manuel Herrera

Luto también se escribe con "L"

HOY es un día triste para el flamenco. Si "cuando Lebrijano canta se moja el agua", ¿qué habría que decir cuando Juan calla ya para siempre...? Son las lágrimas del mundo flamenco las que riegan la tierra. Porque Juan Peña, Lebrijano, ha marcado una época y se ha ido. Seguramente para que cante en los cielos celestes aquellas Bienaventuranzas que, junto a De Sevilla a Cádiz y Persecución, conmovieron hace ya casi medio siglo los pilares de un concepto demasiado cerrado del cante. Esa sacudida siguió produciéndose con la obra que después nos ha ido dejando. Porque Juan Peña ha sido un creador, un ortodoxo a su manera que sin huir de las raíces ha conformado una estructura contemporánea y abierta. Si al arte no se le pueden poner puertas, Juan abrió de par en par las del cante para decirnos con su voz única y su herencia de siglos que el flamenco es, efectivamente, un arte en evolución.

Juan, amigo, mi alma sufre hoy tu ausencia como aficionado enamorado de tu cante, pero también como depositario de una amistad que permanecerá por los siglos... Un lazo de amistad que se remonta a finales de los sesenta en noches de fiesta en la bodega lebrijana de Mendaro con el inseparable amigo y compadre Paco Cabrera. O en el Rincón de los Lirios palaciego que Paco convirtió durante unos años en sede de la Tertulia El Pozo de las Penas, o en su posterior asentamiento de la calle Real…

Juan amaba su tierra marismeña, de ahí su vinculación y devoción por Pedro de Miguel en Las Cabezas y aquellas Yerbabuenas del Rincón Malillo. Y por Paco Cabrera en Los Palacios, lo que dio origen al nacimiento del Festival de la Mistela que Lebrijano apadrinó en sus primeras ediciones comprometiendo a otras grandes figuras y actuando él gratis. Pero cuando en la cuarta edición ya asumió el Ayuntamiento el caché artístico y presentaron a Juan su contrato con la cifra fijada por Pulpón, se fue Lebrijano a ver a Paco y le dijo que así la Mistela era un festival cualquiera, y que cobrando no merecía la pena actuar en Los Palacios. Así era Juan como persona, generoso, entrañable, comprometido con los amigos y, en definitiva, un hombre cabal que hoy en el más allá engrosará esa larguísima lista de forjadores de un arte que nos define y que es único en el mundo.

Te has ido, Juan, y nos dejas huérfanos de amistad, pero sobre todo de creatividad flamenca. Te has ido y nos dejas el negro luto de tu ausencia, un luto que se escribe con "L", la misma "L" con que se escribe el cante de Lebrijano. Pero nos dejas también tu obra, Juan, que ya es un clásico de nuestra cultura. Y nos queda tu memoria que para nosotros tus amigos y seguidores será imperecedera. Descansa en paz.

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