces folclóricas, o sus valses, hay que mencionar sus múltiples transcripciones y paráfrasis. En ellas late su obsesión por convertir al piano en el instrumento capaz de resumir toda la música, incluso la sinfónica y hasta la operística. Esa idea de que el piano era capaz de todo, lo repite en las paráfrasis sobre temas diversos de Bach, Schubert o Verdi.

Merece detenerse en una obra de singular interés que es una síntesis de la técnica y la estética de la creación pianística de Liszt, entre el virtuosismo y la meditación: Años de peregrinación. Los tres cuadernos son una verdadera antología del piano romántico. Si en el primero, dedicado a Suiza, se encuentran muchos tópicos de las impresiones juveniles de un músico viajero, en el segundo, dedicado a Italia, hay una concentración literaria y filosófica. En el último hay impresiones que superan el puro artificio de Juegos de agua en la villa D'Este, en las que podrán beber Debussy y Ravel.

Pero si hay una obra de especial originalidad y fuerza en la enorme creación pianística de Liszt es su Sonata en si menor. Su rebelión por las formas, más en la línea de una fantasía, tiene precedentes en las mismas sonatas de Beethoven o en la Wander Fantasie de Schubert. Lo que ocurre es que él le añade su peculiar forma de rebelión, también, contra la propia tonalidad. Quizá por eso, a Schumann, a quién está dedicada, no le entusiasmara y Brahms se quedó dormido mientras la interpretaba el húngaro. Sin embargo Wagner, cuando la escuchó, le envió una carta en las que le decía: "La sonata es bella, por encima de toda expresión; grande, graciosa, profunda, noble, sublime como tú lo eres. Estoy conmovido hasta el fondo de mi ser".

Para muchos, es la obra pianística cumbre de Liszt. La originalidad de estar escrita sobre un pequeño número de motivos que se entretejen y transforman hasta crear una colosal arquitectura musical, pone a prueba a los intérpretes. Los movimientos forman un único cuerpo, porque no hay respiro entre ellos. Es algo tan ciclópeo que, entre fugas maquiavélicas, sucesiones de transposiciones, momentos de infernal sonoridad y grandeza, surgen, de improviso, meditaciones, sutilidades, lirismo, intimismo. Esta obra gigantesca, escrita entre 1852 y 1853, publicada un año después e interpretada por vez primera en en 1857, en Berlín, por su yerno Hans von Bülow, es el retablo más genial de la obra pianística de Liszt.

Un Liszt que, a sus 74 años, después de un 'vagabundeo' por Europa, perdida su aureola estelar, fallece el 31 de julio de 1886, en Bayreuth, a donde acude para escuchar Parsifal y Tristán, en el Festival dedicado a Wagner que organiza su hija Cósima, viuda del compositor. Allí su discreta tumba contrasta con la ampulosidad de su vida y su obra, pero, sobre todo, sintetiza la lucha de quién quiso ser fiel hombre de su tiempo que abrió puertas, inimaginables entonces, a la música y al piano del futuro.

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