Manchester, capital Manhattan

Fecha: martes 28 de septiembre. Lugar: sala Industrial Copera. Aforo: 1.000 personas.

Aprovechando las fechas sueltas que les deja su gira mundial abriendo para U2, Interpol, con un montaje menos ambicioso, rellenaron calendario con un concierto en Granada antes de la cita sevillana con los irlandeses. Prevista en principio para el miércoles 29, la organización decidió no jugársela plantándole cara a una huelga general y posponer un día la cita, de manera que será hoy jueves día 30 cuando finalmente se esté celebrando. Aunque el papel se agotó con bastante antelación, para su actuación granadina parece que al final el paro generalizado vino a aliarse con el promotor. No había más que darse una vuelta por la ciudad para comprobar cómo la juventud, que no desaprovecha la mínima oportunidad y no necesita demasiadas excusas para darse al hedonismo, había tomado la calle como si se tratase de la víspera de un festivo.

Así pues, una sala llena aunque sin aglomeraciones, recibió a los pulcros neoyorquinos a las 10 y media en punto, como estaba anunciado, y sin que ningún telonero hubiese calentado el ambiente. En su lugar el propio grupo había seleccionado una recopilación de temas que sonaron mientras se iba llenando el recinto. Para el que suscribe es un misterio la fascinación que un grupo de educados y acomodados niños bien, estudiantes de la Universidad de Nueva York, la famosa NYU, sienten por la oscura y turbadora escena del Manchester anterior a la época de las pastillas y las raves clandestinas. Aquella ciudad gris, huérfana de oportunidades para los jóvenes en la que germinó parte de la música más atormentada y opresiva de la historia del pop. La ciudad que proporcionó la materia prima de sus tendencias suicidas a Ian Curtis y sus Joy Division. De espaldas a la ingente cantidad de referentes diversos que la gran manzana ha proporcionado en los últimos decenios, Interpol miró en su día hacia el otro lado del Atlántico para encabezar esa corriente revivalista del post-punk británico que tantos grupos ha generado en Nueva York. Y si bien es cierto que ninguno de sus discos, incluido el reciente Interpol, que acaba de aterrizar este mismo mes de septiembre en las cubetas de las tiendas de discos (en el supuesto de que esta práctica haya sobrevivido al nuevo siglo) ha logrado el impacto de su debut, la banda mantiene su línea decentemente y suena potente y compacta. Su personalidad se ha acentuado a fuerza de estrechar el objetivo.

Algunas de sus antiguas canciones siguen recordando la influencia de Pixies, The Chameleons o The Smiths, mientras que las más actuales suenan indudablemente a Interpol. La voz de barítono de Paul Banks sorprendió a todos con su correcto y bien modulado castellano (que se note el gasto paterno en colegios de pago), y la presencia de David Pajo, sustituto al bajo del Carlos Dengler tras su deserción, a los pocos que hemos amado sus aventuras musicales desde que lo conocimos. Bien compenetrados, todos dieron un buen concierto en el que se intuye una vuelta a lo básico de sus inicios. Y la primera pista de este retorno ya la ofrecieron con la publicación de su último disco. Tras pasar por una multinacional, es Matador, con quien editaron sus mejores canciones, el sello que los vuelve a acoger. Esperemos que sea una señal.

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