Lorca regresa de la Gran Manzana

Por razones quizá políticas, quizá económicas o por simple falta de previsión el actual estreno de Lorca en el Generalife no es tal, sino una repetición. Gran reconocimiento y aplauso tuvieron en los inmediatos años pasados las anteriores propuestas de Blanca Li y Cristina Hoyos. No hay que restarle ningún mérito a estas dos reconocidas compañías. Pero la ciudad de Granada, sus habitantes y la memoria del poeta se merecen una constante renovación. Es como decir: "nos faltan ideas" o "faltan creadores que puedan ofrecer un espectáculo de altura". Yo me temo que la primera opción sea la que cuajara en el cerebro escurrido de los promotores de este evento, por la cortedad de miras de la Junta de Andalucía, que prefiere el éxito conocido que el riesgo por conocer. El pueblo, sin embargo, se inclina por la sorpresa de una novedad que por la quemazón, por muy bien que estén, repito, de dos obras ya vistas. Porque artistas de gran altura, que apuesten por una obra de igual calidad, no nos faltan en el panorama andaluz. Hay multitud de creadores, coreógrafos, músicos, bailarines… que están esperando una oportunidad como ésta para exponer su arte.

Esto, como es lógico, es ajeno a la obra y sus actuantes, que gozan de una extraordinaria salud. Poeta en Nueva York no despierta la sorpresa y admiración de cuando la descubrimos hace exactamente un año, pero ha ganado en consistencia y redondez. A lo largo de este tiempo, se han limado algunas aristas; se ha cuidado la dinamicidad en la sucesión de escenas, que no dan tregua; pero, sobre todo, se le ha dado un impulso definitivo a la música. La sonoridad está ajustada, milimetrada, sin fisuras. El zapateado de Andrés Marín, por ejemplo, que al principio era un apunte que se difuminaba, hoy cobra todo el protagonismo que, se supone, debe tener. El poeta de Fuente Vaqueros habla a través de los tacones de Andrés tanto como con el recitado preciso de Javier Viana.

De todas las versiones de Lorca en Nueva York, es la más fidedigna. Quiero decir, que si nuestro ilustre paisano pudiera evaluar estaría encantado con esta representación cosmopolita y multidisciplinar, como él mismo. No se puede encasillar al poeta. Su mente estaba abierta, al igual que sus ojos. Así, Federico se convierte en un observador privilegiado que con su mirada crítica va descubriendo las bondades, pero también la crueldad de un mundo deshumanizado. Las encomiables voces de Carmen Linares y de Rob-Li sacuden el ambiente con sus tersuras acercándonos aquí y al infinito.

Tras un trabajo minucioso, Tao Gutiérrez compone y dirige el corpus musical que nos sumerge en otra dimensión. Sin ser flamenco, todo está lleno de flamencura. Sin ser un poema, todo se cuaja de poesía. Como resultado, más de una veintena de bailarines, de distintas disciplinas, y una docena de músicos, también de variado son, nos hacen disfrutar un espectáculo trepidante. Si quien lee estas notas, no formaba parte de los cincuenta y cinco mil espectadores, según las estadísticas, que vimos esta obra el año pasado, no duden ni un minuto en reservar su asiento. Si, en cambio, lo han visto ya y quieren ver la evolución y la natural frescura del mejor espectáculo que ha visto este escenario en el ciclo lorquiano, no duden ni un minuto en reservar su asiento.

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