Lorca sirve para descubrir a qué huelen los chicles

  • 'Poemas para jugar a las casitas' acerca a los niños a través de la poesía el olor de la naturaleza o la esencia de los sueños

"Huele como un chicle", dice uno de los niños al frotar una hoja de hierbabuena que le han dado al salir de la casita roja en la que les han leído un poema de Lorca.

Antes de entrar les dan unas gafas con poderes de visión que en realidad son dos coladores unidos con un alambre. Con eso ya ven la realidad distinta. "Mariposa del aire/ que hermosa eres/ mariposa del aire/ dorada y verde/ ¡Quédate ahí, ahí ahí!", reza el poema de Federico, Mariposa, la excusa perfecta para acercarse a la naturaleza y poder frotarla entre las manos. Una naturaleza que para los niños huele a chucherías.

Para entrar en la casa azul, la del mar, que está justo al lado de la otra, los pequeños tienen que descalzarse. El suelo es de arena de playa. Olas no hay. El agua sale de un pulverizador que les sirve a las actrices que hacen de monitoras para refrescar el ambiente, porque dentro de la casa de madera con siete u ocho niños, el calor es otro poema. Ni que decir tiene que el pulverizador da mucho juego y a los niños les encanta.

Algunos versos escogidos de Rafael Alberti sirven como unos metafóricos manguitos para hacerles sentir el mar a los niños que ya están sentados en la arena. Es una forma de hacerles soñar, como en la casita amarilla, la casa de los sueños.

"Era un niño que soñaba/ un caballo de cartón./ Abrió los ojos el niño/ y el caballito no vio./Con un caballito blanco /el niño volvió a soñar; /y por la crin lo cogía... /¡Ahora no te escaparás! /Apenas lo hubo cogido,/el niño se despertó. / Tenía el puño cerrado./ ¡El caballito voló!". Esos versos de Machado les sirven a los niños para dejar volar la imaginación, como el caballito.

Si la edad media del grupo se acerca más a los 9 años que a los 4, los márgenes en los que está inscrito el espectáculo, en la casa amarilla también les hablan de las pesadillas sirviéndose del poema Anilla la manteca de Juan Ramón Jiménez.

Precisamente a la creación más tierna de Juan Ramón, Platero, está dedicada la casita blanca forrada de pelito blanco. La casita es igual que el burrito: "Es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos".

Para entrar en la casita de Platero hay que ponerse una mallas hasta la rodilla para que los zapatos no manchen el suelo de pelo.

Después, los niños van a los talleres y dibujan sus sueños o sus pesadillas o juegan con arena de colores pegándola en un papel e imaginándose su playa perfecta. También distinguen olores con varios platos de especias: tomillo, romero, manzanilla o cola de caballo. Aunque ninguna de ellas huele a chicle.

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